Hablamos de un tercero. Me cuenta: hace lo que le pidan. No tiene problemas. Al narrarlo, admite el hecho con naturalidad exasperante. ¿Qué problema va a tener? No, claro, respondo, seguro, ¿qué problema?
En serio te digo, reitera. Es uno de esos tipos que denuncian un día negociados en el Gobierno e incluso que el ministro o secretario fulano ya está liquidado, y al día siguiente desmienten todo y hablan de la “máquina de impedir”. Así, de una, de frente manteca. Es un mercenario asumido, murmuro. Exactamente, ratifica.
Hablamos de un mercenario, una persona que opina y opera a sueldo, o mejor dicho a façon, como se dice en el gremio del vestido, a pedido del comprador. Espeso silencio. Barruntamos las proyecciones de esta porquería. Sabemos que no es un caso único. Sólo hablamos de la fauna mediática, pero en el país que acuñó el verbo borocotizar, a ninguno se nos caen los anillos. Argentinos, todo lo vimos ya, no hay asombro.
¿Tierra de mercenarios? Me recrimino e incluso me pregunto si no será un vocablo demasiado apocalíptico. Me imagino a los detractores, recordándome los crímenes de sicarios en las ciudades narco-devastadas de México. ¿Qué, entonces? ¿Sería más indulgente hablar de comodines, mano de obra disponible, prostitutas ocasionales, toda buena gente a la que resulta un poco fuerte describirla como profesionales del crimen, cuando sólo son módicos inquilinos de la infracción, arrendatarios de la marginalidad?
Proliferan en la Argentina personajes cuyas opciones actuales suscitan mucho asombro, incredulidad, desasosiego. ¿Qué le pasó a fulano? ¿Cómo puede decir hoy todo lo contrario de lo que opinaba hace dos años y medio?
No tengo respuestas satisfactorias, naturalmente, ni explicaciones. No sé qué les pasó, pero es raro, admito desde ya, y además es muy desconcertante.
Hay casos que uno conoce de manera fehaciente. Como ese famoso tan notorio, por ejemplo, que me confesó aquella tarde en un bar de Avenida de Mayo y Chacabuco que un columnista de su programa se le había ido, sencillamente, porque en una radio kirchnerista le pagaban 30 mil por mes, seis veces más de lo que cobraba con él hasta ese momento. No mencionó convicciones, ni ideales, sino una pedestre y tangible cuestión de dinero. Tarasca. Algo simple.
Pero ese famoso me daba, hasta ese momento, imagen de integridad y transmitía la sensación de ser una persona de una pieza, a la que algunas (pocas) cosas del poder le gustaban y otras (muchas) no, aunque seguía dispuesto a preservar su independencia y su decoro. ¿Por qué no sacaría, entonces, las conclusiones de esa renuncia, la de su colaborador, al que, incómodo con las críticas al Gobierno, una empresa privilegiada por los Kirchner fichaba por un cachet desproporcionado y fuera de lo normal? El no quería sacar conclusiones, pero en la retaguardia de su mirada ya se anticipaban sus propios y sórdidos cambios, un patrón de conducta formateado: progresismo-devenido-oficialismo como forma superior del cinismo.
Periodistas otrora indómitos, como aquel que solía ladrar en los años noventa, alegando que dar buenas noticias es propaganda y no periodismo, terminan consumiendo sus credenciales en aras del nuevo mundo feliz anunciado y –dicen– ejecutado por el matrimonio presidencial.
Ancianas mujeres que dedicaron más de tres décadas de sus vidas a impugnar el terrorismo de estado y negarse a convalidar todo tipo de impunidades, ronronean hoy con beneplácito bajo la frazada caliente de la protección del Estado, no sólo olvidadas ya de sus míticas irreductibilidades ante la seducción corruptora del poder, sino incluso explícitamente deleitadas por integrar el aparato de conducción.
¿Todo era tan barato y simple? Confieso mi atragantamiento ante esta pregunta. ¿Cómo es que el silencio o la complicidad clamorosa de alguien del mundo de los medios, podría valer diez millones de dólares? ¿Cómo una universidad fraudulenta y un plan de viviendas populares van a implicar la firma de un contrato letal con ese mismo Estado contra el que sus hijos y nietos se levantaron en armas? ¿Cómo se entiende que personas habituadas al prisma inquisidor, riguroso y siempre insatisfecho del verdadero intelectual, sean domadas por migajas monetarias y la promesa de esa notoriedad mediática que en el fondo siempre codiciaron?
Espasmo de desconcierto. Durante el mortuorio siglo XX no pocas purezas heroicas mutaron en traiciones épicas. Pero en aquellas circunstancias, colaboracionistas y traidores diversos emergían desde el miedo al horror de los crematorios y los campos de concentración, y la certeza de no haber nacido para ser héroes.
También aquí en los años setenta, no pocos guerrilleros marcaron a sus ex compañeros aún en libertad, o directamente colaboraron con sus torturadores.
Pero en la cachonda Argentina de 2010, a nadie le aguarda el potro de tormentos si se anima a negar que la ley de medios sea “la madre de todas las batallas”. No es cierto que las alternativas de convertirse en tropa del poder sean la muerte o el exilio amargo. Lo más llamativo y desesperante de lo que acontece, ahora mismo, en este país es que el Gobierno fue exitoso en reclutar adultos que encaran ya la edad del retiro y que, como varones maduros ilusionados con la promesa de un orgasmo juvenil y rotundo como los de antes, advierten que parte el último tren y que, por lo tanto, dale que va, por qué no montarse a él.
¿Mercenarismo de baja intensidad? Podría decirse eso, pero en cualquier caso no deja de ser una taciturna moraleja, que surge del espectáculo enervante de un trastrocamiento fenomenal, una poderosa ficción, armada a
puro “relato”.
La revolución no la hicieron, ni tampoco asaltaron el Palacio de Invierno, pero se convencieron de que es progreso lo que les pintaron como progreso: Lo aceptaron y vivieron como si fuera realidad. Como me dijo una vieja novia de los años de plomo, hoy oficialista de paladar negro, “les banco todo, incluyendo el Botox y las carteras Louis Vuitton”.
Ah, bueno, acabáramos. ¿Era eso entonces?