lunes 29 de noviembre de 2021
COLUMNISTAS laberintos
15-10-2021 23:55
15-10-2021 23:55

Lo obvio y lo obtuso

15-10-2021 23:55

Almodóvar me decepciona por cuarta vez consecutiva. Los amantes pasajeros (2013), Julieta (2016) y Dolor y gloria (2019) me habían dejado helado y desbarataron las pocas reglas que podía aplicar a mi relación con su cine (la más importante: si me gusta una, la siguiente no me va a gustar, y viceversa). Naturalmente, como muchos amamos más allá de toda racionalidad el cine de Almodóvar, Dolor y gloria fue alabada más allá de sus cualidades por pura impaciencia. No fue mi caso, preferí (y prefiero) esperar. Esas tres para mí malas películas al hilo me daban esperanzas porque, entonces, Madres paralelas tenía que gustarme.

La película superpone mal dos planos muy diferentes. Por un lado, el melodrama íntimo, cuyos pormenores se nos cuentan con una morosidad innecesaria (sobre todo porque no son tantos y carecen de interés). Por el otro, un drama histórico, el de los 100 mil desaparecidos durante la Guerra Civil y las fosas comunes que no han sido debidamente investigadas para localizar e identificar los restos de las víctimas del fascismo franquista. Dos mujeres van a parir: es la historia en marcha. Pero esa historia no podrá comenzar de verdad hasta que los muertos no descansen en paz. Sea. 

El problema es que el íntimo melodrama parece sacado de un repertorio de tuits o de posteos en las redes, muy lejos de la capacidad pretérita de Almodóvar de imponer su perspectiva.

Muy dominado por la agenda que le impone la velocidad actual de la opinión pública, pareciera que Almodóvar no tiene ya fuerzas para evitar los escollos del sentido común, lo que se nota no sólo en los diálogos, que carecen de toda fluidez, sino también en el montaje, con escenas demasiado largas o caprichosas, luchando entre sí por encontrar un espacio significativo con tanta seriedad que la película naufraga en sus buenas intenciones: todo es obvio, demasiado obvio, salvo la preocupación tardía de Almodóvar para denunciar un defecto de la transición española (de la cual fue no solo testigo sino protagonista privilegiado): el no haber restaurado la memoria de los muertos permitiendo la imprescindible ceremonia del adiós.

Contra lo que la crítica le ha señalado, no es ese el costado más oportunista de Madres paralelas porque para el reclamo de justicia y verdad nunca es tarde, sino su entrega incondicional a los clichés de un feminismo de sala de chateo y de camiseta propagandística de uso doméstico.

Compárense la profundidad melodramática de Todo sobre mi madre con los tímidos balbuceos de estas Madres paralelas: aquí se explica todo, como si Almodóvar estuviera pensando en un público un poco deficiente al que hay que llevar de la mano a través de los laberintos de los entusiasmos tibios en lugar de empujarlo al fuego de las pasiones, que es aquello por lo cual siempre esperaremos con ansiedad su próxima película.

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