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COLUMNISTAS / conflicto politico II
domingo 7 enero, 2018

Las fisuras de la democracia

Las previsiones de Marx no se cumplieron: los obreros no se pauperizaron, formaron sindicatos, lucharon por sus derechos y nunca apareció ese proletariado con una conciencia de clase uniforme.

por Jaime Duran Barba

Robotizacion. Una revolución que modificó la producción de bienes y servicios. Foto: Cedoc

Carlos Marx fue hijo de la revolución industrial. Vivió en un momento histórico en el que se transformó todo por el avance de la ciencia y la tecnología. Como otros autores de su época, estaba fascinado por la industrialización, pero temía sus efectos negativos. Parecía que se había iniciado un ciclo de progreso ilimitado, aparecieron dramáticos problemas sociales que se profundizaron a partir de la crisis de la papa en Irlanda y la hecatombe alimentaria que devastó Europa. El hambre produjo la mayor emigración de la historia desde Europa hacia América. Marx creyó que la sociedad se polarizaría entre dos clases sociales enfrentadas por el poder: capitalistas y proletarios empobrecidos que terminarían siendo dueños solo de sus cadenas y de su prole. La pequeña burguesía y otros grupos no tenían importancia en este proceso que llevaría a la revolución, la instauración de la dictadura del proletariado y la posterior construcción del paraíso comunista. No cabían términos medios.

Las previsiones de Marx no se cumplieron: los obreros no se pauperizaron, formaron sindicatos, lucharon por sus derechos y nunca apareció ese proletariado con una conciencia de clase uniforme, militante y gris que debía encabezar la revolución.

En vez de la grieta que enfrentaría a empresarios y proletarios, se multiplicaron fisuras porque surgieron muchas nuevas ocupaciones que permitieron vivir y ver el mundo desde muchas ópticas. Marx nunca oyó música, ni fue al futbol, ni participó de actividades lúdicas que no existían en su época pero hoy mueven a la humanidad. No puede existir una conciencia de clase que unifique a los obreros metalúrgicos, los músicos de las bandas de rock, los youtubers y los emprendedores. Los trabajadores industriales y agrícolas tienden a desaparecer, mientras crece el número de personas que trabajan en distintas actividades, desarrollan sus propios intereses, relaciones humanas, sueños y desvelos.

Al comienzo de la década de 1960 entraron en crisis las dos instituciones que determinaban lo que era verdadero y falso en Occidente. El Partido Comunista de la Unión Soviética enfrentó la herejía cuando China cuestionó el papel del proletariado en la revolución y dividió al bloque comunista. El Concilio Vaticano II mitigó el dogmatismo de la Iglesia Católica. La idea de que existen cristianos anónimos que pueden salvarse aunque no conozcan el evangelio abrió el camino a una concepción más plural de la fe y al ecumenismo. Ambos credos que tenían ideas homofóbicas y discriminaban a las mujeres flexibilizaron sus posturas frente a la sexualidad y al monopolio de la verdad. Nunca hubo un papa o un secretario general del Partido Comunista mujer, y “la Iglesia”, que era solamente la católica, y “el partido”, que era el comunista, admitieron que tenían pares.

A fines de los 60 estallaron revoluciones que destrozaron los dogmatismos en boga. Se desató la imaginación. Como en la película El submarino amarillo, la música rompió la monotonía del mundo de los azules con una lluvia de colores. El concierto de Woodstock estimuló a las movilizaciones juveniles que detuvieron la invasión a Vietnam, millones de jóvenes asistieron a conciertos y musicales que carcomieron los cimientos de la antigua sociedad. Pink Floyd, The Doors, los Beatles, los Rolling Stones, Serú Girán, Charly García, Fito Páez, Piazzolla y muchos músicos más cambiaron nuestra mente. La literatura alentó el proceso con la producción de Ginsberg, Kerouac, Burroughs, el boom de los autores latinoamericanos, la revista de poesía El Corno Emplumado del underground revolucionario. La revolución sexual acabó con la “posición del misionero”, como llamaron los isleños del Pacífico a la usual de los occidentales que evitaba el placer durante el acto sexual. El Mayo Francés cuestionó a un comunismo obsoleto y alumbró nuevas utopías. El triunfo del socialismo parecía inevitable. Los revolucionarios triunfaron en el sudeste asiático, se instauraron gobiernos socialistas en Libia, Siria, Irak, Etiopía, Somalia, el Congo, Angola, Zimbabwe y otros países. En América Latina los soviéticos, apoyados por Cuba, organizaron en casi todos los países guerrillas que Estados Unidos combatió auspiciando dictaduras militares. La taxonomía que organizaba a esa multiplicidad de fisuras desde la izquierda hasta la derecha desapareció con la caída de la URSS y nos confundió a quienes nos formamos durante la Guerra Fría.

