COLUMNISTAS
MARADONA, SHOWBOL, PASION Y REQUIEM

La dura caída del cielo

La película se llama Requiem for a Heavyweight, es de 1962 y está filmada en un dramático blanco y negro.

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“¿Tú me odias, verdad? El odio es una emoción intensa. ¿Lo has notado? Muy intensa. Yo también te odio así que... creo que voy a morir. ¡Cariño! (se besan) Creo que voy a morir. Te odio.” (Rita Hayworth a Glenn Ford, Gilda, 1946)

La película se llama Requiem for a Heavyweight, es de 1962 y está filmada en un dramático blanco y negro. En la primera escena Anthony Queen, un veterano peso completo al que llaman Mountain Rivera, recibe una brutal paliza de una figura en ascenso, papel que marcó el debut cinematográfico del jovencito que acababa de ganarle el título a Sonny Liston y que en el cast figura con el nombre de Cassius Clay sólo porque Malcolm X todavía no se había cruzado en su vida. El guión es triste. Rivera está acabado, no sabe hacer otra cosa más que boxear y mientras su entrenador Army (Mickey Rooney) y una asistente social tratan de conseguirle alguna ocupación digna, su inescrupuloso manager, Maish Rennick (un memorable Jackie Gleason), exprime hasta la última gota de su contrato y le propone dejarse noquear por otra promesa de la divisón. El orgullo de Rivera se lo impide, pero las penurias lo arrastran a una humillación aún peor. La última escena muestra a Rivera disfrazado de jefe indio, listo para una lucha de catch, bailando en el ring con plumas y una lanza. Un final para que a uno se le parta el corazón.
Maldito inconsciente. No sé por qué recordé esa película si yo quería hablar de Maradona, la bandera de la Patria, máxima estrella del showbol, ese espectáculo itinerante tan lleno de melancolía y patetismo. Una manera decente de ganarse el dinero y hacer felices a los demás, como bien diría Maish, el manager de Rivera. Por qué no. Aunque a uno, como espectador, lo invada una sensación incómoda, algo... que quizá sólo sea furia y dolor por el despiadado paso del tiempo. A Maradona se lo ve feliz trotando en esas canchitas cerradas; gordo y sin aire todavía asombra con toques geniales. Lo rodea una exótica comparsa, mezcla de flamantes ex con señores de escasa pelambre y vientre redondeado a los que sería mejor recordar en viejos tapes. Todos fingen jugarse la vida en cada partido; discuten, gritan, se cruzan fuerte. Verdad o no, al final sobreviene un sabor amargo, cierta tristeza. Los desmesurados elogios de los Bambinos de la tele (Veira y Pons) dan menos gracia que pudor. “Es impresionante, Diego está para volver”, se excitan. El relator Di Sarli era algo más prudente con los méritos de Karadagian en Titanes en el ring, cree recordar mi memoria de niño.
Se le hizo difícil a Maradona, sin la pelota. Acorralado por la intolerable adicción que siempre provocó en la gente –superior a la suya con la cocaína– se fugó a Cuba y gestó un último milagro para zafar de la muerte. Como técnico no le fue bien, y aquella vicepresidencia de Boca resultó más fugaz que su amistad con Basile. Hizo un show televisivo donde agotó toda posibilidad de homenajes, tributos, visitas de celebridades, confesiones. ¿Entonces? Apareció este invento del showbol. Más la asesoría que le ofreció Pompilio, íntimamente convencido de que duraría menos que Wilson en Buenos Aires después de la valija. No tardó en pronunciar la palabra que adora: “No”. Y chau.
Cuando en 1993 Bianchi volvió a Buenos Aires con la idea de dirigir, Maradona lo ninguneó. “En París tenía una escuelita de fútbol y me rogaba para que la visitara...”, decía. El tiempo y el éxito lo convencieron de sus virtudes. Hasta que días atrás pulverizó su postulación con un argumento asombroso: “Es amigo de Cóppola y yo con Cóppola tengo un juicio”. Adorador involuntario del silogismo aristotélico, también descalificó a Ischia por ser “amigo del amigo de su enemigo”. Renunció antes de asumir. Pura lógica maradoniana.
Ni su divorcio con Claudia, ni el hijo negado, ni las piernas cortadas en el Mundial; nada parece haber afectado más a Maradona que su ruptura con Guillermo Cóppola, hombre de mala prensa pero muy querido por sus innumerables representados. Ignoro por qué el amor mutó en odio, pero menos imagino cómo pueden asentarse en papel ciertos egresos, digamos... grises. Compra de sustancias por las cuales nadie entrega factura, dinero para “distraer” gente, amables veladas; en fin, esas cosas. Eran más que hermanos. Estuve en Nápoles en 1990 y visité un lujoso hotel en Posillipo, donde solían relajarse del estrés en compañía de admiradoras varias. Recorrí esas acogedoras suites del subsuelo. Lindo.
No sé los dioses, pero los cuerpos celestes se incendian fatalmente cuando entran en la atmósfera terrestre. ¿Recuerdan la Apolo XIII? Esa gente bajó a la velocidad justa porque si no, puf. Maradona vivió entre eternas nubes de gloria; sabe de caídas, pero nada de desalojos celestiales. Esto es nuevo para él. En Boca nadie lo escucha. En los medios llueven mensajes de indignados hinchas que reclaman a Bianchi y le piden que cierre la boca y se vaya de una vez. “Dios ha muerto”, escribiría ahora si Nietzsche no se me hubiese adelantado por poco más de un siglo.
Quizá haya showbol en Irán, pronto. Un sonriente Maradona ya posó con el encargado de negocios de la embajada, y el presidente Mahmoud Ahmadinejad –señor con peor prensa que Cóppola, por cierto– pagará lo necesario por una foto con él.
Tiene razón Peter Hammill, el trovador de Bath, cuando canta: “Time is a thief”. Eso; el tiempo es un ladrón, muchachos. El peor de todos.