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COLUMNISTAS / obras
viernes 13 julio, 2018

La venganza del patito

El patito de hule –resistido por el medio pelo– fue una instalación del artista Marcos López y estuvo destinada a voltear algo de la rigidez de los íconos que damos por eternos y dotar de identidad al 32° Festival de Mar del Plata.

por Rafael Spregelburd

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

El patito de hule –resistido por el medio pelo– fue una instalación del artista Marcos López y estuvo destinada a voltear algo de la rigidez de los íconos que damos por eternos y dotar de identidad al 32° Festival de Mar del Plata. Medio año después, TN contraataca: en un informe vergonzoso –mal actuado, mal decorado, mal intencionado– buscan dirigir esa indignación conservadora para atacar al Incaa y a la producción artística en general que, como en todas partes, es opositora del régimen, del FMI, de la austeridad para los que menos tienen y la fiesta de los que más.

TN denuncia el costo de la obra, que el Incaa facturó en $ 300 mil. La información es incompleta y busca el cómplice fácil: cuando hay que abrazar hospitales para que no se cierren es sencillo alinear trolls y opinadores de botón y deducir juntos cuánto debe costar el arte o cuál debe ser su alcance. En este siglo cualquiera sabe de arte, o de fútbol. Más difícil es notar cuánto ganan las exportadoras con la devaluación pero el costo de un espectáculo lo saca cualquier periodista analfabeto. Para el artista no queda ni el 10%, que se va en traslados, impuestos, materiales, IVA, mano de obra o retrasos (el Ministerio nos debe trabajos realizados hace medio año). No sirve preguntar cuánto costó el Puppy de Jeff Koons en el Guggenheim (un ícono contra el cual los mismos indignados de acá se sacarían selfies babeantes) o cuánto gastan en difusión Cannes, San Sebastián o Berlín: la deuda de los otros poco nos importa; pero ojo, que esa deuda es también el patrimonio –la riqueza– de esos otros.

No sé cuánto vale el pato –a simple ojo me parece barato–, pero se ve que su impacto es mayor que el esperado. Detrás de la maniobra, como se lee en los comentarios, el efecto buscado no es el debate artístico (bienvenido sea) sino el cierre del Incaa, el fin de nuestro cine y –en lo posible– la restauración de los rancios valores oligárquicos. Pocos saben que esa rambla de Bustillo fue encargada por Fresco, un gobernador fascista, a un arquitecto habilidoso que era hermano del ministro de Obras Públicas.


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