“El odio del contrario es el amor del semejante: el amor de esto es el odio de aquello. Así, pues, en sustancia, es una cosa misma odio y amor.”
Giordano Bruno (1548-1600)
Además de descuidar el juego vertical por las bandas y no tener Plan B por si se le resfriaba su adorado Enganche Melancólico, el problema más grave de Alfio Basile al frente de la Selección fue –dicen– la cuestión generacional. Como en La guerra del cerdo que imaginó Bioy Casares, nuestros jóvenes talentos –geniales decoradores de gigantografías, estrellas virtuales sin calle ni mesa de café– fueron matándolo de a poco, sin piedad. Ahogaron su vozarrón, limaron su orgullo, se burlaron de su ingenuo pero impresentable folclore de las cábalas. Lo ningunearon, dentro y fuera del campo de juego. El hombre nunca pudo adaptarse a los inaccesibles códigos del nuevo milenio. Se notó. No access.
En la cancha dieron pena; fueron un desastre. Pero estos chicos tienen más de una vida, como en los jueguitos. Ya en Europa, sumergidos en su mundo dorado de conferencias de prensa, publicidades millonarias, custodios y barrios cerrados, volverán a ser objetos de deseo. Mientras funcionen, serán imprescindibles. ¿Entonces? Al diablo con el viejo. No es del todo justo, pero suena razonable. Porque Basile no pegó una desde que asumió y su estrategia jazzera de apostar todo a la improvisación de los solistas no funciona más en este mercado de hits FM. Otra onda.
Preocupados por el nuevo escenario y en nombre del sagrado aggiornamiento, dirigentes, críticos y público en general se preocupan hoy por averiguar qué cosas saben Russo, Batista, Simeone, Maradona, Cobos o quien se postule para el cargo, sobre la honda problemática del chateo, los secretos de la Play Station, los mensajes de texto y el acceso a los exclusivos books de tapa dorada. Quizá acercándose a ése, su hermético balbuceo, el futuro conductor logre refrescarles algunas cuestiones esenciales que nuestros geniecillos parecen olvidar cada vez que se embarcan en estas lejanas excursiones al sur. Espíritu colectivo, amor propio ante la adversidad, generosidad, pasión por los colores, mayor compromiso con la gente, esas cosas.
OK, basta de pálidas que hoy el mundo olvidará la crisis financiera, el pánico de los mercados y los aburridos debates entre candidatos. ¡Llegó la hora del superclásico, señores, la gran fiesta argentina!
¿Que River y Boca juegan por nada? Error. En un país tan huérfano de proyectos pero repleto de “objetivos” –una herencia del simpático lenguaje castrense–, nuestras dos mitades no necesitan más que su infinito deseo de asomar la cabeza por sobre la del otro. Justificar tanto afiche, tanto ingenio, tanto pecho inflado y verba incandescente. ¡Hijos nuestros!
Bien lejos de la pelea por el título, este choque será por el honor, una cuestión que, dadas las actuales circunstancias, no debería deprimir tanto a nadie. Los dos equipos vienen de sufrir profundas crisis que, con seguridad, se agravarán geométricamente con una derrota. River juega feo, no gana, no encuentra el equipo, mete pocos goles y, para colmo, la excesiva exposición de Diego Simeone en revistas y programas del corazón le restó –al menos por ahora– varios puntos a la hora de posicionarse como firme candidato a seleccionador nacional. Un sueño menos.
El perfumado mundo del varieté también ha influido de mala manera en Boca, que viene de vivir uno de esos intensos culebrones caribeños que cada tanto se desatan alrededor de Riquelme. Caranta, el padre del año, verá todo desde la platea, bien lejos del arco; y vaya a saber lo que, en guaraní, se dirán por lo bajo Julio César Cáceres y Morel Rodríguez, “estos muchachos” que, como tantos otros, no intiman con el distante Román. Corto mano, corto fierro.
La puerta está entreabierta para ambos técnicos. En River, al menos hasta hoy, pretenden que Simeone entre y firme un nuevo contrato. En Boca, por el contrario, esperan que Ischia haga mutis por el foro, cumpla su ciclo y abandone el barco en buenos términos. Quién sabe, los resultados pueden cambiarlo todo.
Para buscar eso, justamente, el técnico de Boca practicó toda la semana con una inédita línea de cinco defensores, con un tapón, tres volantes más sueltos y un solo delantero. Pragmático y astuto si resulta; cobarde y vergonzoso para la gloriosa historia de la institución si les llenan la canasta. Su colega de River, resignando su sonoro estilo “antes muerto que sencillo”, parece que parará un equipo clásico con tres volantes, enganche y dos puntas. Nada que reprochar, salvo que pierda, claro. En ese caso, volverán los insultos, las cataratas de maíz, los cuernitos, las banderas en favor de Ramón Díaz y las arengas contra la dictadura de Aguilar. Obvio.
Empatar será una pena y, como toda parda, dará lugar a la libre interpretación; gris consuelo para semejante pasión. Maradona, ícono de la argentinidad extrema, solía recordar sus enemigos a la hora de disfrutar una victoria. Lo mismo pasa cuando Boca o River la embocan y amorosamente le dedican la conquista a su opuesto; la otra mitad, siempre presente.
Pocas veces se necesita tanto al otro como cuando se ejerce el odio, esa estrafalaria pirueta del amor. Así somos, compatriotas. Unitarios o federales, Braden o Perón, Gatica o Prada, libre o laica, liberación o dependencia, Sarli o Leblanc, Menotti o Bilardo, Borges o Cortázar, Pergolini o Tinelli, Lanata o Gasalla, Cristina o Cobos. River o Boca.
Y Argentina contra el resto del mundo, otro clásico.
La guerra del cerdo y las otras plumas
Además de descuidar el juego vertical por las bandas y no tener Plan B por si se le resfriaba su adorado Enganche Melancólico, el problema más grave de Alfio Basile al frente de la Selección fue –dicen– la cuestión generacional.