martes 03 de agosto de 2021
COLUMNISTAS Privilegios y justiciación
26-03-2021 23:47

Mi vacuna era tu vacuna

26-03-2021 23:47

Martín tiene 38 años;  recibió la vacuna semanas antes que la Ministra de Salud, Carla Vizzotti, aprobara la Resolución 712 que legaliza la vacunación anticipada  para los  funcionarios categorizados estratégicos. Martín no efectuó preguntas; aceptó disciplinadamente la orden porque consideró que en su función le daba el  derecho de protegerse contra el  covid-19 debido a los riesgos que afronta en sus negociaciones internacionales. No se le ocurrió reflexionar que siendo la vacuna un bien escaso su privilegio implicaba también que una persona de un grupo de riesgo había perdido sin que nadie le solicitara el consentimiento el derecho a la vacunación. La autoridad impuso su voluntad sin anuencia alguna.

Martín no sintió ningún remordimiento ni se le ocurrió pensar que su vacuna era la vacuna de otro. Esa persona excluida quizás por pertenecer  a un grupo de riesgo haya fallecido. No tiene nombre no tiene número y por lo tanto no existe. Tampoco tiene entidad y su pérdida pasará a ser un número más en la estadística diaria del Ministerio de Salud.

Los datos sobre la pandemia son claros. El mayor número de fallecidos corresponde a las personas mayores a 65 años o con alguna morbilidad. No existe ningún número que justifique la sanción de una Resolución para  darle prioridad al personal estratégico más allá de su pertenencia a la cercanía del poder.

Este tipo de situaciones recuerdan la famosa frase de Hannah Arendt sobre “la banalidad del mal” creada   en ocasión del juicio a Adolf Eichman en Jerusalén.  Eichman insistió sobre su papel burocrático en la organización de los itinerarios de los trenes hacia los campos de concentración. La carga no tenía nombre ni número.  Los burócratas cumplen órdenes y tratan de hacerlo con eficiencia para satisfacción de sus  jefes. Nadie recapacitó que la vacuna para uno implicaba dejar a otro a merced del  covid-19.

El miedo a la muerte o al sufrimiento trastoca los valores y quien era solidario puede convertirse en un verdugo. La escasez de las vacunas alienta los peores vicios; están cerca pero no llegan y después de un año la espera sabiendo que el virus continúa merodeando para causar la muerte genera  angustia. El delirio entre la esperanza y la finitud  agudiza la ansiedad y obnubila el raciocinio.

La vacunación ha estado llena de trampas producto de esa desesperación por sobrevivir. La supervivencia es un sentimiento innato que aflora en momentos críticos. Todos buscan excusas para formar parte del personal estratégico y cuanto más aumenta su número más disminuyen las posibilidades del resto. Ni aún funcionarios que parecieran tener un orgasmo cuando reproducen las palabras del Santo Padre respetaron su sentencia de que los últimos serán los primeros y prefirieron  conjugar los verbos solo en primera persona.  

Mucho se dijo sobre aprovechar la pandemia para salir diferentes para no repetir los errores del pasado y construir una sociedad fraterna sin egoísmos. Desde los selectos de Davos hasta las convocatorias  exclusivas en El Vaticano han reiterado las mismas intenciones. La pelea por las vacunas en todos los niveles está mostrando los límites y la cruel situación de desesperanza. Es inexplicable que el Gobierno haya aprobado la Resolución 712 para proteger a su círculo áulico sabiendo que constituye una desfachatada discriminación. Mientras los grupos de riesgo esperan los elegidos  hacen ostentación del poder de ofrecer por debajo de la mesa la posibilidad de integrar la categoría de famosos.

Martín no debe haber recapacitado. Fue un acto involuntario quizás una piolada más que una picardía. Un rasgo argentino difícil de superar a pesar de los años vividos en el extranjero. Una viveza  es siempre comprendida en la Argentina incluso enaltecida. Pero no sería extraño que algunos colegas hayan expresado su sorpresa por la revelación de una actitud insospechada en el  investigador universitario turbado  por la igualdad.

*Ex embajador.

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