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Ensayo

La muerte del tirano

El periodista español David Solar reconstruye en El último día de Adolf Hitler (El Ateneo) las horas cruciales en torno al 30 de abril de 1945 cuando, diez días después de cumplir 56 años, Adolf Hitler, acosado por las fuerzas soviéticas que se acercaban a su última guarida, el Führerbunker de la Cancillería de Berlín, se voló la cabeza con un disparo de pistola. Apenas unos minutos antes, Eva Braun había tomado una letal dosis de cianuro.

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Cerca de la medianoche del 29 de abril llegó al búnker el jefe de la defensa de Berlín, general Weidling. Desconocía la situación fuera de la ciudad, pero sus noticias de la lucha callejera eran malas: “Mein Führer, nuestros hombres están luchando con una entrega y una fe sin límites, pero estamos siendo desbordados y acorralados. No podremos sostener la lucha durante veinticuatro horas más”. No necesitaron comentario alguno para entender lo que aquello significaba: las últimas fuerzas alemanas estaban siendo rechazadas. Cualquier esperanza de auxilio quedaba descartada. Estaban condenados a muerte (...)

Es imposible precisar cuánto duró aquella situación, pero a alguna hora entre las 2 y las 4 de la madrugada del 30 de abril, Eva Braun reunió a las mujeres en el pasillo de la planta superior del búnker, que hacía las veces de comedor comunitario. Magda Goebbels, las secretarias, la cocinera, varias enfermeras y esposas de oficiales que prestaban servicio allí, se alinearon junto a las paredes. Pálidas, ojerosas, cansadas, eran la vívida imagen de la derrota alemana. Hitler salió de su despacho, acompañado por Bormann, subió arrastrando los pies las pocas escaleras que separaban ambos pisos y les fue estrechando la mano en silencio, una tras otra, musitando frases ininteligibles en respuesta a tímidos mensajes de esperanza. Una enfermera perdió los nervios y le endilgó un histérico discurso, pronosticándole la victoria. Hitler cortó su perorata: “Hay que aceptar el destino como un hombre”, dijo con voz ronca y siguió estrechando manos. Cuando terminó, regresó a su despacho seguido de su sombra, Martin Bormann. La enfermera Erna Flegel –cuyas declaraciones a los agentes norteamericanos del Strategic Service Unit, en 1945, fueron hechas públicas en julio de 2001– corrobora la patética despedida: “Una mujer lo animó ‘Führer, creemos en usted y en la victoria’. El respondió: ‘Cada uno debe permanecer en su puesto y resistir, y si el destino lo decide, deberá caer allí’ (... ). Luego se alejó mortalmente cansado. La despedida del Führer fue interpretada como su intención inmediata de suicidarse. La voz corrió rápidamente por la planta superior del búnker y pronto fue notable el ruido de voces, risas y fiesta. Los soldados de las SS, largamente recluidos en su vigilancia del búnker, solían salir por la noche a hacer razias por los alrededores en busca de mujeres con las que divertirse. Esas fiestas eran discretas, conocidas y toleradas, pero aquella madrugada la francachela dominaba cualquier sonido bélico del exterior, hasta el punto de que el propio Hitler pidió a sus ayudantes militares que impusieran orden y silencio; pero parece que no tuvieron mucho éxito, pues en la juerga participaba el propio general Rattenhuber, jefe de la guardia personal del Führer. Para Hitler debió de resultar amargo que su próxima muerte pudiera generar tal algarabía, incluso entre las gentes más allegadas. Sin embargo, no se trataba de un estallido de júbilo sino de una sensación de alivio por el final de aquella tremenda opresión en que vivían desde hacía semanas y, a la vez, una válvula de escape ante el temor a lo que, ineluctablemente, estaba a punto de ocurrir. Todos sabían que en pocas horas habrían muerto o serían prisioneros de los soldados soviéticos. No se sabe si Hitler pensaba quitarse la vida aquella madrugada, pero lo cierto es que hacia las 4 había desistido y se retiró a su habitación con Eva Braun, dispuesto a dormir y a vivir, a la mañana siguiente, los desastres que deparase el nuevo día. El 30 de abril Hitler se levantó extrañamente descansado. Había dormido bien cinco o seis horas, más que lo habitual en los últimos tiempos. Se afeitó cuidadosamente, rasurando con su navaja –“no me gusta que nadie ande con una navaja junto a mi cuello”, comentó en una ocasión a una de sus secretarias– la dura barba canosa que se ocultaba en las arrugas de su cuello. ¿Y si ocurriera un milagro? En muchas ocasiones comprometidas de su vida ocurrió un prodigio que las resolvió a su favor. Amargamente, desechó aquella fugaz esperanza. Los hados hacía tiempo que le habían vuelto la espalda. Se vistió con pulcritud y buen gusto: camisa verde y traje negro, con calcetines y zapatos a juego. Salió a su despacho; Eva no estaba y decidió irse a desayunar solo, pero en ese momento llamaron a la puerta. Era el comandante militar del búnker, general de brigada Mohnke, que traía algunas noticias ligeramente alentadoras. Durante la noche había continuado la feroz pelea por cada piedra de Berlín (…) Hitler no se atrevía a creer en la siempre presente esperanza del milagro. Desayunó frugalmente, con prisa, pese a que nada tenía que hacer, salvo aguardar a la conferencia militar del mediodía. A ésta asistieron los generales Krebs, Burgdorf, Mohnke y Weidling quien, cubierto de polvo, con profundas ojeras, barba de dos días y un penetrante olor a pólvora, llegaba de la calle tras haber pasado la madrugada animando y organizando a los defensores de su mínimo perímetro defensivo. También asistían Goebbels y Bormann. Alguien preguntó cómo estaba el día y Weidling, el único que había estado en la calle, se sintió obligado a dar una respuesta social: “Ahí fuera hace un día ventoso y húmedo. Supongo que está medio nublado, con el humo de los incendios y de las explosiones no se puede saber con certeza, pero se diría que hoy no ha amanecido en el centro de Berlín”. Luego expuso la cruda realidad a los presentes, las máximas y últimas autoridades del III Reich, en cuyas miradas todavía titilaba una chispa de esperanza. Los rusos avanzaban por el Parque Zoológico, habían alcanzado la Postdamerplatz, eran dueños de los andenes del metro de la Friederichstrasse, circulaban por los túneles de la Vosstrasse, combatían sobre el puente de Weidendammer y ocupaban buena parte del paseo Unter den Linden.

