COLUMNISTAS
el polemico refreshing del gobierno y el chiquitaje opositor

Los bustos de Cristina

Dicen que los egipcios inventaron ese género escultórico, que los etruscos lo perfeccionaron, que lo sublimaron los griegos y que los romanos, convertidos en aplastante imperio, abusaron de él, como de tantas otras cosas, para dejar bien en claro que siempre iban a dominar el mundo.

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Dicen que los egipcios inventaron ese género escultórico, que los etruscos lo perfeccionaron, que lo sublimaron los griegos y que los romanos, convertidos en aplastante imperio, abusaron de él, como de tantas otras cosas, para dejar bien en claro que siempre iban a dominar el mundo.

Los bustos nacieron con el sentido casi único de solidificar la inmortalidad de los primeros faraones, es decir, para que sus caras permanecieran tan imperecederas como sus tesoros en la oscuridad de las tumbas. O como una especie de pasaporte destinado a traspasar sin sobresaltos aduaneros los portales del más allá. Inspirados en aquel mismo pánico humano ante la finitud de la vida, los etruscos y los griegos se atrevieron a darle una vuelta más al arte de tallar rostros identificables en terracota, madera, metal o piedra: representaron a los dioses, poniéndolos de algún modo a la misma altura de los gobernantes y héroes de carne y hueso. Los romanos exageraron la nota, cuándo no: se llegó al punto de que cualquier senadorzuelo de cuarta categoría mandara a tallar su propio busto en mármol como primer acto de gestión pública.

Como parte de una batería de acciones de marketing y comunicación en pleno desarrollo, los asesores de Cristina Kirchner apelaron a esta antiquísima disciplina artística para concretar el necesario refreshing de la baqueteada gestión presidencial. Digámoslo irónicamente: mientras algunos desgraciados se entretienen hablando de los modelitos exclusivos, las carteras Louis Vuitton y las aplicaciones de botox de la Presidenta, los comunicadores oficiales decidieron hacerle los bustos al segundo mandato K. Empezaron cuarenta días atrás por el de Raúl Alfonsín y siguieron, el jueves último, con el de Héctor Cámpora, quienes ya ocupan merecidos pedestales en el salón homónimo.

En un nuevo capítulo de la ya clásica utilización de la historia en beneficio propio, los bustos de Alfonsín y Cámpora representan, más allá del mérito, clarísimas señales políticas hacia afuera y hacia adentro de las filas kirchneristas. El mensaje, producido en medio de las renovadas acusaciones de autoritarismo por parte de la oposición y de los realineamientos internos originados en la “pejotización” del kirchnerismo, podría simplificarse más o menos así: “Somos democráticos, seguimos siendo parte de aquella juventud maravillosa”.

(El busto de Isabelita Martínez de Perón aún puede esperar. La ortodoxia sindical peronista, golpeada por el reciente fallo de la Corte Suprema contra los unicatos gremiales, andaba necesitando mensajes menos simbólicos. Y, por ahora, parece tener suficientes garantías de buena voluntad con la designación del moyanista Juan Rinaldi al frente de la multimillonaria Superintendencia de Servicios de Salud.)

El Gobierno, de todos modos, no ha sido el único que últimamente pretendió sacar provecho de la imagen de Alfonsín, quien, mientras pasan los días y avanza su maldita enfermedad, va alcanzando en vida el reconocimiento público que la hiperinflación y el fracaso de la Alianza sólo lograron postergar. Ni siquiera ha sido el que peor uso hizo de ese prestigio bien ganado, más allá de los errores y movidas polémicas del ex presidente. Mientras nadie puede negar que el homenaje gubernamental al viejo caudillo de Chascomús fue un acto de justicia que debía hacerse tarde o temprano, fueron sus propios herederos ideológicos quienes le propinaron la mayor falta de respeto. Primero anunciaron un frente electoral inspirado en los supuestos deseos de Alfonsín y, apenas éste se vio obligado a aclarar mediante una carta pública que nada está más lejos de sus intenciones, desde la UCR y la Coalición Cívica se empezó a hacer correr el rumor de que esa esquela no había sido redactada por él y que la había escrito Leopoldo Moreau, aprovechándose de los malos efectos que estaría produciendo la morfina sobre la lucidez y la vehemencia alfonsinistas.

Fuera por lo que fuese, Cristina Kirchner se sometió a los esperables retos de Alfonsín en el Salón de los Bustos. Y si lo que buscaba era ganar algún poroto, se lo terminaron concediendo Gerardo Morales y Lilita Carrió, dos caras visibles de una oposición aún demasiado entretenida en el chiquitaje. Ayer, el actual presidente de la UCR fue a buscar la bendición del jefe histórico a su departamento de la avenida Santa Fe. Terminó yendo al pie. Falta saber si fue un gesto autocrítico o puro oportunismo.