El matrimonio presidencial metió a la Argentina en un proceso de conmoción interna y de conflicto de poderes. El agravio se transformó en moneda corriente. Las turbulencias que se generaron presagian días cargados de tensión y la instalación de una vetocracia que lesiona seriamente a las instituciones.
No hay antecedentes de una jefa de Estado que haya ventilado por cadena nacional chismes de la vida íntima de una jueza (“que parece alquilada”, agregó) para descalificar un fallo. ¿Quién informó a la Presidenta acerca del amor de la magistrada? ¿Los servicios de inteligencia que espían para la corona? ¿O algún programa de la tele vespertina? ¿Qué pasaría si esta práctica despreciable se convirtiera en costumbre? Podríamos desbarrancarnos en infiernos personales. Es fácil imaginar la degradación en la que caeríamos si, por ejemplo, el vicepresidente Cobos difundiera con la misma liviandad y en medio de una sesión parlamentaria, información sentimental o de alcoba de la Presidenta.
Es un síntoma de desmesura y desesperación. Manotazos políticos después de los manotazos financieros. Es que Néstor Kirchner tiene cada vez mas éxito en la construcción del fracaso y en la destrucción de su propio proyecto. Demostró una tenacidad inédita para perder el control parlamentario después de haberlo manejado por teléfono y a su antojo. Su contracción al trabajo le permitió unificar gran parte de la Justicia en su contra. Su obsesión sádica por el castigo y la persecución al que piensa diferente, incluso dentro de su propia tropa, lo convirtió en el mejor partero de figuras opositoras, en un experto en dinamitar puentes de diálogo y en un lanzador de cuadros políticos por la ventana.
Es un caso raro. Nadie motorizó tantas iniciativas en contra de sí mismo y nadie dañó tanto la investidura presidencial de su esposa.
La gran pregunta que hace correr frío por la espalda de la sociedad es si, finalmente, completará su obra tirando del mantel. Ya intentó patear el tablero arrojándole el Gobierno a Cobos por la cabeza amenazando con la renuncia de la Presidenta. Muchas veces, ha confesado en la intimidad que si no lo dejan gobernar como él quiere, prefiere envolverse en la bandera del heroísmo revolucionario y denunciar un golpe corporativo, oligárquico y mediático. Ese terreno ya se está preparando. Todas las semanas la Presidenta anuncia conspiraciones e intentos golpistas. De Cobos, de los medios, del radicalismo. El jueves acusó a la oposición de ser “un rejunte político que sólo quiere obstruir para que no funcionen las instituciones” y de cometer un “acto de venganza de baja estofa”. Fue el colmo de la victimización de quien es cofundadora del Frente para la Venganza. Los Kirchner han sido los primeros en diseminar por todo el país ese veneno revanchista. El concepto de “destituyente” ya lo instalaron definitivamente. Esta semana, la diputada Elisa Carrió habló por primera vez de “alteración del orden institucional” para caracterizar el comportamiento de dos presidentas, la de la Nación y la del Banco Central, después de la puñalada por la espalda al Congreso. También calificó a Cristina como “Presidenta de facto”. Hebe de Bonafini se movilizó contra los “fachos que quieren entrar con las botas porque no pueden entrar con los votos y que son los mismos que asesinaron a nuestros hijos”.
Actitud destituyente, alteración del orden institucional, mandatarios de facto y fachos con botas son conceptos extremos y peligrosos de los cuales deberíamos alejarnos para resucitar la confianza mutua entre oficialismo y oposición que parece haber muerto esta semana. El escenario muestra una pelea descarnada que responde a un cachetazo con otro. Nadie pone la otra mejilla. Un intendente peronista del Conurbano profundo sinceró ante PERFIL con una metáfora futbolera el motivo de su bronca contra los Kirchner: “Ellos van al ataque todos los días contra alguien distinto y nosotros tenemos que atajar los penales que son los reclamos de la gente que está hastiada de tanto palabrerío”.
Se ha producido una suerte de empate paralizador en el país de la superestructura. De choque de debilidades. Hay una manera autoritaria del Gobierno que no termina de morir y una propuesta republicana de la oposición que no termina de nacer. Una oposición dura que quiere cobrar las facturas de antiguas humillaciones y un gobierno que hace oposición de los opositores. Ambos apelan al poder de daño que todavía tienen y que es grande. Ninguno encuentra los mejores caminos para edificar nuevos proyectos que sean encarnados por liderazgos convocantes.
Todo eso produce una angustia inquietante en gran parte de los argentinos. Solamente se siente el ruido de las agresiones mutuas. Walt Whitman avisó que el mejor gobernante es el que más tiempo de paz social consigue para su pueblo.
Hay un convencimiento fanático por parte del kirchnerismo. Se mueven como propietarios absolutos de la verdad. Esa soberbia es la que tal vez más los diferencia del presidente uruguayo, José Mujica. En una reunión con intelectuales, el ex tupamaro dijo: “Sólo los ignorantes creen que la verdad es definitiva y maciza cuando apenas es provisoria y gelatinosa”.
Hay que quitarles pólvora a las palabras. Sacar el dedo del gatillo. El senador cristinista Nicolás Fernández anunció que quieren llevar a juicio al vicepresidente Julio Cobos “por mal desempeño como funcionario”. En su defensa de Mercedes Marcó del Pont, utilizó otra figura grave: “Los senadores la citaron como si fueran un paredón de fusilamiento de 1976”. Empieza a registrarse cierto desabastecimiento de defensores del kirchnerismo. El propio Fernández ocupa los lugares que Miguel Angel Pichetto está cediendo en su ocaso. Y algunos senadores confiaron a sus pares opositores que están agotados de poner la cara para perder, por decisiones que Kirchner toma en Olivos. Muchos de ellos aspiran a ser gobernadores de sus provincias que, en su mayoría, están fuertemente endeudadas. Saben que oponerse a repartir 10 mil millones del impuesto al cheque no es el mejor camino hacia la popularidad. Tiemblan ante la forma en que los Kirchner maltratan a sus propios funcionarios. El que no acepta el verticalismo y la obediencia debida es arrojado al desierto con el rótulo de traidor. Y el que acepta se ve obligado a inmolar su carrera en el altar del matrimonio. Mercedes Marcó del Pont es el ejemplo más descarnado. Joven, intelectual y éticamente respetada y poseedora de un amplio espectro de relaciones multipartidarias, ha perdido gran parte de su capital político y manchado su foja de servicio.
Tanta beligerancia hizo aflorar en la Presidenta conceptos que han sido banderas de sectores reaccionarios como que “el delincuente entra por una puerta y sale por la otra” o que los mercados indican que el Gobierno está en el camino correcto. Como si la gloriosa Jotapé hoy fuera JP Morgan que recomienda a sus clientes apostar a los bonos de un país que está dispuesto a romper todas las reglas, con tal de correr presuroso para pagar sus deudas.