29 oct 2020
COLUMNISTAS |Pandemia y federalismo
sábado 26 septiembre, 2020

La nave de los locos

Foto: Cedoc
sábado 26 septiembre, 2020

El arte, en la mayoría de sus manifestaciones, está lleno de metáforas, de interpretaciones y reinterpretaciones. El arte, en sus múltiples definiciones y categorías, no pretende certezas.

El Bosco (H. Bosch, Países Bajos, 1450?-1519) ha sido un pintor singular. Su obra más difundida es El Jardín de las Delicias, en el Museo del Prado. Otro de sus trabajos es La nave de los locos, cuadro que está en el Louvre. Representa la locura de la humanidad, que en sus desvíos tripula un bote sin rumbo. Hombres y mujeres, en una pequeña embarcación, van perdiendo su referencia de la verdad.

En esa nave, de extraña dotación, la que gobierna no es la cabeza sino los deseos de unos privilegiados. La locura es la privación del uso de la razón, del buen juicio. La nave del Bosco avanza confundida, sin sentido, perdida.

Contemporáneo del Bosco, el alemán Sebastian Brant (1458-1521) escribe La nave de los necios. Otro bote, conducido por necios, pone rumbo a la Tierra de los Tontos. Los necios se empecinan en repetir sus propios errores. La parábola es que la necedad no puede terminar sino en la tontera.

La pandemia, en su origen, no estaba en los cálculos de ningún gobierno. Cada país encaró el problema con su realidad político-social, con sus propias circunstancias y la pericia de sus gobernantes. Hay Estados ricos que lo han hecho mal y pobres que lo hicieron con criterio. Unos que comenzaron tarde o con errores, como también quienes fueron estrictos, rozando el autoritarismo, pero con pocas variantes en sus estrategias sanitarias.

Las dudas de los habitantes del mundo asomaron más allá de toda estrategia para enfrentar la pandemia y han sido los gobiernos que trabajaron unidos los que mejor lograron transmitir seguridad y certidumbre.

En Argentina pasamos de contagios en cámara lenta y triunfalismo, de unidad en la acción y discursos presidenciales como clases magistrales (con sus comparaciones sobradoras), a la propagación del virus, peleas políticas por agendas fuera de la realidad y el mutismo que fue ganando al Presidente.

Pareciera que al Poder Ejecutivo solo le importan los registros de la provincia de Buenos Aires y, en la medida en que allí se amesetaron los resultados se fue llamando a silencio, a pesar de la propagación creciente en cada provincia. El federalismo del discurso se contradice con esta actitud de sacar el rostro ante las dificultades en nuevos territorios.

De la disputa inicial entre cuarentena y economía pasamos a descuidar a las dos, a la primera por falta de ideas respecto de su salida y a la segunda por contradicciones y tironeos en el equipo gobernante.

Profundizamos la incertidumbre, y a más incoherencias y vaivenes menos esperanzas. Hay superpoblación de ministros sin funciones o sobrepasados por sus líneas. El Senado desborda al Ejecutivo.

El Bosco fue un artista distinto, mientras el resto de Europa, en la pintura, buscaba representaciones verosímiles de la realidad, el flamenco llevaba a su obra los temores escondidos del ser humano del Medioevo. Lo hacía con monstruos, máquinas surrealistas, demonios, rostros desfigurados. Esquivó, con talento, el mandato que parecían imponer las corrientes artísticas de la época.

La nave está en marcha. Hay una canción de Jorge Fandermole, llamada Solo, que dice “Solo… como el que conduce un pueblo hacia el estrago mientras imagina la felicidad”. El timón no es ajeno al bote. El rumbo debe tener certezas.

No es el mejor momento, pero hay que intentar subir a la nave a los que no tienen oportunidades junto a los que han logrado progresar, los desplazados a la par de los trabajadores y los empresarios, los que viven en las diferentes provincias al lado de los de CABA y los del Conurbano, los gobernantes y legisladores de diversos signos; solo así volveremos al bote del sentido y del bien común, en definitiva, a la nave de la cordura.

*Secretario general de la Organización de Trabajadores Radicales (OTR-CABA).


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