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La masa de las capitales

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A veces, las multitudes lo emocionan cuando marchan y se manifiestan con un objetivo, cuando celebran o lamentan un determinado episodio y se transforman en algo así como una conciencia comunitaria o una sensibilidad compartida. Pero lo más frecuente es que las multitudes le provoquen claustrofobia. Cuando cortan una calle y el tránsito se vuelve “caótico” y la ciudad “colapsa” (como gustan de titular los periódicos) prefiere no salir de su casa o, si no le queda más remedio, caminar. Los taxis y colectivos quedan atrapados en un mar de metal y cemento incandescentes y los subterráneos se convierten en trampas claustrofóbicas en las que miles de personas resignadas se apiñan de la peor manera.

No sabe qué lo enoja más, si la incapacidad de los administradores de la ciudad para diseñar un sistema de transporte eficiente o el cinismo para negar las condiciones infrahumanas en las que se vive.

Hace unos días tuvo la ocurrencia de seguir con el subte hasta Constitución para visitar la nueva estación de cabecera. La obra no estaba terminada, las escaleras mecánicas no andaban, en los andenes la gente casi no podía moverse entre el tren y la pared.

Salió a la calle casi sin aliento y caminó hasta su casa pensando en 300 mil personas amontonadas para escuchar una o varias canciones, algunas de los cuales incluso gastaron dinero para ello.

Las sociedades de masas son así, le diría algún sociólogo complaciente. Argentina es así, le diría algún historiador que conociera los procesos de hiperconcentración urbana resultado de la distribución desigual del trabajo, la salud y la educación. Buenos Aires es así, podría decir cualquier habitante resignado a una ciudad cada vez más inhabitable y administrada al mínimo.

En un par de años, como mucho, vuelve a hacerse esa promesa, se mudará al campo, donde ninguna amenaza destituyente podrá alcanzarlo y donde amasará una nueva relación con el paisaje.