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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 6 octubre, 2018

Literatura del otro

Recuerdo la Trattoria como uno de esos locales multitudinarios y ruidosos que forman parte de la mala gastronomía marplatense.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Es raro que un libro oculte su maestría, pero Los sorrentinos, la primera novela de Virginia Higa, es un caso atípico. El ocultamiento es doble. Por un lado, el tema: la historia de la Trattoria Napolitana de Mar del Plata, de su dueño Chiche Vespoli (Vespolini en la ficción) y de su familia. La tapa roja, con un tomate en primer plano y un mantel a cuadros, contribuye al equívoco: hay que mirarla con detenimiento para advertir su estilización. Con el libro ocurre algo parecido. Empieza diciendo “El Chiche Vespolini era el menor de cinco hermanos, dos varones y dos mujeres. Su verdadero nombre era Argentino, pero le decían así porque era tan lindo y simpático que se había convertido en el chiche de sus hermanas”, y el pasaje lleva a pensar que el resto será puro costumbrismo sentimental, aunque leído retrospectivamente se puede admirar su sequedad, su precisión y hasta su profundidad porque casi resume la novela.

Recuerdo la Trattoria como uno de esos locales multitudinarios y ruidosos que forman parte de la mala gastronomía marplatense (que es casi toda). Tampoco les encontré la gracia a los sorrentinos, la gran creación de los Vespoli, aunque tal vez no haya ido en una buena época: leyendo la novela descubrí que la calidad de la comida dependía de tremendas disputas dentro de la cocina. Mientras cuenta esos avatares culinarios, Los sorrentinos se interna poco a poco en el universo de esos hoteleros italianos que emigraron por gusto a una ciudad que pasó de la aristocracia al populismo. Esa gente llena de manías, de modestas pretensiones, de pequeños prejuicios, de tradiciones a medias olvidadas, de vagas supersticiones y de falsos recuerdos que acompañaron el devenir de una ciudad y un país.

La discreta habilidad de Higa tiene dos pilares. Uno es el uso del léxico privado de Chiche, un puñado de palabras extraídas del napolitano o inventadas que la autora nunca traduce pero dibujan una personalidad y una visión del mundo: mishiadura (miseria), papocchia (ordinario), spaccone (miserable), chinaso (cabecita negra), sciaquada (escuálida) y, especialmente, catrosho (homosexual). Porque el Chiche, que llegó a ser el patriarca de los Vespolini, era gay. Un gay pudoroso pero notorio que despreciaba a las “maricas reventadas”, era capaz de burlarse de sí mismo y de ser ese anfitrión ejemplar para los clientes, que amaba la conversación, el cine, los libros y los viajes. Higa –leo en una entrevista– es parte de la familia Vespoli, pero la suya no es literatura del yo. Invisible, va entrando en la intimidad de Chiche y de su entorno para acompañar hasta la muerte a personajes como Pepé, el mejor amigo de Chiche, gran científico que no se perdía Rosa de lejos y se suicidó como Alan Turing. Porque la otra sorpresa de Los sorrentinos es que se trata de una novela triste, cuyo tono se revela paulatinamente como el de la desprotección, la soledad y el desarraigo. El pasaje más conmovedor del libro es tal vez aquel donde se cuenta que los únicos momentos de felicidad para Chiche eran los de las catástrofes meteorológicas y los golpes de Estado, cuando podía encerrarse solo en su habitación para leer y mirar películas rodeado de provisiones. Nunca nos recuperaremos, parece decir Higa, de abandonar la infancia.


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