Vivimos en la sociedad de automóviles. Discutir el tema puede ser “políticamente incorrecto”; exige empezar por un pedido de tolerancia a todos aquellos que puedan sentirse afectados: empresarios de diversas industrias que contribuyen directa o indirectamente a agregar valor al producto final llamado automóvil, sindicalistas y trabajadores de esas industrias y multitud de personas que poseen, o no poseen pero querrían poseer, un auto. El auto, como lo conocemos, fue un invento extraordinario, subproducto tardío de la Revolución Industrial, que contribuyó como pocas otras cosas a transformar la vida civilizada; pero también está instalado hoy en el vértice de varios de los mayores problemas del mundo que habitamos.
Para hacer corta una lista extensa, la congestión del tránsito en las ciudades, la contaminación y el calentamiento global, los diversos problemas relacionados con la producción, los derivados y el consumo de hidrocarburos fósiles, las muertes por accidentes viales, son temas relacionados con la densidad creciente de automóviles en el mundo. Esos problemas tienen solución, a condición de que los incentivos se dirijan a sustituir ese tipo de vehículo y ese enfoque del tránsito por conceptos superadores.
La congestión del tránsito puede resolverse por vía de la política pública, mejorando el transporte público (ejemplo: Bogotá) y aumentando el precio de transitar por las calles más congestionadas (ejemplo: Londres). Los accidentes viales pueden resolverse construyendo autopistas seguras (ejemplo: el proyecto de la Fundación Metas Siglo XXI en la Argentina) y estableciendo un sistema de castigos a los violadores de las normas (ejemplo: Rosario) y eventualmente premios a los cumplidores. La contaminación y el calentamiento global –problemas complejísimos– requieren vehículos alimentados con otras fuentes de energía, lo que implicaría una innovación mayúscula en la industria automotriz.
Ante la crisis, parece razonable que los gobiernos busquen estimular la demanda y alentar el consumo, favoreciendo la reactivación económica. La primera medida anunciada por el Gobierno argentino en esa dirección fue el plan para alentar la compra de autos cero kilómetro. En la Argentina, guste o no, es un hecho que pagamos por ese sublime objeto del deseo más que en muchos otros lugares de la Tierra. Además, Buenos Aires ya ha ingresado al club de las megalópolis infernales por la congestión del tránsito. En los Estados Unidos el segundo dilema del gobierno, después del relativo a sostener o dejar caer a grandes bancos y entidades financieras, ha sido el de sostener o dejar caer a los colosos automotrices de Detroit. En ese país, desincentivar el consumo de nafta para uso de vehículos particulares es políticamente más difícil que declarar guerras, simplemente por el alto costo político de sugerir que la gente se vuelque en mayor medida al transporte público, o a vehículos energéticamente más eficientes.
Paul Krugman opinó hace pocas semanas que el plan de rescate de las automotrices de Detroit es una solución de corto plazo que refleja “la falta de voluntad para reconocer el fracaso de una gran industria en medio de una crisis económica”. El fracaso es el modelo del automóvil a propulsión a combustible. El prototipo del sustituto alimentado eléctricamente ya ha sido desarrollado en distintos países. Lo que vendrá es un auto más económico y ecológicamente neutro. Esta innovación va a imponerse, porque es superadora; pero, como toda innovación, requiere que el mercado la acepte y que la cadena de valor que la torne viable sea desarrollada. Un sinnúmero de intereses creados trabajan para que eso no ocurra. Dónde se ubiquen los gobiernos en ese campo de intereses será un factor decisivo para la velocidad con que el cambio se produzca.
Después de esto, queda el problema de la congestión del tránsito y los accidentes producidos por los intrépidos y los irresponsables al volante. Mejores autos no significará menos autos. Siempre es posible promover el uso de las bicicletas, los patines y el saludable hábito de caminar; pero esas son minucias al lado de la magnitud del problema. La solución está en las regulaciones. Algunos gobiernos locales, en distintos lugares del mundo, tomaron el toro por las astas y comenzaron a regular el tránsito de automóviles en las grandes ciudades. A veces han sido exitosos, otras veces no; en general, han chocado con una fuerte resistencia de la población. En Londres, el ordenamiento vehicular a través del peaje urbano y un excelente sistema de transporte público fue indudablemente exitoso, pero el alcalde Livingston –que implementó el sistema– perdió la elección; es posible que el éxito del nuevo régimen le haya costado muchos votos de automovilistas frustrados. Así es la vida: cambiar las cosas no es gratis, no cambiarlas es más fácil pero a la larga es más costoso.
Todo esto me recuerda los debates sobre le temática ambiental y el crecimiento cero de la década de los 70. Una de las réplicas a los argumentos ecologistas, que tuvo bastante repercusión en aquellos años, fue un libro de Jean Saint-Géours publicado en Francia hacia 1970, Vive la sociéte de consommation. Según recuerdo, uno de sus argumentos defendía el derecho de los trabajadores franceses a manejar a su propio automóvil, una demanda respaldada por los dirigentes sindicales, los partidos de la izquierda “obrera”, y desde luego los empresarios –y posiblemente la mayor parte de la población–. La corriente del nuevo ecologismo que surgía en el mundo –ya despojada del romanticismo existencial de sus predecesores– era a la vez anticapitalista y antisocialista; se propagó, gradualmente, pero le llevó años encontrar alguna aceptación en el establishment de la mayor parte de los países del mundo, y ello porque se despojó de su anticapitalismo. El automóvil estaba en el centro de aquellos debates.
Cuatro décadas después, los problemas que el automóvil contribuye a agravar se han potenciado. La crisis les está dando un empujón para que sigan agravándose. Mientras esperamos la llegada triunfal del auto eléctrico, hay que mejorar sustancialmente el transporte público y restringir la circulación vehicular. Duro, pero necesario
*Sociólogo.
La sociedad de automóviles
Vivimos en la sociedad de automóviles. Discutir el tema puede ser “políticamente incorrecto”; exige empezar por un pedido de tolerancia a todos aquellos que puedan sentirse afectados: empresarios de diversas industrias que contribuyen directa o indirectamente a agregar valor al producto final llamado automóvil, sindicalistas y trabajadores de esas industrias y multitud de personas que poseen, o no poseen pero querrían poseer, un auto.