Continúa la contratapa de ayer sábado: “¿El fin de la crispación?”
La columna de ayer recordó que se acaba de cumplir un año y medio de la mayor manifestación anti K, el 8 de noviembre de 2012 –8N–, cuando medio millón de personas se concentraron en la Plaza de Mayo, y otras doscientas mil en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires, para protestar por inflación, el impuesto a las ganancias y la corrupción, además de manifestarse en contra de una eventual reforma constitucional. Dado que todo está peor (la economía) o igual (la corrupción) y lo único que cambió es que ya se sabe que la Presidenta no será reelecta, se podría inferir que ése era el punto de crispación.
Ya sin ese factor perturbador, los enfrentamientos de los K contra los anti K y de ambos contra los “tibios” bajaron los decibeles. Ahora, La Cámpora se integra al PJ (aceptando que no tiene presidenciable y que tampoco le da el cuero para un candidato propio del 20%, se conforma con cargos menores), Cristina puede hacer gala de que recibe a Macri (el preocupado por quedar pegado ahora es él) y, a pesar de la brutal caída de consumo, ya no son necesarias marchas multitudinarias para protestar como hasta hace un año y medio.
Todo esto, en el contexto de que aumentaron 40% los concursos por la ley de quiebras, el indicador más concluyente de que la economía está mucho peor. Es que la venganza (que el modelo K se hunda), aunque tenga costos (ser víctima como ciudadano del aumento de la inflación), es tan placentera que quienes aborrecen a este Gobierno disfrutan más el fin del kirchnerismo que sus propios padecimientos por la retracción económica. En el fondo, no hay venganza que no cobre un precio a quien la ejerce.
Y, en ese proceso de “distensión”, la necesidad social de contemplar enfrentamientos parece haberse desplazado al espectáculo, que venía invadiendo el espacio de la política, pero ahora lo hace de manera más explícita. Y otras formas del goce del desquite encuentran más que nunca sus ocasiones propiciatorias.
A las imitaciones del programa de Lanata sobre Capitanich se sumaron los ataques de Tinelli al jefe de Gabinete, llegando hasta especular públicamente con convocar a bailar en su programa a su ex, Sandra Mendoza. En el caso de Tinelli, nunca se puede saber qué es ficción y qué es real. Jugar a ser transgresor de los bandos en pugna parece reportarle audiencia, aumento de su ya amplia visibilidad y ser un recurso guionado de su show: hace dos años, convocó a bailar a Florencia Peña, cuando se suponía que a quien desafiaba era a Magnetto y al Grupo Clarín. Ahora, parece desafiar al Gobierno y a Cristóbal López. En la histeria, siempre el desafiante desafía lo que sostiene. Y esa acción ambivalente tiende a llamar mucho la atención de quienes pueden contemplarla.
Pero si su venganza fuera real, se inscribiría lisa y llanamente en la extorsión: “¿Ven? No se me crucen”. O: “Cuidado con meterse conmigo”, lo que –en ese caso– no sería muy distinto al modus operandi que se le asigna y critica a la dupla Rial-Ventura, quienes hasta se jactan de su poder de amedrentamiento lanzando advertencias públicas. Tinelli –aunque hubiera que tomarlo muy en serio– usa el humor mientras que Rial y Ventura son bastante menos sutiles; pero el “efecto apriete” generaría la misma consecuencia: temor.
Siempre hubo amedrentadores, la diferencia es que, en el pasado, se ubicaban en los márgenes tanto del campo periodístico como político. La novedad es que últimamente ese estilo consiguió desplazarse al centro. El modelo de disciplinamiento K fue durante una década el mejor ejemplo de la amenaza, el apriete y el temor. Ahora, con Cristina sin el mismo poder y el kirchnerismo sin sucesor, obliga a los partidarios del Gobierno a cambiar de estrategia y reducir la beligerancia. Pero una sociedad acostumbrada al conflicto permanente sentiría síndrome de abstinencia si otros actores no ocuparan ese lugar, por lo menos transitoriamente.
Escribió ayer en PERFIL el especialista en medios Martín Becerra: “Ventura, Casella y Lanata, y también Rial, son intermediarios de las figuras del star system, no forman parte de él. Pero cuando éste no les provee de conflictos, escándalos y material que les sea útil, son ellos mismos los que rellenan ese hueco y se transforman en parte de ese sistema. (...) Ventura, Casella, Lanata y Rial son intermediarios que cobran notoriedad en momentos de ausencias de contenido. Creo, además, que el contrato con la audiencia es del orden del entretenimiento y lo separo totalmente de lo periodístico”.
Muchas crónicas omiten a Tinelli, quien en realidad sería el protagonista de la venganza más descarada: si le hubieran dado la transmisión del fútbol, ¿el kirchnerismo sería buenísimo? El éxito dignifica, el humor hace más presentable cualquier ataque, una estética con aspiraciones de mayor refinamiento reduce las marcas bizarras, e indudablemente Tinelli es el más inteligente de todos. Logra usar (y tirar y volver a usar) al Gobierno, a Clarín y a Cristóbal López. Casella y Ventura están en otra liga. Y el único que sigue siendo periodista es Lanata, a quien el goce del dulce sabor de la vendetta le cobra precios de prestigio: la venganza iguala y su mejor respuesta sería no parecerse. Igual, cuenta con suficiente capital simbólico acumulado como para consumirse alguna parte por placer.
Pero si las disputas entre Lanata, Ventura y Casella, por cuestiones personales, o de las de Tinelli con el Gobierno por el fútbol, pudieran ser un placebo post crispación, lo importante, si realmente existiese, sería la post crispación. Para los historiadores del derecho penal, “la era de la venganza” (el título de esta columna) fue cuando no existía nadie encargado de administrar justicia. Allí, el objeto de la revancha era satisfacer lo que no se podría conseguir de otra modo. En la Grecia antigua, Némesis era la diosa de la venganza. Ella no estaba sometida a los demás dioses del Olimpo y su tarea consistía en castigar los excesos de quienes perturbaban con sus actos el equilibrio universal. Quizás, la inflación fue uno de esos excesos.