La economía argentina es una economía bimonetaria. Usamos el peso para las transacciones y el ahorro de muy corto plazo, y usamos el dólar para el ahorro de largo plazo y como unidad de cuenta de los bienes de alto valor.
En las épocas “tranquilas” o después de una megadevaluación, desahorramos algo de dólares para especular con el diferencial de tasas entre el peso y el dólar, o comprar activos, dado el artificialmente alto poder de compra del dólar en pesos.
En las épocas convulsionadas o de alta incertidumbre, ocurre lo contrario: ahorramos más dólares de lo normal, especulando con una futura devaluación o a la espera de que se defina el panorama.
Este movimiento entre dólares y pesos tiene consecuencias sobre el nivel de actividad, la tasa de inflación, el empleo y el crecimiento económico.
Cada vez que vendemos dólares y compramos pesos, la Argentina crece, la actividad aumenta, el empleo y el salario se incrementan y, dependiendo de la magnitud del ingreso de capitales y el manejo de las cuentas públicas, la inflación se acelera. Simplemente porque sacamos ahorros en dólares que están, en su mayoría, fuera de la economía local (en el colchón, la caja de seguridad o el sistema financiero internacional) y los convertimos en pesos que se depositan en los bancos locales y se transforman en más crédito, más demanda, más inversión, más consumo.
Por el contrario, cuando reina la incertidumbre, o creemos que el dólar tiene que subir de precio, hacemos lo contrario, dejamos de gastar, sacamos los pesos de los bancos, compramos dólares, y la economía local se resiente, la actividad cae, los salarios bajan en términos reales, aumenta el desempleo, etcétera.
En síntesis, todo contexto de incertidumbre o de sensación de que el valor del dólar seguirá subiendo implica menor actividad económica, menor demanda.
La proximidad de las elecciones, en medio de la crisis global, no ha hecho más que agravar este cuadro “habitual” de la economía argentina.
Ya desde el año pasado, con la aceleración inflacionaria y el intento del Gobierno de seguir financiando el populismo, primero con más impuestos a la exportación y después con la confiscación de los fondos administrados por las AFJP (estatales o privadas), los argentinos que pueden empezaron a incrementar su stock de dólares. Más de 21 mil millones de esa moneda “se fueron” de la Argentina, generando la menor actividad del segundo trimestre de 2008 y el parate del cuarto trimestre de ese año.
Es decir, aun antes del agravamiento de la situación internacional, la Argentina presentaba un cuadro de aumento del ahorro en dólares y caída del gasto en pesos, originado en las acciones del kirchnerismo gobernante, en conflicto con los productores agropecuarios primero y dando la señal de “todo vale” con la expropiación de los fondos previsionales, después.
Resulta al menos pintoresco que los mismos diputados y senadores que votaron la estatización de estos fondos y su administración por parte de un funcionario de la ANSES ahora se alarmen y protesten porque el Estado usa esos fondos discrecionalmente, a costa de la rentabilidad de los futuros jubilados, no hay control y no se administran profesionalmente. Qué esperaban, muchachos, si la expropiación se hizo para eso.
La incertidumbre política y el desmanejo de la economía de 2008 provocaron una fuerte salida de capitales y un freno a la actividad económica interna.
A este panorama se le sumaron las consecuencias de la crisis global y la sequía que redujo el volumen de nuestras mercaderías para venderle al resto del mundo y obtener los dólares necesarios para financiar el pago de la deuda y la demanda de dólares del sector privado.
Pero estos elementos implican que la economía tiene la capacidad de producir menos dólares y que, por lo tanto, el valor del dólar tiene que subir. El adelantamiento de las elecciones y todos los “inventos” que, al respecto, generó el peronismo, usando nuevamente las elecciones para definir sus internas o desafiando el espíritu constitucional con candidaturas “testimoniales”, no hizo más que ampliar la incertidumbre que ya provocaba el kirchnerismo con su método de conflicto permanente.
Se dan, entonces, las dos condiciones básicas para que la Argentina no pueda crecer, al menos en este semestre: incertidumbre política y de la política económica y percepción de que el valor del dólar tiene que aumentar.
Está claro, entonces, que hasta que las elecciones no despejen parte de la incertidumbre actual y el Gobierno defina su política fiscal, monetaria y cambiaria, los argentinos seguiremos, mientras podamos, vendiendo pesos y comprando dólares, y la economía seguirá en un marco recesivo, aunque, por supuesto, el INDEC nos dirá lo contrario.