En 2015 la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado) realizó en Zurich, Suiza, su 65° Congreso, evento que suele ser escenario de variados tipos de enjuagues y trapisondas que afectan a la práctica del fútbol profesional en el planeta. El 26 de mayo de ese año, en vísperas del comienzo del Congreso, una docena de agentes de civil irrumpieron en el hotel Baur au Lac y detuvieron, a petición del FBI (Oficina Federal de Investigaciones) estadounidense, a una veintena de dirigentes, nueve de los cuales quedaron sometidos a un pedido de extradición y otros a juicio. “Se esperaba que respetaran las reglas que garantizan la honestidad en el fútbol. En cambio, corrompieron el fútbol mundial para servir a sus intereses y enriquecerse. Lo hicieron una y otra vez, año tras año, torneo tras torneo”, declaró la entonces fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch. La operación terminó con el mandato del suizo Joseph Blatter al frente de la FIFA, y decretó la apertura de un proceso penal, a cargo de la fiscalía general suiza, relacionado con la adjudicación de las sedes de las Copas mundiales de Rusia (2018) y Qatar (2022).
El episodio no sorprendió a los futboleros más o menos informados y resignados a las suciedades que manchan la pelota (pese a Maradona) y a este hermoso deporte corrompido por personajes como los de aquel episodio o los Tapia, los Toviggino y los Infantino de siempre, entre otros. Fue precisamente Gianni Infantino, abogado de triple nacionalidad (suiza, italiana y libanesa), quien surgió como nuevo mandamás de la FIFA tras la forzada renuncia de Blatter, y al asumir prometió lo que hoy parece un chiste de mal gusto: una institución transparente e intachable.
Aquella investigación del FBI no había nacido impulsada por un prurito moral, sino, como era vox populi, como una suerte de venganza porque Estados Unidos no logró la sede que se le concedió a Qatar, vencedora en el remate habitual. La pesquisa permanece hoy en día en un limbo peligroso para la pandilla que dirige la FIFA, con Infantino a la cabeza. Hay mucho que no se dijo ni se ejecutó, y tanto investigadores como periodistas que remueven escoria en el mundo del fútbol sugieren que abundante información letal quedó en suspenso durante la administración Obama y es hoy una amenaza para Infantino y sus amanuenses en las manos desquiciadas e imprevisibles de Donald Trump. Tratan, entonces, de mantener tranquila a la bestia, como diría un cazador, de no hacer movimientos que la enfurezcan y de arrojarle las golosinas que la mantengan apaciguada durante el mayor tiempo posible. Esto podría explicar, por citar solo dos ejemplos, el vergonzoso Premio FIFA de la Paz, inventado de apuro y concedido a Trump en diciembre de 2025 para calmar su frustración por no haber sido considerado para el Nobel de ese rubro, y también, en el colmo del descaro y la inmoralidad, la servil e inmediata obediencia a su exigencia de ignorar la tarjeta roja y la suspensión recibida por Folarin Balogun, jugador del equipo estadounidense en la presente Copa Mundial. Pero, como señalaba el siempre valorado y vigente Dante Pnazeri (periodista ejemplar, mente lúcida y palabra certera), el fútbol es la dinámica de lo impensado y suele burlarse de sus depredadores. El equipo de Estados Unidos fue echado de la copa por Bélgica (a pesar de Trump, de Infantino y del director técnico Mauricio Pochetino, súbitamente inflamado de fe estadounidense) y colocado en su verdadero nivel futbolístico con un lapidario 4 a 1. Aun así, queda mucho por limpiar (si es que alguna vez ocurre) y, mientras tanto, la espuria sociedad Infantino-Trump mostrará todavía otra escena infame: la de Trump entregándole la Copa al ganador.
*Escritor y periodista.