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COLUMNISTAS / comunicaciones
domingo 29 septiembre, 2019

La conectividad como un derecho

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por Bernarda Llorente

En crisis. La telefonía móvil ha resistido. Hay un 39% más de líneas que argentinos. Foto: cedoc

No se trata solo de ”reacomodamientos” políticos. El contundente resultado de las PASO precipitó abruptamente la sensación de “despoder” que hoy envuelve al Presidente. Convencidos de que “Mauricio ya fue” y “su proyecto también”, la transición que debió ser ordenada hoy carece de conducción y el repliegue suena atomizado.

Cambiemos demarcó pocos límites a la hora de proyectar negocios o imponer beneficios, de favorecer amigos o vapulear enemigos, de presionar al Poder Judicial, de extorsionar, de sembrar miedo. Por ello, la irrupción por TV de Daniel Vila –quien acusó duramente a Macri y deberá refrendar sus dichos ante la Justicia– no causó extrañeza. En la jerga de los “hombres” de negocios se confunde lealtad con intereses. Su denuncia, acerca de la controvertida asignación de frecuencias en el espectro radioeléctrico, parece menos inclinada a revisar el pasado que a delinear el futuro y la agenda del próximo gobierno.

 No se trata solo de negocios privados regidos por el “mercado”. De la compleja relación entre el Estado y el sector de las comunicaciones –medios tradicionales, recientes, plataformas digitales, conectividad fija y móvil– depende un acceso más igualitario a la información y la cultura. La concentración en pocas manos de grupos con posiciones dominantes y hasta monopólicas permite fijar las reglas al resto de los actores –medios estatales, comunitarios, empresas o consumidores–, disponer de una caja abultada, fijar la calidad del servicio, la inversión, los precios, la velocidad de la conversión tecnológica, los niveles de conectividad de un país y, de alguna manera, su futuro.

No es un tema menor, por cierto. La conectividad en la economía digital es la nueva electricidad como motor del desarrollo.

La ONU, con sus lineamientos en la agenda 2030, considera el acceso a internet como un derecho básico de todos los seres humanos, por facilitar enormes oportunidades y ser un gran acelerador del progreso. Quedar al margen significa la exclusión en un mundo que transita por otras lógicas y otros carriles: el turno médico, la vacante en la escuela, el trámite del PAMI, posibilidades laborales, reclamos. Una conectividad de calidad permite el acceso a una oferta cultural más virtual que presencial, a interactuar en un universo globalizado y cambiante, a igualar oportunidades y acortar diferencias.

La brecha digital ya no traza fronteras entre aquellos que manipulan pantallas y otros que las miran de afuera. Lo que produce la diferencia cualitativa es el tipo de acceso. Las asimetrías digitales son básicamente el reflejo del modelo de país que la crea. Son socioeconómicas, geográficas, etarias, de género.

Según datos oficiales, mientras en 2018 en CABA el 45% de los hogares accedían a internet fija, en Jujuy lo hacía el 5,95%. Además no hay tarifas nacionales, varían si hay monopolio o competencia. Según el BID, en América Latina la velocidad de internet es cuatro veces más lenta que en los países de la OCDE, y sus habitantes pagan 43% más por el servicio.

 La conectividad que hoy tenemos es producto de la crisis, de la concentración de la oferta, de escasas inversiones, de políticas estatales errática o ausentes. Su cobertura es limitada, su calidad mala y, encima, cara. Mientras muchos debieron desengancharse del cable o internet fija, las tarifas siguieron subiendo. Según Sinca, en cuatro años el gasto familiar en abonos de TV, telefonía e internet creció más de un 50%: pasó del 4% al 7% del total de los ingresos.

 La telefonía móvil ha sido el bastión de resistencia. Hay un 39% más de líneas que argentinos, pero el 89% de los celulares son prepagos. ¿Qué significa? Un acceso limitado a internet, a sus contenidos, solo 3G, elevado costo del servicio. Es una conectividad degradada, precaria, reducida, en cuentagotas. Alejada de la “sociedad de la información” o del “sueño” de una economía digital que promete sacarnos de la crisis por encima de nuestros laberintos. Solucionarlo será parte de las necesidades importantes del próximo gobierno. De una sociedad que construya valor agregado desde la educación, la comunicación, la cultura, la creatividad, la innovación y el desarrollo sostenible. La tecnología por sí misma no enriquece, pero quedar al margen de ella definitivamente empobrece.

*Politóloga. Experta en medios, contenidos y comunicación.


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