Ahora que el Papa, que me cae simpatiquísimo, acaba de indicar en alta voz que simplemente hay que decir que no a todas las drogas, seguramente tirándole sotto voce un palito al experimento de la marihuana que será de consumo farmacéutico en el agnóstico Uruguay, me vuelve a la memoria una anécdota protagonizada o atribuida a un jugador de fútbol maravilloso que supo de las agonías y los condignos éxtasis de las glorias de la cancha y de las miserias del consumo. Una vez estaba en un departamentito, consumiendo el polvo de las estrellas –se encerraba durante días a jalarla, lo visitarían minas o mujeres, dale que va– y de pronto pasa un amigo y él lo invita: “Probá ésta, que es la buena, es la del Papa”, le dice. El amigo se ríe, le parece una exageración de la presunta calidad celestial del producto blanco. Pero el futbolista, que jugó en Italia, asegura: “Te lo digo en serio”.
Desde luego, no puedo aseverar que la anécdota sea cierta ni que, en caso de serla, sea comprobable la afirmación del no tan añoso ex futbolista, pero lo verdadero es que la circulación de la droga tiene un circuito internacional que la homologa a la religión. Desde la perspectiva del consumo, la droga apuesta a una diferencia extraordinaria de los estados perceptuales y su consumo se produce como un hábito colectivo, ritualizante e incluyente, o como un encierro individualista, ya sea melancólico o eufórico, ya vergonzante o aniquilante. Desde la perspectiva de la venta, se produce como un negocio que recorre todos los niveles, se infiltra como un lubricante o como una serpiente o como un núcleo guerrillero en todos los estamentos posibles, y en su dinámica del dinero pasa de los márgenes al centro, del pequeño búnker que Berni demuele para que las cámaras que registran el momento no cubran la construcción de uno igual a pocos metros del demolido, a la lógica de acumulación de los grandes bancos, que hacen sus mejores ganancias con el lavado y la nueva puesta en circulación. Cuando el Papa proscribe el consumo de toda droga, es porque sabe que la droga atiende a su propio público y a públicos a los que podría atender eficientemente su prédica, y porque sabe que la droga ha copiado involuntariamente los procedimientos que arrancaron al cristianismo de su destino primero de secta marginal a religión del poder. Por supuesto, afirmar esto es citar a viejos pensadores del siglo XIX cuando pontificaban que la religión es el opio de los pueblos. Con una salvedad: el efecto de las drogas (al menos de las duras o las malas, hechas con excremento de rata, restos de tubo fluorescente, sobras de pasta base y tiza) es a corto o largo plazo deletéreo, y la lógica de sus vendedores se limita a su propia ganancia, aunque –a la corta o a la larga– su trama de negocios los lleve a apoderarse de los destinos de una nación. En cambio, el efecto de la religión católica es hoy por hoy incorporante y positivo, sus dispositivos rituales y narrativos obran en la subjetividad como calmantes recetados. De hecho, tanto el catolicismo como su pariente pobre, el hambriento evangelismo, resultan útiles en países como el nuestro, en los que la percepción de la ley se une a la creencia en la coima y la política se advierte como una práctica rentabilista y escalafonaria. En ese punto, donde sólo es posible imaginar retrocesos aun respecto del presente y nuestro destino parece pensarse a futuro con las fórmulas del pasado (liberalismo económico, conservadurismo cultural, ejércitos intervinientes en combates internos y en la reparación didáctica del analfabetismo y la desocupación), quizá la Iglesia y el discurso religioso puedan tener algún lado vinculante, ya que su discurso, que ha sido siempre el del poder y el decir cómo hacer, se yergue como un mandato y como un límite, y en eso acuerda con la oposición progre cuando piensa la política con las reglas de la moral.
Un autor decadentista, Joris-Karl Huysmans, escribió en el siglo XIX una novela extraordinaria, Allá lejos, mezcla de demonología, exaltaciones de misas negras, etc., etc. Un crítico, al leerla, dijo que, después de escribir ese libro, al autor sólo le quedaban como opciones la pistola o la cruz. Dicen que Huysmans rio, pero terminó sus días como monje benedictino.