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Hemos entrado, qué duda cabe, desde hace tiempo, en la era de la seducción con instructivo.

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Hemos entrado, qué duda cabe, desde hace tiempo, en la era de la seducción con instructivo. No me refiero a las reflexiones especulativas acerca de lo que la seducción supone, ni tampoco al ensayismo teórico sobre la experiencia amorosa: nada de ese vasto recorrido que va de Platón a Roland Barthes, de Stendhal a Jean Baudrillard. Ni siquiera a aquellos manualitos de aplicación práctica, como los de Dale Carnegie, por ejemplo, con su pedagogía del afecto.

Hablo de otra cosa: del instructivo. Hablo de la cultura de los tips, del PowerPoint, hablo de la cultura del coaching. Por lo visto, ni la seducción escapa de tales formatos (y menos ahora que, según parece, un error de seducción puede verse penado y castigado si se lo llega a homologar con un hecho atroz: con los abusos).

Hay algo profundamente paradójico en el ítem del instructivo que indica al seductor que gane confianza en sí mismo: si la tuviera, al menos en un grado razonable, no estaría teniendo que recurrir a un instructivo. El que se incluyó en estos días en un cuadernillo encabezado con el sello de la AFA, en vistas al Mundial que se avecina, se ocupaba específicamente del caso de las mujeres rusas: lo que hay que hacer y lo que no, lo que hay que decirles y lo que no, lo que quieren y no quieren.

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Lo sorprendente del instructivo, a mi entender, es la forma en que generaliza (presupone un país, en este caso Rusia, en el que todas las mujeres son iguales y gustan de las mismas cosas: por ejemplo, de que les hablen de filosofía e historia), y a la vez la forma en que particulariza (pretende que que no quieran ser tomadas como objetos, por ejemplo, es un rasgo propio de las mujeres rusas).

No me importan los mundiales, no pienso viajar a Rusia, no ando en plan de seducir a nadie. Lo que me intriga en todo esto es cómo llegó ese instructivo al cuadernillo en cuestión. ¿Cómo fue? Fue así: lo bajaron de internet, le dieron el visto bueno, lo mandaron a imprimir. Tiendo a pensar que, hasta tanto estuvo impreso, nadie lo leyó de verdad. Le pegaron a lo sumo un vistazo en la pantalla, lo miraron por arriba, después lo supervisaron un poco pronto y en diagonal, y no lo leyeron en sentido estricto. Eso sí me interesa, y mucho; porque me dedico a la literatura, a la crítica literaria. Y doy en preguntarme, a veces, cómo se lee lo que se lee, eso sobre lo cual después se escribe: cómo se lo lee o cómo se lo leyó.