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Memorias y desmemorias

De todos modos, el suicidio de Levé es menos un misterio biográfico (novela policial sin asesino) que literario.

16-4-2023-Logo Perfil
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Como me quejo de mi falta de memoria, Flavia me presta un libro de Petrarca llamado “Remedios para la vida”. Es un diálogo entre un personaje llamado “La Razón” y otro llamado “El Gozo”. Se ve que es una edición vieja, anterior a la ocupación de la lengua por el psicoanálisis, porque usan “gozo” y no “goce”. En un breve capítulo dedicado a la memoria, la Razón convence al Gozo de que la memoria no sirve más que para recordar lo que hay que olvidar (las penas, los agravios) y para olvidar lo que hay que recordar (a dios y los preceptos divinos, aun siendo tan pocos). También le recuerda que cuando Simónides le habló a Temístocles del Arte de la Memoria, este respondió que era mucho mejor practicar el Arte del Olvido.

No es un consuelo extraordinario cuando me paso la vida maldiciendo porque me olvido de las cosas más diversas, desde mi contraseña de Twi-tter al apellido de un jugador del Manchester City. Este fue un olvido de segundo grado: estuve como media hora para tratar de encontrar ejemplos de cosas de las que me olvido. 

Pero acá tengo un caso más interesante. Me llegaron en estos días los “Inéditos” de Édouard Levé, traducidos por Matías Battistón para Eterna Cadencia a partir de una reciente edición francesa. El nombre me sonaba vagamente, pero fue después de leer el prólogo de Thomas Clerc y de revolver la biblioteca durante toda la mañana que encontré tres de los cuatro libros anteriores de Levé: “Obras”, “Autorretrato” y “Suicidio”. Por los subrayados, me di cuenta de que los había leído, aunque no recordaba si me había quedado una impresión favorable o no. Aunque, en realidad, no leí “Suicidio”: fue por una especie de tabú. Levé (1965-2007) se suicidó a los cuarenta y dos años, cuando no tenía deudas ni penas de amor ni se sentía un fracasado. Había empezado como artista conceptual y después se dedicó a la literatura, que fue la continuación de la conceptualidad por otros medios hasta que se mató diez días después de entregar el manuscrito de “Suicidio” a su editor. Me pareció un gesto de mal gusto, parecido al del neerlandés Henry Roorda, que se murió en directo, por así decirlo. Pero acabo de descubrir que el suicidio del que habla Levé no es el suyo, sino el de un amigo que se pegó un tiro a los veinticinco años. De todos modos, su muerte sobrevuela el libro y también lo hace sobre “Autorretrato”, que se parece a “Je me souviens” de Georges Perec, inspirado a su vez en “I Remember”, de Joe Brainard, aunque Levé logra que la masa de sus recuerdos se convierta en una autobiografía.

De todos modos, el suicidio de Levé es menos un misterio biográfico (novela policial sin asesino) que literario y tal vez la lectura de los “Inéditos”, que prometen ser muy interesantes, contribuya a esclarecerlo. Aunque parezca una broma macabra, la muerte de Levé podría ser una performance más en su catálogo. A diferencia del de Lugones, del de Hemingway y del de tantos otros escritores, su  suicidio fue un acto desdramatizado, como corresponde a un practicante de la literatura conceptual. Tal vez haya sido un intento de demostrar que la escritura y la vida (o la muerte) son partes de un mismo texto. Y es posible incluso que lo haya logrado aunque nunca lo sabremos. Lo último que escribió Levé fue este terceto: “La alegría me precede / La tristeza me sigue / La muerte me espera”.