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Ensayo

La clave es la educación

<p>Elisa Carrió y un grupo de dirigentes de la Coalición Cívica acaban de publicar El futuro es hoy (El Ateneo), un libro en el que recogen reflexiones, ideas, propuestas y planes de esa fuerza política. Aquí, Carrió aborda la que a su juicio es la cuestión política fundamental del futuro: la educación. Reclama un diálogo público para tener un pensamiento y una acción diferentes sobre un tema que nos incumbe a todos.</p>

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La educación es la cuestión política central del futuro. En este caso, cuando hablo de política la ligo, no al concepto de gobierno, sino al de natalidad, tal como lo definió la filósofa política alemana Hannah Arendt en La condición humana. Cuando pensamos, no en función de nuestro plan de vida sino en relación con la producción de lo colectivo, de lo nuestro, de lo local, nacional o planetario, estamos haciendo política.

Ser capaces de tener un pensamiento y una acción diferentes en materia de educación nos incumbe a todos. Cambiar la cultura es someter los viejos paradigmas a la refutación: pensar lo nuevo y accionar en consecuencia. Si no se cuestiona la mirada moderna es muy difícil producir un salto que permita que la educación abra el camino de una nueva civilización. Los pueblos, las sociedades y los gobiernos que creen que el futuro es el presente y la utopía se encuentra en el pasado se vuelven melancólicos y no construyen la historia.

El salto al porvenir lleva el riesgo de caminar a tientas por un sendero que no se conoce bien pero que tiene la enorme virtud de preparar a un pueblo para una nueva civilización, constituyéndolo en el núcleo emergente de una nueva historia y envolviéndolo en una narrativa del porvenir que le otorga un sentido nuevo al aula, al maestro y al alumno. Quedarse en los presupuestos en que se basó la configuración de la educación, tanto en los siglos XIX y XX como en las visiones productivistas y tecnológicas de la segunda mitad del XX, nos lleva a una suerte de melancolía cultural sin salida.

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Propongo introducir el debate hablando del sujeto hacia sí mismo. El sujeto en relación con su tiempo y su lenguaje. Digo esto porque el enigma del tiempo es el enigma del sujeto. Por eso tampoco podemos responder el sentido profundo del sujeto. Esto se demuestra en que no terminamos de saber bien quiénes somos ni qué es el tiempo. Según la concepción que tenga una determinada época histórica en relación con el tiempo resulta su organización económica, social, cultural y política. Lo que entendemos como tiempo determina el sujeto. Y el tiempo, tal cual es concebido al determinar el sujeto, lo hace con la política. Los interrogantes a los que nos enfrentamos son: la concepción del tiempo, qué hace el sujeto en ese tiempo y qué es lo importante para hacer en ese tiempo.

El sujeto tiene una fecha de nacimiento para ordenar su existencia, para saber que existe. De allí que sea tan fuerte el tema de la identidad de las personas. Es el punto de inicio de su propia historia. Porque, si no fuera así, la existencia sería un enigma imposible de soportar. Sin ese presente, que es antes y ahora, y en que todos los tiempos se resumen en la eternidad, nosotros seríamos un burdo espejo de lo que ya aconteció y se sabe cómo va a acontecer. El modo de organización política y social y las jerarquías se dan en función de ese tiempo. Cómo una sociedad valora el tiempo y a qué lo asigna determinan la política y la organización económica. En primer lugar quiero decir que creo en una nueva laicidad, en el diálogo interreligioso y en un “no” profundo a cualquier forma de adoctrinamiento. La vieja educación religiosa del siglo XIX, cerrada y oligárquica, confrontó con una educación laica y moderna perdiendo la batalla, pero esta última, como principio de la escuela pública, fue siendo dominada lenta y calladamente por la nueva religión del saber científico tecnológico, para ponerse al servicio del productivismo tecnológico transnacional, plasmado con la nueva Ley Federal de Educación.

¿Qué perdieron ambas? Ninguna de las dos escuelas pudo enseñar desde un lugar de libertad, abierto y pluralista todas las tradiciones, saberes y creencias. Perdió el sujeto, y perdieron la escuela y la humanidad. Lo que perdió el sujeto con ese debate necesario es la posibilidad de encontrar y conocer la profundidad del saber de la sabiduría espiritual a lo largo de Oriente y Occidente. No como adoctrinamiento, sino como un saber que era presupuesto para un ejercicio amplio y pluralista de su propia libertad.

La nueva laicidad debe ser una que ponga en manos del sujeto, rompiendo la jerarquía de saberes, los viejos saberes, las viejas historias, así como las narrativas y los mitos de la humanidad.

La escuela debe ser el ámbito de una nueva narrativa: el alumno tiene derecho a saber la tradición de Confucio, del budismo, la tradición del pueblo judío, la del cristiano, la del islam, porque empezar a entender estas tradiciones rompe el prejuicio con el otro como extraño, para hacerlo próximo. Si los héroes del mundo que viene sólo son los que ganaron batallas o dominaron, la humanidad no tiene salida.

