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COLUMNISTAS / feminizacion de la cultura
sábado 18 agosto, 2018

La mujer y la alteridad

El primer paso se dio cuando ellas lucharon para ser admitidas en las aulas universitarias, y con su incorporación masiva al mundo laboral, al mundo profesional, a la política y a una serie de actividades que antes estaban monopolizadas por los hombres.

por Jaime Duran Barba

La voz de una epoca. Más profesionales en distintas áreas como la ciencia hablan de una sociedad que cambia y mejora. Foto: shutterstock

Hasta inicios del siglo XX, los latinoamericanos solo podían interactuar con pocas personas que se parecían mucho entre sí, conocían pocas y las mismas cosas, compartían idénticos mitos y verdades. Lo más grave: casi no oían música. Algunos líderes del siglo pasado habrían actuado de otra manera si hubieran asistido al festival de Woodstock. Seguramente no habrían existido ni el plan quinquenal soviético, ni los paredones en la Habana, ni el Holocausto nazi, ni la Camboya de Pol Pot.

La sociedad era vertical y vivía de verdades unívocas transmitidas por algunos a los que se creía superiores. El padre era la fuente de la verdad para los hijos, el maestro para los alumnos, el sacerdote para los feligreses.

Como todavía ocurre en países islámicos, la familia era propiedad de un macho alfa, dueño de las mujeres, a las que dominaba. Todavía hoy en esos países la mujer no puede salir a ningún sitio si no está acompañada por un hombre.

En el siglo pasado, la sociedad era vertical y vivía de verdades unívocas transmitidas por algunos que se creían superiores

La tecnología rompió las murallas de ese mundo en el que los dueños de la verdad vigilaban y castigaban. Apareció el cine, que se consolidó a mediados del siglo XX y permitió que la gente viera imágenes de situaciones y personas que estaban más allá de su entorno aldeano. El teléfono rompió la muralla en la que el macho alfa encerraba a su familia con algo enormemente subversivo: de pronto, cualquier miembro de la familia, y especialmente las jóvenes, pudo hablar con personas que estaban fuera esquivando la censura paterna. La radio amplió el horizonte de todos. De pronto se escucharon las voces de personas que estaban lejos, tanto políticos como personajes de un nuevo jet set en el que ocupaban un lugar central los artistas y los cantantes. Nuestros países construyeron su identidad con la música que llegaba por la radio: la Argentina con el tango, Brasil con el samba, México con los corriditos revolucionarios y Ecuador con la voz de J.J. Jaramillo. La música inundó la vida de la gente y cambió su percepción de la realidad gracias a la revolución de las comunicaciones.

En todo este proceso, se licuó la sociedad machista y se consolidó una cultura occidental en la que la mujer es sujeto central del cambio. La transformación es profunda, no consiste solo en que se aceptaron algunos valores de las mujeres, sino en que nuestra cultura incorporó el valor de la alteridad. Hombres y mujeres tenemos distintas visiones de la vida y las percepciones femeninas, que siempre fueron negadas, se instalaron en el conjunto de la sociedad, que aprendió a construirse aceptando al otro.

El siglo XX fue el siglo de las ideologías y de las fantasías mesiánicas de oradores que declmaron mensajes trascendentes que provocaron la muerte de decenas de millones de personas con fantasías comunistas, falangistas, cristeras, y de otros tipos, entre los cuales el nazismo fue la más brutal. El horror nazi produjo una reacción, se escribieron algunos textos indispensables para comprender la mentalidad autoritaria y el sentido de la democracia horizontal. Terminada la Segunda Guerra Mundial, un grupo de intelectuales dirigido por Theodor Adorno produjo el libro La mentalidad autoritaria, que analiza cómo se estructura la mente totalitaria sobre los pilares de la misoginia, la homofobia, el antisemitismo, la xenofobia, la idea de que algunos son dueños de la única verdad. Emmanuel Lévinas desarrolló en su texto Alteridad y trascendencia el concepto de alteridad. Lévinas fue un judío lituano descendiente de una familia exterminada por los nazis, que estuvo preso durante la guerra en un campo de concentración de Hannover, torturado por una ideología que quería eliminar las diferencias.

Alteridad viene de la palabra latina alter, que significa "otro", y podría traducirse en mal castellano como otredad. Es el principio de aprender a "alternar" o cambiar la propia perspectiva por la del "otro", considerando y teniendo en cuenta integralmente su punto de vista. No se trata de soportar al distinto, sino de apreciarlo justamente por ser distinto, de concebir la diferencia como una posibilidad de crecer y no como una amenaza. Así, el otro no es un rostro que me enfrenta, sino la presencia del infinito me me ayuda a ordenarlo y hace que entienda que soy incapaz de dominarlo. Muchos autores desarrollaron ideas en esta línea, centralmente Sartre, Foucault y Lacan, cuando definió el amor como "el deseo que tengo del deseo del otro".