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La minúscula esperanza se apagó bruscamente en Hitler y en todos. Tras el resumen de la situación por parte de Weidling, Hitler se quedó a solas con Goebbels y Bormann y les comunicó que se suicidaría aquella tarde. Luego llamó al coronel Günsche. Le ordenó que una hora más tarde, a las 3 en punto, se hallase ante la puerta de su despacho. El y su esposa se quitarían la vida; cuando esto hubiera ocurrido, el coronel se cercioraría de que estaban muertos y, en caso de duda, los remataría con un disparo de pistola en la cabeza. Después se ocuparía de que sus cadáveres fueran conducidos al jardín de la Cancillería, donde Kempka y Baur deberían haber reunido 200 litros de gasolina, según les encargara la víspera, que servirían para reducir ambos cuerpos a cenizas. “Deberá usted comprobar que los preparativos han sido hechos de manera satisfactoria y que todo ocurra según le he ordenado. No quiero que mi cuerpo se exponga en un circo o en un museo de cera o algo por el estilo. Ordeno, también, que el búnker permanezca como está, pues deseo que los rusos sepan que he estado aquí hasta el último momento.”

Cuando el perruno Günsche, con las lágrimas surcándole las mejillas, prometía cumplir aquellas órdenes hasta el último detalle, llamaron a la puerta y, sin ser invitada a pasar, entró en la habitación Magda Goebbels, que mostraba en su deteriorado rostro las huellas de la enfermedad, el encierro en el búnker y el sufrimiento, no sólo por la autocondena de su marido, sino porque debería acompañarlo, junto con sus seis hijos, en el suicidio colectivo. Magda, de rodillas, le imploró que no los abandonara. Hitler pensó, con una chispa de orgullo, en el amor que había despertado en aquella hermosa mujer, lo mismo que en tantas otras a las que nunca llegó a tratar íntimamente, y se sintió obligado a darle una explicación trascendente de su muerte: si él no desaparecía, Doenitz no podría negociar el armisticio que salvara su obra y Alemania. Magda se retiró al piso superior, junto a sus hijos, todos niños. Se daba cuenta de que Hitler, el hombre adorado durante quince años, no la había entendido. Ella quería que se salvara, sobre todo, para no verse abocada a matar a sus propios hijos, a los que contempló con los ojos arrasados de lágrimas mientras se peleaban en las mínimas habitaciones de la primera planta del búnker.

Serían las 14.30 cuando Hitler decidió comer. Eva, pálida y elegante, con su vestido azul de lunares blancos, medias de color humo, zapatos italianos marrones, un reloj de platino con brillantes y una pulsera de oro con una piedra verde, lo acompañó hasta el comedor, pero no quiso tomar nada y prefirió volver a sus habitaciones. En aquel almuerzo postrero acompañaron al Führer las dos secretarias que habían permanecido en el búnker, Frau Trauld Junge y Frau Gerda Christian, y su cocinera vegetariana, Fräulein Manzialy. Fue un almuerzo muy frugal, muy rápido y silencioso. Comieron espaguetis con salsa en unos pocos minutos y ninguna de las sobrevivientes recordaba que se hubiera dicho allí una sola palabra. Terminado el almuerzo, Hitler regresó a sus habitaciones, pero en el pasillo se encontró una nueva despedida. Allí se reunieron las tres mujeres que lo habían acompañado durante la comida, a las que se unió Fräulein Krüger, secretaria de Bormann, que había acudido desde un búnker próximo. Hitler, muy tenso, estrechó fríamente las manos de todas en un profundo silencio y, tras su mujer, penetró en el despacho.


*Historiador.