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COLUMNISTAS / lectores
sábado 15 junio, 2019

La comedia de los candidatos

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por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC

Quería escribir sobre la comedia de los candidatos que se eligen después de haberse detestado, pero de pronto se me cruzó algo mucho más interesante.

Subsiste la ilusión de la idea fulgurante, un punto único en el espacio de la mente que se abre en reverberaciones que terminan en la escritura de un libro que reproduce intacta la idea original; esa idea conlleva la ilusión subsidiaria de que esa reproducción garantiza la calidad de lo escrito.

Al menos eso es lo que uno cree descubrir en los escritores que admira: una intuición única, el brillo –el peso– de un descubrimiento.

La metáfora no es del todo exacta porque semejante fenómeno en realidad forma parte de los relatos de una magia ajena: la de los descubrimientos de la ciencia, que portan, como un grito de guerra, el eco de un ¡eureka! que se viene repitiendo a lo largo de los siglos.

En El sueño de Coleridge, Borges ilustra la perspectiva opuesta: en la literatura es posible una iluminación semejante, pero el resultado es irreproducible; solo quedan los fragmentos sueltos de ese soñar, un sueño perfecto que se va completando con el paso de los siglos. Claro que, deberíamos añadir, el paso de los siglos supone la transformación “hacia adelante” de las estéticas, por lo que el resultado final de esa suma de perfecciones incompletas podría ser un Golem literario, un completo mamarracho. O quizá una obra genial.  

Mi funcionamiento alternó siempre el beneficio de la revelación súbita con la apuesta al lento develamiento de una idea que es apenas un hilo manchado de la baba de una intuición fallida. En realidad, mi campo de operaciones combina ambas posibilidades, lo que desde la perspectiva del extremo idealista original daría por resultado un escritor de, como mínimo, dudosas condiciones. Trancos de inspiración, y de pronto el texto se hunde en un pozo, y para salir de allí hay que forzar la marcha: lo que queda es la figura del delirio, que es una versión menor del mito de la transubstanciación de la materia en espíritu, que sin embargo evoca en su realización como alma la forma y la materia originales.

Esa mancha definitiva, la forma impura, es de todos modos adecuada para el arte de la novela, y hasta alguien como yo podría pasar por un escritor aceptable porque en general nadie se da cuenta de nada: para la mayoría de los lectores, alcanza y sobra con dejarse llevar por el ritmo y las variaciones absurdas o singulares de un relato. Contar el cuento, un cuento, cualquier cuento, que nos acune y nos proteja de la certeza de la mortalidad.

Igual, se trata de otra cosa, de otra posición. La del escritor no es la del lector. Se trata de saber sobre la diferencia entre la ilusión original y el resultado final, que no compensa nunca. Se trata de saber que, luego del esfuerzo, solo nos queda el consuelo de haberlo intentado.


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