Uno de los mayores logros del racionalismo occidental fue comprender que las mujeres tienen derechos iguales a los de los hombres, que merecen las mismas oportunidades en todos los ámbitos de la vida y, sobre todo, que la vida se enriquece asumiendo su visión del mundo. Occidente dio con esto un paso adelante en la evolución, superando su propio pasado y las prácticas de casi todas las demás culturas.

En la década de 1950, la aparición de la píldora anticonceptiva y su difusión permitieron que las mujeres controlaran su cuerpo. La mujer dejó de ser un ente que se dedicaba al alumbramiento y al cuidado de los hijos, para convertirse en un sujeto que participa en todas las actividades con el mismo protagonismo que el hombre. El primer paso se dio cuando las mujeres lucharon para ser admitidas en las aulas universitarias, y con su incorporación masiva al mercado laboral, al mundo profesional, a la política y a una serie de actividades que antes estaban monopolizadas los hombres.

Esto provocó un cambio radical en la forma en que se concebía la política en todos sus aspectos, y la enriqueció con nuevas perspectivas. En un libro que publicamos con Santiago Nieto hace 15 años y que próximamente aparecerá en una nueva versión, planteamos que vivimos un proceso de feminización de la cultura occidental. La afirmación no es exagerada. En Occidente, los valores machistas pierden espacio paulatinamente, se tiende a respetar la igualdad de los géneros y toda la gente "civilizada" rechaza la discriminación contra la mujer. El macho, que se consideraba superior mientras más violento y primitivo era su comportamiento, ha perdido prestigio y apareció una nueva definición de la masculinidad.

Román Gubern, en El eros electrónico, dice que en la antigüedad las hembras preferían machos de mayor tamaño y aspecto desagradable, para que asustaran a los extraños y así proteger a sus hijos. Ahora las necesidades cambiaron. Pensamos, estudiamos, nos entendemos, dialogamos, tenemos valores superiores. La preferencia actual de las mujeres hacia rostros menos desagradables se explica porque, "en la especie humana, la capacidad de tener descendencia fértil depende en gran parte del cuidado que se presta a los hijos, que ahora comparten padre y madre. El padre de esta nueva etapa necesita desarrollar características como la ternura y saber expresar sus afectos para colaborar en la crianza de niños". Gubern afirma que estas son características "definidoras contemporáneas del rol de buen padre y que se refuerza con un rostro masculino con rasgos feminizados".

La feminización de la cultura liberó también a los hombres y les permitió superar algunas taras ancestrales. Hasta hace poco, los niños debían demostrar que eran "hombres", dándose de trompadas con sus compañeros. Actualmente, un niño que ataca a otros o hace bullying es mal visto, y si persiste en su actitud va al psicólogo. Las costumbres violentas ya no son vistas como un valor sino como una patología. La verdad es que un burro no es más hombre que un ser humano porque da patadas más fuertes, pero esta verdad elemental no fue entendida hasta que las mujeres transformaron nuestra sociedad. Otro tanto ocurre con el derecho de los hombres a expresar sentimientos “débiles”, como llorar o demostrar afecto. Fueron actitudes prohibidas porque "un hombre macho no debe llorar". Gracias a la influencia de la mujer y la reivindicación de algunos valores que eran vistos como debilidades femeninas, se convirtieron en valores. Las mujeres no solo se han liberado a sí mismas, sino que lograron que los hombres conquistaran nuevos espacios que les permiten vivir de una manera más plena. La difusión de la alteridad cambió todo: significó respeto a las distintas preferencias sexuales, a las condiciones raciales, religiosas y de todo orden.

Esto es capital para entender la política. Muchas mujeres se han incorporado a los procesos electorales y toda la acción política se ha enriquecido con sus puntos de vista. Entró en crisis el rol de la madre conservadora, sometida al macho, sumida en la ignorancia, que transmitía los valores tradicionales a sus hijos. Hasta el siglo pasado, se creía que la mujer no debía aprender a leer y escribir y que debía dedicarse a reproducir y criar niños. Se creía que la sofisticación intelectual de la mujer iba a conducirla al "desorden" sexual.

Desde el punto de vista político, la mujer estuvo marginada por casi todos nuestros Estados falocéntricos. En Ecuador, Matilde Hidalgo de Prócel fue la primera mujer que se acercó a votar en 1929, provocando un escándalo nacional. Lo interesante es que la legislación ecuatoriana era una de las primeras en reconocer el derecho de la mujer al voto, pero ejercerlo se consideraba una "mala costumbre" que nadie se había atrevido a desafiar. En Argentina, Julieta Lanteri encabezó una lucha similar cuya historia reivindicamos en nuestra próxima publicación.

La liberación del erotismo fue un gran motor de las revoluciones de los sesenta, escondido detrás de ideales más "altos". En esa sociedad, sexualmente reprimida, era más elegante preocuparse por el proletariado y la paz en Vietnam que por la libertad sexual. Lo más probable, sin embargo, es que en esas movilizaciones Eros haya tenido más importancia que Tánatos.

*Profesor de la GWU, miembro del  Club Político Argentino.


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