Los siempre listos muchachos de la Junta Coordinadora, que del glorioso ’83 a la fecha fueron perdiendo más pelos que mañas, confían en haber convencido a Julio César Cleto Cobos de que, si no se empieza a mover un poco por el país, la locomotora de la historia le va a pasar por encima y hasta Carlos Alberto Reutemann podrá terminar pareciendo un tipo más decidido que él.
El jueves a la noche, el vice les dijo que sí, que bueno, que vamos para adelante, pero con el correr de las horas, apenas se instaló la idea del inminente lanzamiento de su candidatura presidencial, el hombre lo relativizó todo como atajándose de la mirada crítica que viene creciendo en las encuestas, atizadas, según cree, por los frecuentes y demoledores cuestionamientos que, en inusual coro, suelen propinarle tanto los kirchneristas como Elisa Carrió.
Mientras esto ocurría en Ciudad Gótica, Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer promediaban una bastante provechosa recorrida por el interior bonaerense, acompañados en algunas escalas por Eduardo Buzzi, el dirigente rural que mejor cae entre los progres de por allí y por acá. Sin dudas, a un año de la muerte de su padre, ha sido Ricardo quien más gozó del Efecto Alfonsín que los analistas se sentaron a esperar desde el mismo momento de las conmovedoras (y en infinidad de casos sobreactuadas) exequias. Su buena imagen supera a la de Cobos y, si bien corre desde más atrás en la intención de votos, debería considerarse que doce meses atrás ni el vino en damajuana de las peñas radicales hubiera animado a nadie a considerarlo un presidenciable.
En el entorno coordinador de Cobos le dicen “Ricardito”, diminutivo tras el cual este increíble clon fisonómico y discursivo de su papá no adivina gesto cariñoso alguno. Es que, en términos políticos, Enrique “Coti” Nosiglia, Federico “Freddy” Storani o Leopoldo Moreau, de algún modo, se sienten más hijos de Alfonsín que él, dado que mientras “Ricardito” leía, leía y leía por orden paterna, ellos ya habían participado en memorables grescas callejeras, movilizado multitudes, ganado elecciones y puesto el pecho ante no menos rutilantes debacles. Le conceden, a lo sumo, la chance de llegar a gobernador. Y le adjudican ciertos toques maléficos, ya que tanto los K como Lilita se la pasan considerándolo alguien serio, pero por sobre todo una buena persona.
Ayer, durante un par de horas, una entrevista de Télam encabezó el website de la agencia gubernamental. ¿Habló Cristina? ¿Avisó algo Néstor? ¿Atacó a alguien Aníbal Fernández? No. Ahí estaba Margarita Stolbizer, la compañera de ruta de Alfonsín Jr. por las profundidades bonaerenses, diciendo: “Kirchner conserva un liderazgo claro”, factura que endosó “al peronismo que no quiera ir tras Duhalde ni Reutemann” y a que “la oposición no logra corporizar el suyo”, ya que Cobos, Mauricio Macri, Carrió, Hermes Binner, Ernesto Sanz y Ricardo Alfonsín “podrán tener buena imagen en la sociedad, pero todavía no tienen los votos”.
Ningún dirigente anti K había hecho un balance tan descarnado sobre lo que resultó de estas últimas semanas de cotorreos, disparates y arañazos opositores. Y hasta pocos periodistas se atrevieron siquiera a insinuar, presos de su relación demagógica con audiencias antiperonistas, que habiendo perdido las últimas elecciones, serían los Kirchner quienes, hoy por hoy, más oportunidades enfrentan de hacer un ruidoso papel en las próximas.
Si entendí bien a la bienpensante y bienhechora Stolbizer, con esa conclusión no hizo otra cosa que llamar a sus congéneres a una reflexión sensata: si el 35% de los votos kirchneristas del 28-J a nivel nacional son kirchneristas más o menos convencidos, el futuro de quienes se les oponen puede pintar bochornoso. Claro que si esa lectura no resulta sensata sino alocada, el terror podría complicarles aún más las cosas y obligarlos a asistir al acto en que Don Néstor se proclame heredero de San Martín, de Rosas, de Perón e, incluso, de Don Raúl.