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COLUMNISTAS / opinión
sábado 11 julio, 2020

La vuelta a la vieja normalidad

Foto: Cedoc

Dentro de las pocas certezas que se pueden proyectar para este año, es que, al menos para la Argentina, 2020 será un año de depresión económica. En castellano simple, un período en el que toda la población, en promedio, terminará empobreciéndose con respecto al año anterior. Es claro que no habrá sido para todos igual. Unos sufren el shock sin anestesia, otros intentan seguir a flote y unos pocos, sorpresivamente, tienen una oportunidad de conseguir un beneficio.

Nicholas Kaldor (1908-1986) fue un economista húngaro que desarrolló su carrera en Inglaterra y que realizó investigaciones acerca de la denominada economía del bienestar. En particular, sus aportes se refirieron a la interdependencia de las funciones de utilidad de unas personas con respecto a las demás y cómo se podían alentar decisiones de política económica basadas en la compensación que los “perdedores” podían recibir de los “ganadores” (grupos o sectores). 

Hay dos rasgos distintivos de la economía argentina que usualmente la hacían, por razones casi opuestas, tan original como la del Japón en la época de su propio milagro. Una es la altísima tasa de inflación que perdura. La otra, es la del estancamiento que ya lleva acumulado, al menos, los últimos 50 años. Probablemente, estas variables estén vinculadas entre sí, pero lo cierto que, con el paso del tiempo, el argentino medio incorporó algunos comportamientos que ya hacen al ADN de su propia cultura socioeconómica. Uno es el de la desesperanza: al haber poca confianza en que el futuro económico será más próspero, se acentúa el cortoplacismo y las decisiones de política económica eluden aquellas variables que indicen en el bienestar en el largo plazo, como el programa de inversiones, la consistencia del sistema jubilatorio y la efectividad del conocimiento aplicado como palanca del desarrollo. La otra consecuencia es la de acentuar la puja distributiva como única forma de mejorar la posición relativa sin esperar que el “derrame”, que nunca llega, traiga beneficios.

El problema adicional para la economía argentina versión 2020 es que el shock recibido fue casi generalizado y es difícil encontrar un sector que pudiera compensar su bienestar relativo a los muchos que perdieron. El tema no es menor ya que lo que sigue a que la actividad haya encontrado un “pico” de recesión y empiece a desandar su camino, es conseguir fuentes de financiamiento de la enorme ola de gasto púbico que obligó la contención de la pandemia. Hasta ahora fue bancado por un tsunami monetario, pero nada es para siempre. Mientras la Unión Europea autorizó un plan para apoyar el tejido empresarial por 750.000 millones de euros que financiará mediante la emisión de títulos de deuda (incrementando así su ya abultado stock), Argentina se deberá resignar al control de daños en la economía por el exceso de emisión monetaria. Agotado el crédito externo y ya utilizado el poco crédito interno para financiar los desequilibrios temporales del Tesoro, la política de absorción monetaria post-pandemia oscilará entre subir la tasa de interés y convalidar la suba de precios.

Hasta junio, el índice de precios no reflejó las tensiones en los mercados de bienes y de cambios. Desde enero, los precios de las tarifas públicas están congeladas, el tipo de cambio “oficial” controlado y los productos de “primera necesidad” sometidos a un corsé que se vio favorecido por el cierre de comercios y la inactividad. Por eso, la mayor liquidez se canalizó en otros productos que pasan por debajo del radar del control oficial, que tienen más demanda o simplemente porque están linkeados al dólar “oficial”, asediado por la incertidumbre y la demanda anticipatoria. No hay que bucear mucho en la historia reciente para proyectar una inflación más alta para cuando se descongele la actividad.

Nuevamente pondría la inflación no sólo en un efecto de los desequilibrios económicos (en este caso, como resultado de ser la única forma de financiar el rojo fiscal) sino la causa de otros, en un círculo vicioso que parece no tener fin. La insistencia con proyectos tributarios que gravan el stock de riqueza y no el flujo de ingresos, mostrarían, una vez más, la apuesta a que el futuro no rinde en términos políticos. Pero como la inflación, además, es determinante en el impacto sobre los niveles de pobreza e incertidumbre, se convertirá, una vez más, en el termómetro del éxito de la política económica. Nada diferente a lo que pasó en el último medio siglo. Es que hay cuestiones que, incluso, la nueva normalidad, difícilmente podrá eludir.


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