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La pesada herencia kirchnerista

Hay herencias y herencias. En biología, se denomina herencia a la transmisión genética de las características anatómicas, fisiológicas y hasta conductuales de un ser vivo a sus descendientes. Por desgracia, no se hereda sólo lo bueno. Infinidad de patologías son hereditarias.

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Hay herencias y herencias.
En biología, se denomina herencia a la transmisión genética de las características anatómicas, fisiológicas y hasta conductuales de un ser vivo a sus descendientes. Por desgracia, no se hereda sólo lo bueno. Infinidad de patologías son hereditarias.
Para el derecho, en cambio –y debido a que las leyes son puras convenciones humanas–, una herencia es algo más sencillo, salvo, desde ya, cuando los herederos llegan al punto de contratar abogados para definir quién es más heredero que otro. Pero, jurídicamente hablando, tampoco se heredan sólo las riqueza y los derechos u honores adquiridos por un difunto. Sus deudas también son hereditarias, al menos según lo que está escrito en los códigos civiles.
Donde más se complica el concepto de herencia es en política. La historia –sobre todo en los países periféricos– le ha ido quitando al término su sentido de ventaja, como la de quien hereda un trono, para ir convirtiéndolo en su antítesis. ¿O acaso en la Argentina, por ejemplo, no se suele asociar la herencia recibida al insoportable lastre que siempre dejaban los incapaces que habían gobernado antes?
El lunes 10, gracias al 45% de los votos cosechados el 28 de octubre en homenaje a la gestión de su esposo, Cristina Fernández de Kirchner heredó el sillón de Rivadavia, concebido como un verdadero trono por el viejo Bernardino. Hubo emoción. Mucha. A troche y moche. Contagiosa emoción. Cada vez que la flamante mandataria estaba a punto de quebrarse en llanto, el inédito Primer Caballero estaba ahí, en el Congreso, en al Salón Blanco de la Casa Rosada, en el megaescenario de la Plaza, envolviéndola en un abrazo para quitarle la mirada de un indescifrable más allá y devolverla al frente, hacia la cámara, los invitados o el público presente.
El 10 de diciembre no parecía estar en los planes que el 11 empezara semejante andanada de noticias inquietantes. Sólo que, esta vez, ni Cristina ni ninguno de sus espadachines mediáticos estaban en condiciones de echarle la culpa a la “pesada herencia recibida”. Sólo ese detalle basta para confirmar un dato: lo único claro de esta semana es que se ha iniciado el segundo mandato de los Kirchner y no el primero de la Señora.
Repasemos los hechos:
El martes, tras una reunión a solas con Cristina, Dominique Strauss-Kahn (el economista francés que llegó a la presidencia del FMI con el voto K, entre otros votos) señaló que la inflación representa una luz de alarma para la economía argentina.
Minutos después, Hugo Moyano (el camionero marplatense que llegó a conducir la CGT con el apoyo de los K, entre tantos apoyos) amenazó con organizar protestas nacionales si el Gobierno pone trabas a sus reclamos salariales.
Para entonces, acababa de declarar Felisa Miceli por el escandaloso Bolsagate, que terminó con su opaca carrera de ministra. Dijo todo al revés de lo que había dicho hasta entonces.
El miércoles, la Justicia estadounidense anunció la detención en Miami de cuatro ex socios del venezolano Guido Antonini Wilson, con un dato inquietante: el destino final del Valijagate habría sido la financiación de la campaña de CFK.
El jueves, mientras los piqueteros de izquierda atoraban las calles porteñas, el piquetero oficialista Luis D’Elía daba los primeros signos de arrepentimiento.
En cualquier otro momento de la zarandeada historia nacional, el nuevo ocupante del poder habría dicho:
Que la inflación venía de antes y ya se están tomando medidas para controlarla.
Que los retrasos salariales tienen idéntico origen y que también hay pensados mecanismos de diálogo y concertación.
Que la corrupción del gobierno anterior no quedará impune.
Y que la sociedad debe tener paciencia, porque en esta nueva etapa que se abre todo será mejor.
Cristina no tuvo esa oportunidad. De todos estos temas, sólo abordó el de los presos de Estados Unidos. “Campaña basura”, dijo. “Conspiración”, bramó. Actuó determinada por la herencia, pero en su sentido biológico. Genético. Igual que Néstor, digamos. Como cada vez que sonó el río en estos cuatro años y medio, los cónyuges terminaron la semana refugiados en El Calafate. Y Alberto Fernández, contragolpeando por radio.
Vale la pena, de todos modos, hacer un intento por discernir cuál de los problemas “heredados” por la ex primera dama y actual primera mandataria puede tener derivaciones más urgentes.
La inflación, por ahora, aprieta pero no ahorca.
Un desmadre de las negociaciones salariales podría recalentarla, es cierto, pero se supone que el peronismo triunfante tendrá con qué soportar eventuales temporales político-sindicales.
En cuanto al Bolsagate de Miceli, todo parece indicar que el principal problema lo tendrá la zigzagueante ex funcionaria. Salvo que la economía se complique y, en consecuencia, esa causa judicial pase a convertirse en ícono de la época.
El flanco más débil, sin dudas, ha pasado a ser la íntima y dilatada relación con el venezolano Hugo Chávez. Cuanto más avance el Valijagate en los estrados norteamericanos, parece ser que más se irá sabiendo de los costados promiscuos de esa alianza estratégica.
Es muy probable que Cristina y los suyos tengan razón en cuanto a que las confesiones del “Gordo” Antonini se incluyan en una operación de inteligencia. Pero el avión no lo alquiló la CIA, sino el gobierno argentino. Pero esa plata clandestina no fue un invento: salió ilegalmente de Caracas y llegó ilegalmente al país, empacadita en billetes de US$ 50. Pero los hechos se muestran testarudos, en síntesis.
Los Kirchner se han mostrado duchos en su combate al pasado. Habrá que ver si logran combatir con éxito al pasado más rebelde. Al propio.