Notable trabajo el que encaró durante los últimos años la Embajada de Brasil en Buenos Aires: se propuso subvencionar la traducción al castellano de parte de la literatura brasileña contemporánea más destacada, y así llegaron a nuestro país, venciendo la barrera del idioma, obras notables como las de João Gilberto Noll, Sergio Sant’Anna, Daniel Galera, João Guimarães Rosa y Caio Fernando Abreu.
Abreu nació en Santiago, Rio Grande Do Sul, en 1948, y murió en Porto Alegre, como consecuencia de una enfermedad derivada de su condición de VIH positivo, en 1996. Escritor y periodista, homosexual confeso, fue perseguido por el Departamento de Orden Político y Social (DOPS) y en 1970 se exilió una temporada en Europa. Publicó una decena de libros, entre cuentos, obras de teatro y novelas, entre ellos Fresas mohosas, Los dragones no conocen el paraíso y Dónde andará Dulce Veiga, y a su muerte dejó inédito el libro Ovejas negras. Existencial, dramática, angustiante, espiritual son algunos de los adjetivos que recibió su obra. El la definió mejor: “centrada en el desamparo humano”.
Ahora acaba de aparecer Pequeñas epifanías, una selección de crónicas que fueron publicadas en los diarios Estado de São Paulo y Zero Hora entre 1986 y 1995, poco tiempo antes de su muerte. Pero no debe leerse aquí el término crónica en la acepción que viene tomando entidad en los últimos tiempos. No hay largas narraciones periodísticas, ni investigación, ni grandes temas en estos textos de Abreu. Lo que hay son opiniones, fragmentos personales, ejercicios de estilo, misceláneas privadas que solían hacerse públicas con su publicación. Textos breves, escritos sobre el cierre semanal, casi pequeños poemas en prosa de no más de dos o tres páginas en los que Abreu puede confesar, con el mismo tono, que acaba de descubrir que tiene sida; que siente una especial debilidad por las plantas y las flores (hay varios textos sobre el tema, y en uno de ellos afirma que lo que realmente le gustaría ser es jardinero: “Me gustaría un día plantar rosas, muchas rosas”); describir las múltiples formas que adopta su corazón (“Mi corazón es una película noir proyectada en un cine de quinta categoría. La platea le tira pochoclo a la pantalla y silba a una historia llena de clichés”); o describir con íntima exactitud la esterilidad creativa, el síndrome de la página en blanco, que él llama “ciclo seco”.
Siempre al borde de la desesperación y el sentimentalismo, las Pequeñas epifanías de Abreu (“Una revelación de lo divino que se infiltra en el día a día. Manifestaciones de un cotidiano áspero que viene a modificar una realidad mayor”, las definió él) se salvan de esos abismos por la inteligencia de sus observaciones, por el odio que a veces las arrebata (sus descripciones de la ciudad de San Pablo son imperdibles, y vaticinan en lo que puede terminar por convertirse Buenos Aires) y por el lirismo y la fuerza de su prosa. En este libro Abreu es un Roberto Arlt finisecular y brasileño: menos impresionista que el argentino en sus Aguafuertes, más cuidadoso de las formas, igual de brutal en sus conclusiones. Tan sólo por eso habría que leerlo.