COLUMNISTAS
SU CONFLICTO CON LA ARGENTINIDAD Y EL FANTASMA DE MARADONA

Messi, el extranjero

Qué bárbaro Messi, ¿no? Así llamaban los griegos, justamente, a los extranjeros. La onomatopeya bar era usada para imitar el sonido de la gente al hablar y de allí nace la palabra barbarós, que significaba “el que balbucea” o “el que no conoce la lengua”.

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“Miré hacia el público y no distinguí ningún rostro. No me había dado cuenta de que toda esa gente se apretujaba para verme a mí”

De “El extranjero” (1942), Albert Camus (1913-1960).

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Qué bárbaro Messi, ¿no? Así llamaban los griegos, justamente, a los extranjeros. La onomatopeya bar era usada para imitar el sonido de la gente al hablar y de allí nace la palabra barbarós, que significaba “el que balbucea” o “el que no conoce la lengua”. Muy bien. Ya entrados en tema, colegas, sigamos con el geniecillo que tiene a casi todo el mundo rendido a sus pies. Por cierto: “casi”, somos nosotros.

Suena extraño para una sociedad exitista, pero aquí, Messi, lejos de ser indiscutido, hasta indigna a nuestros Nacionalistas de Mundial, secta nativa que cada cuatro años, víctima de una feroz excitación psicomotriz, se lanza a reivindicar la argentinidad pura. Estos patriotas de living y LCD le exigen que, cada vez que vista la celeste y blanca, repita esas jugadas de PlayStation que tan fácil le salen en Europa. Lo acusan. Juran que “no sabe la letra del himno”. Horror.

Más allá de la necedad de estos simpáticos energúmenos, es cierto que acá juega mal, atado, sin confianza. Se enreda, choca, pierde, se fastidia. Parece otro. ¿Qué le pasa?

Es fácil culpar de todo a Maradona, que como técnico, pobre, no seduce a nadie. Su rústico sistema con dos líneas de cuatro deja a Messi aislado, huérfano, sin socios que lo alimenten o abran la defensa rival y esas cosas, claro, no suelen pasarle en el deslumbrante Barcelona de Pep. Sin embargo, en estos últimos partidos sin Xavi, con un Iniesta a media máquina y un Zlatan algo deprimido, Messi deslumbró con arrebatos individuales, esas increíbles jugadas de dibujito japonés donde se lo ve encarando a un ejército de defensores que, un segundo después, caen ridículamente sobre el césped, humillados. Gol.

Messi sí rindió a pleno en la Sub-20, cuando la pasaba bomba jugando a la Play con Ustari y el Kun, sus amigos. Ya con Peckerman, en la Mayor, se apichonó con el maltrato del Enganche Melancólico y ni el paternal Coco, finalmente expulsado por estos niños ricos con tristeza, ni Maradona, que hasta borró al malo de la película, lograron contenerlo. Las Eliminatorias fueron una tortura. Ni la tocó. La insólita teoría de que los sudamericanos lo marcan mejor que en Europa no resiste el menor análisis. ¿Cuántos defensores de Bolivia, Ecuador, Perú o Venezuela la rompen en las ligas europeas, muchachos? No, no es eso. ¿Y entonces? ¿Qué cuernos le pasa a este pibe?

Para muchos, acaso sea difícil imaginar que alguien que acaba de ganar 33 millones de euros el año pasado tenga algún problema que el dinero no pueda solucionar. Pues lo tiene. Es lo que creo y, si me lo permiten, trataré de explicarlo.

Messi es un bárbaro. Literalmente. Y aquí se inhibe fatalmente, por culpa de su irresuelto conflicto con la argentinidad. Se siente cómodo en Cataluña, en el club que lo hizo crecer y conviviendo con un plantel que siempre fue como una torre de Babel. Pero rodeado de compatriotas, su castillo se desmorona. Lo invade la vieja historia de desarraigo, el amor-odio. Su crisis de identificación.

¿Qué es Messi? ¿Catalán? No. ¿Español? Menos. ¿Argentino? Sí, en su raíz profunda, la infancia en Arroyo Seco… y en el dolor de la distancia. No es fácil. Lo experimenté en carne propia, en Madrid, entre 2002 y 2004, en uno de esos exilios económicos que, cada tanto, impone la Argentina. Escribir para gente de otra cultura y con códigos diferentes fue una experiencia fantástica pero agotadora. Volví porque soy, digamos, demasiado argentino, con todo lo bueno y lo malo que eso significa. ¿Y Messi? ¿Cuál es su lugar en el mundo? ¿Para quién escribe el pequeño futbolista que factura como una multinacional?

La comparación con Maradona es tan inevitable como ridícula. Ya lo dije y lo repetiré ahora: por suerte y por desgracia, Messi no es Maradona. No insistan. El fenómeno de Fiorito, patriota de La Boca y el sur pobre de Italia, mutó en deidad de los humildes y supo cómo llevar hasta lo más alto a la Argentina de Bilardo y al Napoli, un clubcito pintoresco pero marginal. Fue más rey que líder. Hoy es sólo mito. Messi, por el contrario, nació en cuna de oro y juega en un poderoso que, según la catalanidad militante, es “mes que un club”. Hablamos de una megaestrella del sistema. Otra historia, señores.

Uno era un compositor, el otro es un solista virtuoso. Uno, la rebeldía, el otro la burbuja global. ¿Y? Hacer cuentas con lo que ganaron es, si me disculpan, una estupidez. A ver, ¿que le diríamos a Van Gogh, entonces? “¡Vicent, fracasado, no hablés más; si vos no vendiste ni un cuadro, gil! ¡Aguante Gauguin!”. Uf. Me niego a perder tiempo en algo que, como diría Borges, no es otra cosa que un abuso de la estadística. Amén.

Similares por el opuesto, Messi y Maradona desafiarán las leyes de la lógica y se jugarán todo en Sudáfrica. Hasta les puede ir bien, quién sabe. Al fin y al cabo lo dos comparten el mismo karma, compatriotas. El de la Argentina, ese país de cruel fascinación donde todo es posible, hasta lo bueno.