Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos, temerosos de la muerte y de las catástrofes naturales, hemos pedido conocer el futuro a algunos adivinos que fueron poderosos, provocaron temor, se relacionaron con los dioses y fueron linchados cuando se equivocaron. Actualmente, los futurólogos corren poco riesgo si hablan de temas menos irracionales que la política. Consultamos el pronóstico meteorológico, salimos con abrigo y bufanda en una mañana calurosa y no nos enojamos demasiado con quienes anunciaron que habría cero grado.
Los encuestadores políticos no tienen la misma suerte y terminan en la hoguera después de cada elección. Felizmente, en la posmodernidad las llamas son sólo mediáticas y no corren el riesgo de que un encapuchado los degüelle para agradar a algún Dios. La mayoría de la gente supone que la encuesta se reduce a la simulación electoral, y algunos encuestadores anuncian los porcentajes de los candidatos, los suman, luego a ese número le restan 100 y suponen que así descubrirán cuántos son los indecisos. El día de los escrutinios, los más profesionales se aproximan a los resultados y otros hacen piruetas para demostrar que fue un acierto decir que iba a ganar quien salió tercero.
Los números de las encuestas surgen de preguntas ideadas por encuestadores y formuladas a seres humanos contradictorios, cuyas opiniones mezclan creencias, actitudes y valores a veces incómodos de verbalizar. Por eso deben ser diseñadas e interpretadas por profesionales que usen herramientas complejas para escudriñar la inasible mentalidad de la gente. Por poner un ejemplo elemental, pocos encuestados dicen fumar marihuana, pero son muchos los que aceptan tener un amigo que lo hace. Hay que saber preguntar sobre temas delicados.
No todos los que votan por un candidato en una encuesta piensan hacerlo en la realidad. Tampoco existe 20% de indecisos que pueden apoyar a quien tiene 2%, para que llegue al 22%. Eso es un disparate. En los Estados Unidos hay menos contradicciones porque sólo se entrevista a quienes se han inscripto para votar y tienen algún interés en la elección. En nuestros países se interroga a todos los ciudadanos, porque cualquiera puede votar, aunque el 50% de los latinoamericanos sabe muy poco y no quiere informarse sobre las elecciones. Cuando analizamos las boletas, hay 2% que vota por un candidato al que, en otra pregunta, dice que nunca votaría. Normalmente no cometen un error, sino que respondiendo preguntas que no les interesan, dicen cualquier cosa. Tenemos un programa con el que analizamos la coherencia de las boletas, que nos permite dividir a la totalidad de la población en votantes duros, blandos, posibles, difíciles e imposibles de cada uno de los candidatos. No existe un indeciso puro. Los que dicen que no saben por quién votar no tienen una misma posición política, no están vacantes en abstracto. Cada uno de ellos tiene más o menos posibilidad de votar por alguien y este programa lo detecta.
La gente teme quedar mal cuando dice que no sabe algo. Durante 35 años, hemos seguido la imagen de Nicolás Narváez, el personaje más encuestado del continente, que no existe, pero en diez países tiene entre el 8% y el 14% de conocimiento. Cuando aparece junto a políticos desagrada, cuando lo hace con deportistas y estrellas de la televisión, tiene buena imagen. Si un político real iguala a Nicolás, tenemos que decirle que empató con la nada. Hay también preguntas con respuestas políticamente correctas que llevan a la confusión. En las últimas elecciones mexicanas, preguntamos en una encuesta poselectoral si los electores habían votado por personas o por propuestas. El 57% de los votantes del PRD contestó correctamente: lo hizo por propuestas. Cuando les pedimos que nos dijeran cuáles eran esas propuestas que les convencieron, sólo el 6% pudo mencionar algo.
A veces suponemos que los ciudadanos tienen información elemental, pero eso no siempre es así. En una investigación realizada a propósito del bicentenario de la independencia de nuestros países, sólo el 57% de colombianos, el 57% de ecuatorianos, el 71% de peruanos, el 53% de mexicanos y el 52% de argentinos respondieron que nos habíamos independizado de España. Para entender lo que expresan los números acerca de los electores, hay que conocerlos en facetas que van más allá de una pregunta.
* Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.