Hablaré de mí. La corporacione son odiosa, decía una vieja y se comía las eses. Sé que también hay gente vieja y joven que se come las heces, y últimamente, hay quienes, siguiendo corrientes del yoga y del Ayurveda, bebe copitas de su primera orina de la mañana con la certeza de que tiene algo curativo, vacunativo o autodefensivo. Yo mismo llegué a usar la “golden rain” en un relato publicado en 1983, antes de que la expresión fuese acuñada y mucho antes de que la Internet popularizara esa práctica inocente, aunque para muchos, un tanto puerca. Lo puerco, lo inocente, lo que apasiona, lo que indigna: todo cabe en las comparaciones –que son odiosas– y en las corporaciones, que son de todo menos ociosas a la hora de detectar y usar oportunidades para acumular capital, unas, poder otras, y capital y poder, probablemente todas. Hace menos de un mes debí referirme la Sociedad Central de Arquitectos y a su colaboración con el Gobierno de la Ciudad en la gestación del engendro arquitectónico que estuvo afeando Palermo hasta que el jefe advirtió el desatino. Ahora que están empezando a desmontar el esperpento, Carlos Ares, el responsable del proyecto de 24 millones de pesos del Gobierno, manifiesta en Clarín que fracasó a causa de la lluvia y anuncia que no descarta la alternativa de instalar el adefesio en otra parte, mientras en el mismo artículo el arquitecto Silberfaden, titular de la Sociedad Central, le reprocha que a los diseñadores nunca les especificaron que se pretendía la construcción de un “espacio real”. Hace un mes, comenté el rol de la Academia Nacional de Bellas Artes en el lobbying culpable de la instalación –ya irreversible– de la flor a motor del arquitecto Catalano y la Lockheed Corporation. Las corporaciones, como las tormentas, son inevitables, pero a veces son odiosas. Sobre las inevitables inundaciones porteñas, escribí en febrero desde la perspectiva de un vecino que piensa y el 1 de marzo, el diario La Nación dialoga sobre el tema con el Centro Argentino de Ingenieros. La gente busca empleo: el ingeniero Ignacio Moya, de la corporación profesional, defiende el río subterráneo propuesto por los consultores del Banco Mundial y financiado por esa corporación benéfica, aunque reconoce que “las obras tienen capacidad limitada; los aliviadores servirán siempre que no llueva más”. Menos prudente que su entrevistado, La Nación titula la nota: “Expertos afirman que las obras en marcha, bajo el Maldonado, son correctas”, y da lugar a las manifestaciones del ingeniero Miranda, del CAI, que las define como “un proyecto hermoso”. Es lo mismo que debe pensar Ares de su abortado Pabellón Nacional de Centenario.