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Los cataclismos

Uno se va sugestionando. Si en el diluvio universal nos toca atravesar Palermo Venecia con bomberos devenidos gondoleros en gomón y vemos pasar autos flotando, gente nadando crol en lo que era una avenida y, además, vemos las imágenes de la destrucción de Haití, y ahora las imágenes de la destrucción en Chile, entonces es fácil sentir que se viene el Apocalipsis.

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Uno se va sugestionando. Si en el diluvio universal nos toca atravesar Palermo Venecia con bomberos devenidos gondoleros en gomón y vemos pasar autos flotando, gente nadando crol en lo que era una avenida y, además, vemos las imágenes de la destrucción de Haití, y ahora las imágenes de la destrucción en Chile, entonces es fácil sentir que se viene el Apocalipsis. Según los mayas, en 2012 se acaba el mundo. Hollywood viene machacando con el tema hace rato, ya no hay efectos especiales de la destrucción de Nueva York que puedan sorprendernos. De hecho, Nueva York debe ser la ciudad más veces destruida en el imaginario popular. Vimos muchas veces la Estatua de la Libertad cayendo o tumbada o sumergida en el hielo. El atentado contra las Torres Gemelas fue como un déjà vu. En una de sus aguafuertes, Arlt describe la fascinación de la gente que se paraba a sacarse fotos frente a la demolición de las manzanas, cuando estaban abriendo las avenidas diagonales en el centro porteño. Y está también esa foto de Spencer Platt que ganó el premio World Press a la mejor foto del año donde se ve a unos veinteañeros libaneses en un convertible rojo sacando fotos con su celular mientras atraviesan un barrio convertido en escombros por las bombas. Ahí está la destrucción como espectáculo, queremos ver la violencia de esa transformación, nos fascina, siempre y cuando le haya sucedido a otro.

Sin embargo, las imágenes de Chile las siento cercanas y dolorosas, casi no las quiero mirar. Me impresionan demasiado. Me heló la sangre el terror hablado (gritado) en castellano, en los videos de la gente que estaba filmando otras cosas en el momento del terremoto. Y esas calles me resultan familiares, aunque no las conozca, los edificios cortados por la mitad como una torta, las casillas de madera hechas astillas, los saqueos, los militares en la calle. Mis amigos chilenos me describieron el terror que les dio el temblor de tierra, un miedo muy profundo y total, como el miedo a ser devorado por una fiera o como si de pronto sucediera un fenómeno poltergeist, donde se empieza a sacudir toda la casa. Y me contaron de las reacciones dispares de cada uno: el que corrió, el que se echó al suelo, el que insultaba a no se sabe quién. Ahora quedaron las fotos surrealistas: un militar empuñando su carabina mientras custodia un negocio y en segundo plano, un barco pesquero varado en medio de la ciudad.
Hace rato se está diciendo que el futuro ya llegó; se habla de la futuridad del presente en estos tiempos atemporales, de manera que también podríamos concluir que el fin del mundo ya está sucediendo y va a seguir sucediendo. No creo que sea como en el Apocalipsis, el libro más lisérgico de la Biblia, con caballos de colores y prostitutas que cabalgan dragones de siete cabezas, sino como una catástrofe silenciosa que tanto le puede tocar a uno como al que está del otro lado del vidrio y que te deja, como dice Fabián Casas, empujando un carrito de supermercado con tus pocas pertenencias en medio de la noche.

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