Propongo un salto que, superando las legítimas disputas del pasado, mire las religiones no como creencias para el adoctrinamiento sino como sabidurías de mitos y narraciones que puedan hacernos comprender la historia y el porvenir. Es ir más allá de la modernidad, que puso a una narración mítica como la única verdadera: la basada en el utilitarismo, el individualismo y el saber científico tecnológico.

La garantía del acceso y la permanencia en la educación depende de una variable que no está contenida en los ejes de debate. A saber, la necesidad de un ingreso universal garantizado a la niñez atado a la permanencia en la escuela. Porque si no hay posibilidad por ingreso, la obligatoriedad por ley es sólo una expresión demagógica de buenos deseos.

El problema no es el qué, es el cómo. De nada vale que los maestros discutan la garantía en la que todos van a estar de acuerdo, si ella no incluye una ley del gobierno de distribución del ingreso por niñez que lo haga posible. Necesitamos una escuela abierta al porvenir de la humanidad, con los nuevos paradigmas y, en consecuencia, un camino de emancipación del sujeto. Si no repensamos los paradigmas no hay calidad, porque el qué de la educación no habrá sido resuelto. Y mucho menos el para qué. No se trata sólo del derecho a ser reconocido en la lengua, sino también en la cultura. Pero hay que ir incluso más allá. Que exista educación bilingüe y que se respete la cultura indígena es algo, pero no es lo que debería ser: el problema no es el saber, la cuestión radica en la subordinación y devaluación que ese saber tiene en la cultura oficial. El nuevo paradigma debe consistir en la ruptura de la jerarquía de los saberes que nos vienen de la modernidad y en el diálogo entre todos ellos. Sólo rompiendo el estatuto de omnipotencia del saber científico tecnológico y a partir de un redimensionamiento de todas las creencias, culturas y saberes, y de la devolución de la palabra como nudo central de la libertad, ellos serán reconocidos en su cultura. Cuando su cultura forme parte de la sabiduría de todos habrán sido respetados. Todos estamos de acuerdo en que la educación debe ser un proceso que se realiza a lo largo de toda la vida.

Ciertamente, los gobernantes tendrían que ser los primeros en incorporar el concepto de que la educación es un proceso que se da a lo largo de toda la vida. No es fácil, sin embargo, alentar a la sociedad a que incorpore que la educación es un proceso que se da a lo largo de toda su vida cuando los más altos cargos públicos son la mayor muestra de la degradación de la cultura. Más allá de ironías, en la actualidad no se garantiza la educación en cualquier edad. No podemos estar en desacuerdo con el derecho de las familias a participar en la educación de los chicos. Pero, ¿qué cultura promovemos en la sociedad, y qué ingresos les garantizamos a las familias para que esa cultura sea posible? ¿Desde qué cultura hacemos participar a los padres? ¿Desde la cultura de los planes asistenciales, clientelísticos y desde el comedor escolar? O restituimos la dignidad de las familias por ingreso, por derechos y por trabajos, la forma como se garantiza esa participación.

En cuanto al docente, ¿quién podría estar en desacuerdo con su dignidad? La dignidad vuelve a pasar por el ingreso, los derechos, pero también por un profundo diálogo y formación acerca de los nuevos paradigmas, de modo tal que el docente sepa para qué educa, cuál es el sentido de su presencia en el aula. El problema radica en identificar a los responsables de la caída en la indignidad de la docencia. La garantía del acceso y la permanencia en la educación depende de una variable que no está contenida en los ejes de debate. A saber, la necesidad de un ingreso universal garantizado a la niñez atado a la permanencia en la escuela. Porque si no hay posibilidad por ingreso, la obligatoriedad por ley es sólo una expresión demagógica de buenos deseos. El problema no es el qué, es el cómo. De nada vale que los maestros discutan la garantía en la que todos van a estar de acuerdo, si ella no incluye una ley del Gobierno de distribución del ingreso por niñez que lo haga posible. Necesitamos una escuela abierta al porvenir, con los nuevos paradigmas y, en consecuencia, un camino de emancipación del sujeto. Si no repensamos los paradigmas no hay calidad, porque el qué de la educación no habrá sido resuelto. Y mucho menos el para qué.

No se trata sólo del derecho a ser reconocido en la lengua, sino también en la cultura. Pero hay que ir incluso más allá. Que exista educación bilingüe y que se respete la cultura indígena es algo, pero no es lo que debería ser: el problema no es el saber, la cuestión radica en la subordinación y devaluación que ese saber tiene en la cultura oficial. Sólo rompiendo el estatuto de omnipotencia del saber científico tecnológico y a partir de un redimensionamiento de todas las creencias, culturas y saberes, y de la devolución de la palabra como nudo central de la libertad, ellos serán reconocidos en su cultura.


*Diputada de la Nación.