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EL CASO LUNATI Y LA ETERNA SOSPECHA DE CORRUPCION

Lo que el pito vale

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“Siempre sueña que en un momento de descuido–para ello hace falta una noche imaginablemente oscura– pueda zafar de la línea de combate y ser elevado, por su experiencia de lucha, por encima de los combatientes, como árbitro”
Franz Kafka (1883-1924); de ‘El’, anotaciones del año 1920.

Si Baldassi –simpático, confianzudo en la cancha, cómodo en su papel de cordobés ocurrente– era Francella y Castrilli –que combatió las fuerzas del Mal a fuerza de tarjetazos antes de tener, lo acusan hoy, una flotilla de 137 cheques voladores por 3.084.070,87 pesos atravesando los cielos de la patria– fue Gary Cooper en A la hora señalada, Pablo Lunati es Sordi, el actor que se perdió el neorrealismo italiano.
El reconocimiento le llegó tarde. Pese a que la mayoría reconocía sus virtudes cómo árbitro, era mirado de reojo por propios y extraños. No lo ayudaba su estilo ostentoso, ni su crecimiento patrimonial, ni mucho menos su envidiada cupé BMW de 80 mil dólares. Su irrefrenable sobreactuación arrasaba con todo: brazos que dibujan círculos, como los de un nadador novato en peligro; la cabeza que se mueve al compás de un discurso inflamado, aún cuando intentara conciliar; el puño firme que estampa la vergonzante roja en las narices del infiel; las rodillas flexionadas, el pitazo, el dedo señalando el punto del penal mientras hace la estatua por unos segundos; sonrisita “a papá, no” y amarilla para quien le simule una falta. Lo suyo era el show.

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A Lunati –el Caruso de los árbitros–, lo acusaron de todo. Pero siempre salió indemne, con su sonrisa sobradora. Esta vez, la cosa es más complicada. Ya no es gente del ambiente quién lo denuncia, sino la AFIP. Por “conducta fiscal irregular, defraudatoria e incompatible con sus declaraciones juradas” durante los períodos de 2009, 2010 y 2011; y por la escalofriante cifra de 3.141.584 pesos. Para los que intentan ver más allá de lo formal, que a la AFA haya llegado una notificación oficial dando cuenta de la situación de su empleado y donde le sugieren a Grondona que “adopte las medidas administrativas pertinentes” si lo juzga necesario, le abre la puerta a una sospecha: que el posible ilícito pudiera tener relación con su actividad arbitral.
¿Qué dice Lunati? Que es inocente. Que la remó de muy joven; que con los años llegó a ser un comerciante exitoso y que los 30, 40 o 50 mil pesos por mes que puede ganar con el fútbol no es, de manera alguna, el mayor de sus ingresos. Su abogado, Héctor Llermanos, por las dudas, ya solicitó la exención de prisión e informó que su defendido se presentará de forma espontánea a declarar.

La AFA, obvio, decidió no exponerlo. “No fue designado, ni sorteado: quedó libre por rotación”, mintieron piadosamente. La verdad es que no dirigirá más hasta que esto se aclare. Quizá ese día nunca llegue, gracias al balde de nafta que un inspector que participó en los allanamientos a sus siete supuestas propiedades arrojó en medio del incendio: “Entramos al baño y parecía el Monumental. ¡Estaba lleno de escudos, banderines y fotos de River!”. Lunati, en varias notas, confesó que, antes de dedicarse al referato, era fanático de un club. “Pero ni loco lo blanqueo. ¡Lo digo y no dirijo más!”, razonaba, con lógica implacable.
Le tocaba irse a fin de año pero Grondona –“Don Julio es el número uno”, repite con admiración–, le pidió que siguiera seis meses más. Fue un honor. Se sentía en su mejor momento, capaz de polemizar de igual a igual con el vice del Colegio de Arbitros, Francisco Lamolina. “Por supuesto que no quiero que siga en su cargo. ¡Encima, critica a los árbitros viejos que somos los que le bancamos los campeonatos!”, lo destrozó hace semanas.

Lamolina no fue más amable: “Yo, en treinta años, estoy limpio como el agua y hace tres, cuando llegué acá, este muchacho estaba 300 metros abajo del mar, sospechado, sin dirigir nada”. Recordaba, sin decirlo, las acusaciones que, sin anestesia, hizo públicas a fines de 2009 Pedro Castellino, instructor de árbitros en Mendoza. “Su estilo de vida no condice para nada con lo que es el arbitraje honesto”, fue lo más suave que dijo. Pero a Lunati no le entraron ni esas balas ni las de Javier Ruiz, otro ex colega que prendió el ventilador un año después. “¡Que investiguen cómo hizo para abrir cinco negocios en cuatro años y mantener esa nave que maneja!”, exigió. El escándalo llegó hasta la Cámara de Diputados pero, poco a poco, la cosa se fue diluyendo… y no pasó nada. Hasta que un día, llegó la AFIP.

¿Hay árbitros corruptos? Sí, claro. Lo admitió Guillermo Marconi, secretario general de Sadra: “Negar que existe corrupción en el arbitraje es una tontería; hay, como en cualquier otra profesión.”. ¿Es Lunati uno de ellos? Lo ignoro. Lo que sí sé es que, por alguna razón, ha sido, por lejos, quién más veces fue acusado y sospechado.
¿Puede un árbitro decidir el resultado de un partido? No. Pero influir, sí. Bien lo saben los dirigentes que en la AFA piden a sus jueces favoritos o rechazan a aquellos que –intuyen– podrían perjudicarlos. ¿Hay dinero de por medio? Si es cierto que existen “valijas” para incentivar, también puede haberlas para activar o paralizar banderines; cobrar o no penales; ametrallar con amarillas o archivarlas; expulsar o no; pitar mucho, poquito o nada, según convenga. Un menú variado y una oferta que, a medida que lleguen los partidos definitorios, crecerá en volumen y costo. Y, como siempre, pagarán justos por pecadores. Una pena.
Sé de una enigmática frase que retumba en los clubes cada vez que pelean por un título, un pase de ronda o salvarse del descenso: “¡Hay que arreglar a los pitos!”.
Es un clásico. Sólo hay que resignarse a la dura ley del mercado y dar por el pito lo que el pito no vale. A veces, funciona.
Y después, ya está; todos contentos.