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La feria más grande del mundo

Una pequeña ciudad, eso es la Feria del Libro de Frankfurt, cuya edición número 60 finalizó el domingo pasado.

Tomas150
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Una pequeña ciudad, eso es la Feria del Libro de Frankfurt, cuya edición número 60 finalizó el domingo pasado. Hay una estación de tren y un sistema de colectivos propios para ir de un pabellón a otro; restaurantes, bares y escaleras mecánicas que se extienden a lo largo de cientos de metros; charlas, entrevistas públicas, lecturas y programas de televisión que se transmiten en vivo; miles de editores, libreros, empleados y stands, distribuidos por nacionalidad y actividad profesional, en edificios de tres y cuatro niveles. Mientras Günter Grass habla en una punta de la feria y Orhan Pamuk en la otra, un ejército de agentes y editores (que tienen un piso propio para concertar sus citas, que suelen durar, con puntualidad alemana, media hora) no se inmutan, concentrados como están sacando cuentas, poniéndose de acuerdo en el monto de un adelanto, en la fecha de edición de un título. La Buch Messe, la feria más importante de la industria editorial en el mundo, es la antítesis de la de Buenos Aires: aquí, al menos hasta dos días antes de terminar, no se ve público (y, sin embargo, hay veces que no se puede caminar), y no hay una sola persona repartiendo folletería; aquí sólo hay libros, negocios y dinero, mucho dinero. Y alguna que otra curiosidad, como una habitación frente a la que se apila un montón de zapatos y a la que se accede a través de un cortinado doble: la sala especial para los cinco rezos diarios musulmanes.

A fines de agosto de este año, mucha gente escuchó hablar de la Feria de Frankfurt por primera vez, a raíz de la polémica generada cuando el Gobierno nacional eligió ser representado en la edición de 2010 (donde la Argentina será el invitado de honor, papel que le tocó a Turquía en el 2008 y tendrá China en el 2009) por cuatro íconos de la cultura popular del siglo XX: Eva Perón, Carlos Gardel, Diego Maradona y Ernesto “Che” Guevara. Días después, como si se tratara de una concesión, la presidenta Cristina Fernández y la responsable del comité organizador argentino, Margarita Faillace, sumaron a esa lista los nombres de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Todo empeoró un poco más cuando una semana después el director de la feria, Juergen Boos, envió un mensaje a las autoridades locales, afirmando que eran la diversidad y la juventud los valores que más se esperan de los países invitados, a los que se les concede en exclusiva el Foro (un espacio de exposición de 2.500 metros cuadrados) y una atención y difusión especial, para lo que las naciones suelen prepararse (editando publicaciones, catálogos, subvencionando traducciones a distintos idiomas) al menos con dos años de anticipación. Desde entonces, el Gobierno nacional y el de la Ciudad de Buenos Aires abrieron un nuevo espacio de confrontación, esta vez a nivel cultural: la semana pasada Faillace y el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, coincidieron varias veces en el pequeño stand de la Argentina; pero casi no se dirigieron la palabra: mientras la primera intentaba morigerar las críticas y modificar la estrategia con vistas a 2010, Lombardi contrató un stand propio para la Ciudad en 2009, y prometió activar un fondo de 100 mil dólares para tentar a las editoriales extranjeras a traducir y editar a escritores argentinos no canónicos.

Este año Turquía, el país invitado, llevó a Alemania a unos 800 agentes culturales, entre escritores, editores, traductores y periodistas. Pero la cuestión no debe ser cuánto (el inmenso Foro de Turquía solía estar desierto, tarde tras tarde), sino cómo: de nada valdrá fletar un contingente de invitados si no se organiza con tiempo una agenda ajustada y efectiva que incluya actividades e intereses, sobre todo, a los sellos extranjeros a invertir en literatura argentina. Espacio habrá. Tiempo no sobra.


*Desde Alemania.