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Lo rojo y lo negro

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La Ferrari de Carlos Menem era roja: el color más fácil de ver.
La Ferrari de Elaskar es negra: el color más fácil de ocultar.

En Carlos Menem la Ferrari detonó la quintaesencia frenética del sentimiento de la propiedad privada: “Es mía, es mía, es mía”.

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Elaskar optó, en cambio, al parecer por una tercerización en diagonal: puso la Ferrari a nombre de una docente de Santa Cruz que no estaba enterada de nada y que no podría pagar un auto así ni cobrando el presentismo y el plus por zona desfavorable durante toda su vida.

Carlos Menem se apuró a contar que, montado en su Ferrari, unió Buenos Aires con Mar del Plata en apenas un par de horas. Doble violación de la ley, entonces: la que prohíbe que un presidente reciba donaciones y la que fija en 130 km/h la velocidad máxima en la Autovía 2.

Elaskar, en cambio, no dijo nada, no contó nada, maniobró bien calladito.
¿Cabe hacer, con dos colores, una distinción entre dos épocas? Los 90 fueron obscenos, pornográficos incluso; fue una era de capitalismo explícito, en el sentido en el que se habla de sexo explícito o en el sentido en el que se habla de violencia explícita. Otras veces, en cambio, el capitalismo se solapa, disimula su brutalidad y hasta se pretende humano, dice que puede ser justo si se lo propone, promete compensaciones, jura que va a distribuir mejor. Se aflige por la miseria que, no obstante, él mismo produce. Convive con sus feroces desigualdades, como si no las viera. O como si estuvieran a nombre de otro.