viernes 01 de julio de 2022
COLUMNISTAS identidad

La verdad del calentamiento

28-01-2022 23:55

Hay dos formas de la verdad en el archivo: una de ellas es plena y surge de la mera correlación de series de datos y registros. Por ejemplo, el extraordinario trabajo realizado por el Jardín Botánico de la Ciudad de Buenos Aires, que desarrolló una aplicación que permite comparar doce variables históricas para evaluar el impacto del cambio climático en las especies vegetales, a escala mínima (la de un parque botánico, la de una ciudad). Gracias a ese trabajo sabemos, por ejemplo, que hay muchos más días de verano y menos con heladas, y que la temperatura media anual aumentó 2.5% (+0,4°C).

La otra verdad es más bien elusiva e inestable y surge antes de los huecos y las cosas no dichas que del dato empírico. Propongo este recorrido.

Investigando algunos aspectos de la formación de la nacionalidad mexicana, encontré que José Vasconcelos (responsable en gran parte de la política educativa de la Revolución mexicana), durante un viaje oficial a Río de Janeiro había tenido un entredicho con Pedro Henríquez Ureña a propósito de Alfredo B. Cuéllar, promotor de la charrería y de los deportes organizados.

En esa gira de agosto de 1922, Vasconcelos observó con irritación que el “delegado deportivo” se dedicó a lucir “por la capital brasileña el traje charro mexicano. Con ímpetu de joven hacía declaraciones a los diarios, disponía formar en tal cortejo, participar en tal otra fiesta. El traje charro, la buena presencia y nuestra compañía le abrían todas las puertas, y aunque siempre se portó como caballero, sus indiscreciones comenzaron a alarmarme”.

Las indiscreciones habrían sido tantas (aunque no se nos aclaran cuáles) que Vasconcelos ordenó al jefe militar de la expedición: “—Arréstelo –le dije– esta noche, cuando se presente a dormir, y téngalo preso los días de las ceremonias con desfiles.”

Según Vasconcelos, Cuéllar formaba parte del “circulito” de Pedro Henríquez Ureña, que le reprochó el escandaloso arresto y determinó un distanciamiento definitivo entre los dos.

Al mismo circulito pertenecía Salvador Novo, quien registraría las cabalgatas de Alfredo los domingos por la mañana en el paseo de Chapultepec.

En sus memorias, Salvador contó cómo conoció al joven y bello Pedro (“Cruzamos una mirada rápida y lo seguí, intrigado, adentro de la Escuela”), y a quien intentó arrancarle un beso al que Henríquez Ureña se negó, no sin reconocer la legitimidad del deseo. “Ciertamente, puede darse el caso de una atracción entre dos hombres, el impulso de besarse”, dice Salvador que le dijo Pedro, pero “eso está muy mal”. El archivo tiene esas circunvalaciones imprevistas e inciertas, pero hay que seguir todas las pistas. 

Volvamos a Alfredo Cuéllar. En 1915, el gobierno carrancista lo había nombrado inspector de deportes en las escuelas del Distrito Federal. Cuéllar aprovechó la circunstancia para crear un almacén de calzado y uniformes de fútbol cuyo cliente principal era la misma institución de la que el gimnasta estaba a cargo.

Alfredo era un reconocido atleta que, durante los nueve años que había vivido en Estados Unidos, se había formado en la celebérrima YMCA que, años después, Village People habría de colocar en un lugar central del imaginario pop.

En la década del 20, Cuéllar revalorizó la figura del charro pues temía que los norteños, con sus pantalones kakis y sus sombreros tejanos, enterraran la charrería, a la que impulsó como “deporte nacional”.

Los rasgos identitarios del charro: la heroicidad, la herencia hispano-arábiga, la sangre derramada por la libertad, la inspiración para el canto y la habilidad para las tareas rurales. El lema de “Charros de Jalisco”, una agrupación pionera de la década del veinte era “Patria, mujer y caballo y en cada charro un hermano”. En esa consideración casi instrumental de la mujer, el charro se parece al gaucho: “Mi caballo y mi mujer se me fueron para Salta/ que vuelva mi caballito, mi mujer no me hace falta”.

Más elusiva, la verdad de la historia de Cuéllar, que se nos escapa un poco, parece otra forma de calentamiento, una que lo llevó a ser arrestado en Río de Janeiro.

La plena verdad llama a la acción; la verdad inestable, a la novela.

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