En muchos aspectos de detalle los resultados electorales de la jornada de ayer pueden deparar sorpresas; en líneas generales, no. El propósito específico de esta elección -renovar parcialmente las dos cámaras del Congreso de la Nación- arroja el saldo esperado: el gobierno nacional sufre una derrota en muchos distritos del país, pero conserva la primera minoría en el ámbito nacional; el espacio de acción del que dispondrá en el Congreso se reduce y lo forzará a eventuales negociaciones para aprobar leyes, pero no le impedirá gobernar.
La Argentina política corrige un poco sus actuales relaciones de fuerza, se mueve hacia un mayor equilibrio. Hasta donde se ve en los escrutinios provisorios, el oficialismo mejora su situación en algunas provincias con respecto a las PASO. Pero se confirma que el país urbano, el de las grandes ciudades, le sigue siendo esquivo, y que las provincias patagónicas ahora también han pasado a serlo.
En los análisis e interpretaciones del domingo a la noche se tejieron otras conjeturas, muchas de ellas fantasiosas o productos de los deseos de quienes las formulan. Las más recurrentes se refieren a las proyecciones que se hacen a partir de esta votación sobre la elección presidencial de 2015. Nada de eso tiene fundamento; a lo sumo, todo eso habla de los proyectos de algunos dirigentes, pero no de sus mayores o menores posibilidades de competir dentro de dos años.
En la primera línea del banco de presidenciables siguen estando los mismos que ya estaban; a ninguno le cambia mayormente su posicionamiento el haber obtenido algo más o algo menos de votos -directamente en algunos casos, a través de sus candidatos en otros casos-.
El camino hacia 2015 será largo, en muchos aspectos imprevisible por ahora, y nada en esta elección de 2013 proporciona más certidumbres de las que ya existían.
El mensaje de las urnas este domingo dice algunas cosas muy ricas, instructivas, para los distintos partidos y grupos políticos, sobre todo en el contexto de cada provincia. Tanto el Frente para la Victoria -o sus equivalentes en algunos distritos- como los partidos opositores deberán tomar nota de los resultados, que en algunos casos les han sido muy favorables, o mejor a lo esperado, y en otros llamativamente malos. Esta elección dice mucho acerca del perfil de los candidatos que el electorado está tendiendo a valorar y a recompensar; los dirigentes deberían sacar conclusiones al respecto alguna vez.
Otro frente abierto a las más variadas conjeturas es el referido a la salud de la presidenta y su estado de ánimo. Es comprensible que muchísima gente se interese por el tema y consuma ávidamente la información que se le ofrece al respecto. Pero sacar conclusiones para el análisis político a partir de supuestos sin ningún respaldo es perder el tiempo. Es imposible siquiera conjeturar, a partir de la votación de ayer, cómo le iría a la presidenta Cristina de Kirchner si fuese candidata.
El balance de esta elección es simple y no encierra más implicaciones que las que surgen de los crudos números: el oficialismo ha retrocedido un buen tramo -comparado a su nivel de voto legislativo en 2011- y se encuentra en el orden de magnitud de su voto en 2009. El perfil de ese voto ha cambiado algo: parece estar menos concentrado en las clases pobres de las grandes ciudades, y está fuertemente concentrado en las regiones del Norte y Noreste del país. La elección de Cristina en 2007 marcó un quiebre en el perfil del kirchnerismo: lo acercó a las bases tradicionales del peronismo y terminó con los sueños de una coalición transversal con fuertes ingredientes de clase media. Tal vez esta elección de 2013 marque otro quiebre, y esté asomando un kirchnerismo tributario de un país menos urbano, menos cosmopolita, y más dependiente de liderazgos políticos locales.
(*) Sociólogo.