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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 30 junio, 2018

La trampa de Chomsky

Voto por la derecha, pero soy de izquierda. Anarquista en el cuerpo de un liberal, ninguna ley de género me ampara.

por Quintín

Foto: Cedoc

Voto por la derecha, pero me considero de izquierda. Soy un anarquista en el cuerpo de un liberal y no hay ninguna ley de género que me ampare. Cuando digo que soy de izquierda, no estoy hablando solamente de mis simpatías por la legalización del aborto ni por la inmigración. Después de todo, Angela Merkel las comparte. Me refiero a que no tengo mucha confianza en el capitalismo, sobre todo en el capitalismo realmente existente. Y menos confianza tengo en los empresarios y los millonarios (excluyo a Messi de la antipatía). En eso, soy radicalmente clasista: nunca conocí un gran empresario que me pareciera una gran persona (tampoco es que conocí a tantos).

¿Por qué voto a la derecha? Porque votar a la izquierda, desde el trotskismo hasta un peronismo conducido por los continuadores de la guerrilla de los 70 o por el Papa (no hay verdaderas diferencias entre ellos), es peor. Porque es peor la historia de la izquierda, entendida como la toma del poder por una minoría iluminada que no ha hecho otra cosa que someter a los pueblos a dictaduras burocráticas, corruptas y sangrientas. No hay nada que me persuada de abandonar el anticomunismo, condición inevitable de quienes aman la libertad.

Desde esa ambivalencia, siempre me interesó el pensamiento de Noam Chomsky, personaje unánimemente detestado por quienes votan como yo. Pero Chomsky es raro, no solo porque fue un gran lingüista sino porque su discurso es original, aunque se parezca superficialmente al discurso genérico de la izquierda. Chomsky es claro para pensar y expone sus ideas hasta dejarlas desnudas. Acabo de terminar su último libro, que se llama Réquiem por el sueño americano. El subtítulo es Los diez principios de la concentración de la riqueza y el poder. Son diez capítulos en los que se expone brevemente una tesis y se la ilustra con documentos que van desde una intervención de Madison en la convención de Filadelfia de 1787 a un informe de Standard & Poor’s de 2014. Sostiene Chomsky que los Estados Unidos son el país más libre del mundo pero que, desde la Independencia, los grandes intereses intentan manipular la política y la opinión para hacer que la riqueza se concentre y el pueblo se vea excluido de las decisiones. Y lo están logrando. Estoy básicamente de acuerdo: la brecha en favor del poder de los ricos se agranda a ojos vistas. Aun cuando personajes como Trump tengan el apoyo de los que se sienten perjudicados por un sistema que, agrega Chomsky, alguna vez le ofreció la posibilidad de prosperar al ciudadano medio pero dejó de hacerlo después del gobierno de Nixon.

Chomsky no es un populista, en el sentido del apoyo a los demagogos. Pero el libro es una invitación a organizarse y un homenaje a los activistas que lograron conquistas laborales, políticas y sociales con su militancia. Pienso en la reciente movilización por el aborto en la Argentina y es imposible no darle la razón. Pero Chomsky omite agregar que esa movilización por más derechos y más libertades ha sido un camino acelerado hacia la opresión cada vez que los activistas alcanzaron el poder. Chomsky no elogia a los regímenes totalitarios, pero evita demasiado frecuentemente hablar de ellos. Su coartada es que en Estados Unidos el comunismo nunca ganará. Pero en el resto del mundo estamos menos protegidos.


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