Si la Argentina hubiera aprovechado el boom de los precios de las materias primas como lo hicieron Chile, Brasil y Colombia, entonces el monto anual de exportaciones sería de 125 mil millones de dólares, en lugar de los poco más de 80 mil millones observados. Con un flujo de comercio exterior de esa magnitud, la escasez de divisas no sería un tema relevante. De allí que cualquier política que se diseñe para el frente externo deberá contemplar, como eje central, una verdadera agenda de competitividad, ya que alternativas financieras como el blanqueo o los créditos de países aliados sólo podrán producir alivios temporales. En todo caso, si por estos mecanismos el Gobierno lograra reforzar las reservas, debería utilizarlas para comenzar a salir de la trampa en la que la economía argentina se ha metido con los controles al cambio y al comercio exterior, que no sólo han sido inefectivos para frenar el drenaje de divisas del Banco Central, sino que han quitado visión de futuro a la toma de decisiones cotidiana.
Cuando arreciaba la fuga de capitales de 2011, que superó ese año los 20 mil millones de dólares, los funcionarios veían más un complot que un fenómeno puramente económico. Argumentaban que no había atraso cambiario que justificara tal demanda de divisas. Efectivamente, el tipo de cambio multilateral, corregido por la inflación estimada por las provincias, era 15 puntos porcentuales más elevado (más competitivo) que el promedio de los últimos veinte años.
Pero ese razonamiento no contemplaba dos hechos relevantes: a) para los argentinos, y desde el punto de vista financiero, lo relevante es el dólar, no la canasta de monedas; y el tipo de cambio bilateral se situaba en 2011 unos 20 puntos porcentuales por debajo (más barato en términos de pesos) del promedio de veinte años; b) pese a que, efectivamente, el tipo de cambio multilateral era todavía elevado, esto no había sido suficiente para aprovechar el contexto internacional. En 2011, las exportaciones de Brasil triplicaban a las de la Argentina, cuando antes del boom de commodities sólo las duplicaban. La comparación con otros países de la región, sin tomar el abrumador caso de Perú, reflejaba algo análogo: mientras en 1997 las exportaciones de la Argentina superaban en un 50% a las de Chile, en 2011 la diferencia era de sólo 3%; y la brecha con Colombia pasó de 130% en 1997 a 46% en 2011.
En promedio simple, las exportaciones de Brasil, Chile y Colombia subieron 375% en quince años, contra 208% de la Argentina. En comercio exterior, como en el fútbol, lo que valen son los resultados.
Vale la pena traer a colación el debate de 2011, porque en el presente se observa preocupación del Gobierno por fortalecer el lado financiero de la ecuación. El blanqueo de capitales o un eventual préstamo del gobierno chino por 10 mil millones de dólares podrían fortalecer temporalmente el nivel de reservas. Pero el tema es si esto se utiliza para extender en el tiempo el actual esquema de controles al cambio y al comercio exterior (con lo cual el drenaje continuará) o se aprovecha para intentar normalizar el frente externo, lo que requiere devolver fluidez al comercio exterior y un tipo de cambio más acorde a las condiciones del mercado.
El frente externo puede complicarse más aún debido a la nueva tendencia de fortalecimiento del dólar en el mundo: en los últimos treinta días, éste se encareció entre 4 y 8% frente a monedas de países emergentes y/o productores de materias primas.
Cada vez que el dólar se aprecia, los efectos colaterales en la región son inmediatos y significativos. La devaluación del real brasileño en 1999 (un golpe feroz al 1 a 1) fue parte de un fenómeno más general de fortalecimiento de la divisa norteamericana, que llegó al punto de comprar un euro con 85 centavos (1,30 dólares en la actualidad).
En el presente, parte de los problemas de competitividad con Brasil tienen que ver con salarios relativos en dólares, que en la Argentina se sitúan entre 25 y 30% por encima del promedio. El debilitamiento del real de los últimos días puede acentuar esa brecha, justo en una etapa en la que la Argentina necesita más y no menos sincronización de políticas con el principal socio del Mercosur.
Parece evidente que, por la menor escala de su mercado interno, la Argentina ha sido la más perjudicada por la involución registrada en el mercado común, siendo que, a su vez, sería la más beneficiada el día que ambos países decidan volver a quitar las trabas al comercio entre sí y con el resto del mundo.
Ahora bien, si se reconoce que la desventajosa trayectoria exportadora de nuestro país relativa a países vecinos no obedece sólo a una cuestión cambiaria, entonces la discusión debería dar un paso adicional. Se trata de los incentivos a producir e invertir en bienes que tienen la característica de ser exportables (aunque se consuman localmente). Y aquí entra en escena el hecho de que la Argentina ha sido el país de la región que más impuestos y trabas impuso sobre la exportación de productos como la soja, el maíz, la carne, el petróleo y el gas. Los precios relativos en nuestro país están demasiado alejados del set observado en países vecinos. Lo que menos vale internamente es, paradójicamente, lo que más demanda tiene en el mercado internacional. Y esta distorsión se hace más abrumadora cuando se compara no a través del tipo de cambio oficial sino del llamado “blue”.
Por supuesto que salir de esta trampa de precios relativos tiene costos inmediatos para el Gobierno, porque habría subas de tarifas, o pérdida de recaudación impositiva. Pero, ¿cuál es la alternativa? ¿Seguir con un frente externo tensionado y sin generación genuina de empleos?
Mientras tanto, el horizonte para la inversión seguirá comprometido, por el hecho de que la rentabilidad de las principales actividades que producen bienes comercializables internacionalmente está en los mínimos de la década. En el sector industrial, los balances de 26 empresas que cotizan en Bolsa muestran una rentabilidad inferior a 2% de la facturación, cuando el promedio 2003-2012 fue superior a 9%. En el campo, de acuerdo con un reciente estudio de Juan Garzón, economista de Ieral, establecimientos agrícolas ubicados a algo más de 300 kilómetros de los puertos han perdido, en la última campaña, entre 40 y 50% de rentabilidad en relación al promedio de diez años (a pesos constantes). En zonas más lejanas a los puertos, como Salta, los márgenes agrícolas equivalen a una sexta parte de los anteriores. La Argentina necesita imperiosamente avanzar hacia los 150 millones de toneladas de granos por campaña, pero – con estos guarismos– la meta se hace muy cuesta arriba.