A fines del siglo XX se produjo una nueva revolución que cambió el modo de producción de los bienes y servicios, y la naturaleza de los seres humanos. Gracias a los avances de la tecnología, las empresas emplean cada vez menos trabajadores, incrementan sus tasas de ganancia y pueden pagar muy bien al escaso personal que contratan para que maneje las plantas desde computadoras. Los empresarios del futuro no necesitarán regatear el salario de los trabajadores porque necesitarán personas preparadas que manejen procesos complejos. Su problema será que exista un mercado para sus productos cuando se extingan muchos de los trabajos actuales. Transitamos desde sociedades cuyo problema fue la pobreza, a otras en las que se discutirá la repartición de la riqueza. El problema no será el hambre, sino la obesidad.

Con excepción del dogmatismo islámico y algunos fanatismos aislados, la mayoría de los países del mundo admiten de alguna manera la diversidad. Esto incluye a China, Vietnam y otros países socialistas en los que existe una interesante discusión acerca de la compatibilidad de la democracia con la libertad. La filosofía del pobrismo y el negocio de la intermediación entre los pobres y el Estado van a ser superados. La pobreza cero es un horizonte posible hacia el que avanzan varios países del mundo y al que nosotros podemos acceder. Empresas como Mercado Libre, Despegar.com y otras del mismo tipo demuestran que Argentina puede estar en la vanguardia del mundo si superamos nuestro complejo de subdesarrollados.

La pobreza se relaciona con la educación tanto de los dirigentes como de la población en general. Los sindicalistas del transporte necesitan pensar que pronto los camiones estarán conducidos por robots, los de la construcción, estudiar lo que ocurre en países como China y otros en los que existen casas y edificios construidos por impresoras 3D. Los cálculos actuariales de las jubilaciones van a volar en pedazos cuando la expectativa de vida suba a 200 años y cuando la medicina nos permita aspirar a la inmortalidad, cosa que sucederá en menos de cincuenta años.

Todos estos cambios están ya entre nosotros y estamos obligados a reflexionar para aprovecharlos, vivir mejor, y evitar sus efectos nocivos. Desgraciadamente son pocos los líderes del continente con los que se puede hablar sobre este tema, que es el más importante que afrontamos a mediano plazo. Comprendí su importancia y me puse a estudiarlo cuando conocí a Ray Kurzweil en la casa de Mauricio Macri hace algunos años. Su libro La singularidad está cerca. Cuando los humanos trascendamos la biología, y el Homo Deus de Yuval Harari deberían ser de lectura obligatoria para todos los políticos que quieran proyectarse para el futuro, ser menos aldeanos, y no poner cara de sorpresa cuando un líder habla de automóviles que se conducen a sí mismos.

La diversidad de grupos que existe en nuestras sociedades es inédita y solo podrán convivir si se fortalece la democracia. Los avances de la tecnología agudizan la diversidad, estimulando la conformación de nichos horizontales conformados por individuos que creen cosas semejantes, comparten intereses, y a veces se comunican solamente entre ellos, volviéndose impermeables al mensaje de otros. Hay millones de individuos que se relacionan entre sí porque admiran a un youtuber, son hinchas de un club de fútbol, practican un deporte, coleccionan motos, crían mascotas, pertenecen a un grupo de barras bravas o comparten cualquier interés. Son ciudadanos cuya conversación no gira en torno a la política porque no les interesa. La política vertical va desapareciendo en la sociedad contemporánea, caen bien los líderes que se identifican con la gente y comunican que la respetan. Es difícil tomar medidas de shock, no caben los mesianismos, ni las grietas definitivas.

Tiene vigencia lo que dice Primo Levi en los últimos párrafos de su libro He aquí el hombre: “Habiendo comprobado que es difícil diferenciar entre los verdaderos y los falsos profetas, es mejor desconfiar de todos los profetas; es preferible renunciar a las verdades reveladas así como a las que nos entusiasman por su simplicidad y brillantez. Es mejor contar con otras verdades, más modestas y menos entusiasmantes, aquellas que se consiguen cada día, poco a poco, con el estudio, la discusión y el discernimiento”.


*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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