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Los animales también mienten

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Los animales también dicen mentiras: la rana pescadora atrae a los peces de los que se alimenta con una carnada –una pequeña y frágil “caña de pescar” constituida por una continuación al exterior de su espina dorsal, en cuyo extremo se mueve un corpúsculo carnoso similar a una lombriz–; una serpiente norteamericana –la Heterodon nasicus– es capaz de verdaderas puestas en escena: si se encuentra frente a un depredador, se inmoviliza con la boca abierta, cuyo color se parece mucho al de la carne muerta –un fenómeno llamado “tanatosis”, que tiene como finalidad evitar ser comido, ya que muchos animales no se alimentan de carne muerta–; hay pájaros –como el alcaudón amazónico– que emiten señales de alarma no para señalar un peligro sino para engañar; zorros y coyotes fingen que están muertos, y cuando la presa –por lo general, un cuervo o una urraca– se acerca, la capturan. El catálogo de las mentiras de los animales, individualizadas gracias a una experimentación y una observación que lleva años, es largo.

Si bien en comparación con el universo de las mentiras humanas (más rico y diversificado) el de las mentiras animales es más precario y unidireccional, no por eso deja de ser menos sorprendente corroborar que, efectivamente, la oferta de mentiras es extraordinaria. Para que un animal mienta, fuera de toda instrucción genética, es necesario que perciba, con la experiencia, cuál es el efecto de su comportamiento en los otros. Indudablemente son los primates los más hábiles a la hora de inventar sofisticadas mentiras, demostrando toda la flexibilidad, complejidad y variedad de engaños que les está permitida por sus desarrolladas capacidades cognitivas. El etnólogo alemán Alfred Schmidt notó en cierta ocasión, mientras observaba y tomaba nota del comportamiento de un grupo de babuinos en las selvas del Sudán, que un pequeño, habiendo descubierto que una hembra había encontrado una rica fuente de alimento, para alejarla y aprovechar él mismo el hallazgo se había puesto a aullar como si la hembra estuviese maltratándolo, llamando así a su propia madre, que en cuanto apareció alejó a la hembra.

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No hay duda acerca de que el mentiroso más ingenioso es el ser humano. Las mentiras, para nosotros, hasta son signo de buena educación. En cualquier caso, lo que es exclusivamente humano es la capacidad de autoengaño. Efectivamente, a veces las mentiras nos las contamos a nosotros mismos, y lo que es peor, creemos en ellas. Los psicólogos sostienen que el autoengaño es un mecanismo “saludable”. Por eso no es raro que imaginemos justificaciones para nuestros propios fracasos. Además, el autoengaño es un mecanismo útil, porque si somos capaces de mentirnos a nosotros mismos vamos a parecer sinceros y creíbles a la hora de mentirle a los demás. Los vendedores muchas veces ejercen el autoengaño para hablar de la buena calidad de sus productos. Y a las azafatas, a la hora de tener que mostrarse educadas con un pasajero insoportable, les enseñan a convencerse a sí mismas de que están lidiando con una persona simpática.