COLUMNISTAS

Los gases de Doña Hebe

Antes de que algún suspicaz pretenda encontrar una construcción malintencionada en el título de esta columna, aclaremos desde el vamos que, esta semana, Hebe de Bonafini (sí, la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo) dijo que otro gobierno hubiera desalojado a los ruralistas de las rutas “a palos y a gases, como merecían”. Y que no se hizo así porque el gobierno de Cristina Kirchner “tiene mucha democracia y mucha tolerancia”.

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Antes de que algún suspicaz pretenda encontrar una construcción malintencionada en el título de esta columna, aclaremos desde el vamos que, esta semana, Hebe de Bonafini (sí, la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo) dijo que otro gobierno hubiera desalojado a los ruralistas de las rutas “a palos y a gases, como merecían”. Y que no se hizo así porque el gobierno de Cristina Kirchner “tiene mucha democracia y mucha tolerancia”.
Según los dichos de Bonafini, entonces, los piqueteros agrarios no recibieron su merecido. Pero ella no aclaró si ese “otro gobierno” hipotético la hubiera fanatizado aún más que el actual. Si tenemos en cuenta que el vicepresidente Julio Cobos pasó a ser –a los ojos de nuestra Madre en Jefe– un flagrante traidor en el mismo momento en que empezó a propiciar el diálogo con el campo, debería inferirse que tampoco termina de conformarla el estilo K.
Pocas personas conocen como Doña Hebe los efectos de la represión, un flagelo que, en su escala mínima, se valió infinitas veces en nuestra historia de los efectos picantes y congestivos de esas armas químicas disuasivas, inventadas por los alemanes sobre el final de la Primera Guerra, perfeccionadas por los ingleses en la década del 50 y utilizadas hasta el paroxismo por las tropas estadonunidenses en Vietnam, cuando escaseaba el deformante napalm.
Los manuales de campo del ejército norteamericano definen la acción de estos gases como “productores de efectos fisiológicos irritantes o invalidantes temporariamente cuando entran en contacto con los ojos o cuando son inhalados; estos gases para el control de turbas, usados en concentraciones adecuadas, no lesionan en forma permanente”. En “concentraciones inadecuadas”, en cambio, las combinaciones de cloro y amoníaco –bases de los gases lacrimógenos– pueden irritar la piel, causar quemaduras y hasta provocar la muerte por asfixia.
Claro que su uso nunca resultó ser el adecuado, más allá de las combinaciones de laboratorio:
A los militares que derrocaron a Arturo Humberto Illia sólo les bastó una dosis bien organizada de gases.
El gremialista docente Carlos Fuentealba murió porque una cápsula de gases lacrimógenos le impactó en la nuca. Pocos como ella lo saben tan de cerca.
Pero Doña Hebe no sólo expresó esos deseos bastante incompatibles con la campaña de defensa de la democracia que despliega ahora mismo.
Pidió hasta 15 años de prisión para los integrantes de la Mesa de Enlace.
Los acusó de “lobos hambrientos” y de ser “los asesinos de nuestros hijos”.
Dijo en la Justicia que los chacareros merecen castigo por organizarse “en estructuras celulares”, tal cual se acusaba en los 70 a los integrantes de Montoneros, FAR, FAP y ERP.
Y dijo más. Muchísimo más. Siempre como ante un espejo donde el otro es solamente lo mismo que uno, pero al revés.
De todos modos, la ira crónica –y justificada– de Bonafini dista miles de kilómetros de ser el problema de fondo. Utilizada como escudo y arma filosa de la política oficial, Hebe pasó a servirles a algunos más por lo que duele que por lo que fue capaz de construir para todos.
La apuesta constante por la confrontación y las divisiones permanentes –un juego de blanco o negro que ya bastante daño causó– estimula a los enemigos de la propia Bonafini y a muchos críticos independientes a prestar más atención a las cuentas financieras de sus emprendimientos sociales.
En los últimos dos años, la Asociación Madres de Plaza de Mayo recibió más de 37 millones de pesos del Estado en subsidios alimentarios, publicidad oficial y partidas del Ministerio de Planficación Federal para la construcción de viviendas.
El autor de esta columna sigue resistiéndose a creer que las actitudes públicas de Bonafini se rigen por esas asistencias dinerarias. Sería lo mismo que pensar que la mesura de Estela de Carlotto, quien hoy también forma parte del Mundo K, depende de que las Abuelas recibieron en el mismo lapso sólo el 10% de esa cifra.
Hace como veinte años, un amigo me sorprendió con unas preguntas mientras caminábamos por la zona de Congreso:
—¿Tenés hermanos, Edi?
—Sí, dos mayores que yo –le contesté.
—¿Y a qué se dedican?
—El mayor trabaja en una fábrica de equipos de GNC.
—¿Y el del medio?
—Trabaja en Agip Gas.
—Ah... Entonces los tres son del mismo gremio...
—¿Por? –sólo atiné a decir, sin entender a dónde apuntaba.
—Bueno... Uno trabaja con gas comprimido, el otro con gas envasado y vos vivís en una nube de pedos.
Todavía me sigo riendo como aquella tarde cada vez que recuerdo la anécdota. Pero qué tendrá que ver eso con Hebe de Bonafini y sus gases lacrimógenos.