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Los treinta mil desaparecidos

Reflexiono sobre desapariciones desde la de Martins y Centeno a fines de 1971. Meses después unos pocos participamos, en el barrio de Belgrano, en la protesta por la desaparición de Juan Pablo Maestre y Mirtha Misetich. Mirtha había sido alumna mía en la facultad.

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Reflexiono sobre desapariciones desde la de Martins y Centeno a fines de 1971. Meses después unos pocos participamos, en el barrio de Belgrano, en la protesta por la desaparición de Juan Pablo Maestre y Mirtha Misetich. Mirtha había sido alumna mía en la facultad. Juan Pablo, que fue bibliotecario del Departamento de Sociología, era, desde sus oficinas de Gillette, mi último nexo con Carlos Olmedo. Supe tempranamente de los centros de secuestro y ejecución, y conocí la experiencia piloto de Patricios, por relatos de militantes desactivados del ERP –Hopen del 22 de Agosto y Molinier, de Fracción Roja–, y del PCML, cuyo secretario de organización, Roberto Cristina siguió visitándome hasta la víspera de su desaparición, en 1978. Por entonces publiqué un poema dedicado a Roberto que hablaba de esas mujeres que aparecen siempre a cierta altura del poema y prometía que “esta vez lo evitaré, preferiría/que apareciesen las mujeres que nunca mas se encontrarán” y más adelante, advirtiendo que la represión sembraba terror y a la vez la semilla de un tópico humanista para la literatura, reflexionaba: “tantos se montarán sobre ellos y ellas para mercar, soñar/parecer corazones o lágrimas.” Estaba –y sigo– convencido de que la tragedia, con su excedente de terror, iba a crear un tópico cultural inconducente y destinado a multiplicarse reemplazando el “algo habrán hecho”, vigente en la clase media de entonces, por “vean lo que les puede pasar”, vigente en la actualidad. Entre 1978 y 1979, en los que publiqué dos ediciones del poema, perdidos mis viejos contactos, comencé a encontrarme con valerosos militantes de la UJS del P.O. y a aportar fondos a su trabajo de denuncia y gestión sobre desaparecidos. Por ellos y por los organismos solidarios, pude conocer la cuenta de las bajas, que hacia 1981 se estimó en siete u ocho mil, a los que recomendé sumar un millar, por mi conocimiento de numerosos cuadros del ERP venidos clandestinamente de Chile, Perú, Francia, Oriente Medio: ninguno de ellos figuraría en las listas. La magnificación de las cifras data de 1983 y desde entonces vengo denunciándola, mal que le pese a ese comentarista de cine, que cree que la verdad es “de derecha”. Esos 30.000 figurados bajo el auge alfonsinista representaban numéricamente una “minoría” del uno en mil de la población argentina de la época. Magnificar hasta la alícuota como argumento propagandístico servía para acentuar la amenaza del terror, y postulaba una graduación posible en la criminalidad del Estado como si la barbarie hubiera sido menor si “apenas” hubiesen torturado y eliminado a trecientas personas.