sábado 25 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS Enemigos
07-08-2021 23:55
07-08-2021 23:55

Ministerios trabajando

07-08-2021 23:55

Se suele señalar como obsoleta a 1984, la distopia que George Orwell (1903-1950) publicó en 1948. Pasaron setenta y tres años desde entonces y la realidad renueva una y otra vez, desde diferentes ángulos, la vigencia de la novela. El verdadero nombre de Orwell era Eric Arthur Blair. Nació en Motihari, India, donde su padre era funcionario británico a cargo del transporte de opio. Él mismo fue oficial del imperio en Birmania, vivió en París, estuvo presente en la Guerra Civil española en donde dio cuenta de la traición estalinista a las fuerzas republicanas, fue un socialista cercano al anarquismo y un infatigable luchador, no solo desde el campo intelectual, por la democracia y por valores morales que veía devastados en un tiempo de violencia y totalitarismo extremos.

En la novela de Orwell la dictadura del Gran Hermano, de improbable identidad, aunque siempre presente gracias a la manipulación masiva de la conciencia, oprime a Oceanía, país ficticio, siembra odio y fanatismo en la población, a la que somete a una vigilancia y espionaje absolutos, y lo dirige hacia Emmanuel Goldstein (enemigo también invisible y oportunamente inventado), a quien se acusa de todos los males de la sociedad, mientras se incentiva una guerra incomprobable contra Eurasia. Cuatro ministerios sostienen el proyecto totalitario. El de la Verdad (llamado Miniver), que impone a través de propaganda y mentira una verdad única, la del gobierno, y niega y borra toda evidencia contraria. El del Amor (Minimor), que promueve una adhesión ciega al líder y se encarga de apresar y torturar a posibles o reales disidentes (si no los hay, los inventa). El de la Abundancia (Minidancia), que controla a la población a través de racionamiento, escasez y distribución desigual de alimentos (los miembros del Partido primero). Y el de la Paz (Minipax), dedicado a crear y sostener permanentemente objetos y sujetos de odio. Para ejercitar este sentimiento se impone obligatoriamente en todos los ámbitos de la sociedad (reparticiones públicas, fábricas, oficinas, talleres y la misma calle) dos minutos diarios de odio, que se debe manifestar vigorosa y simultáneamente hacia los blancos prefabricados.

Es difícil vivir en la Argentina, leer o releer la obra de Orwell y no tener momentos de déja vu durante esa lectura. Funcionarios, legisladores, candidatos y fanáticos rasos del oficialismo parecieran por momentos haber sido entrenados en alguno de los ministerios de aquella Oceanía ficcional. Hablan del “discurso del odio” de la oposición, o de cualquiera que piense diferente, como si, nacidos ayer, no pertenecieran al mismo sector desde donde se comparó a los opositores con nazis o donde alguna vez se incentivó a familias enteras, niños incluidos, a escupir y tirar todo tipo de proyectiles contra imágenes de periodistas críticos del régimen. O como si el propio presidente, tras haberse proclamado heraldo de la paz y finalizador de las grietas, no abriera una nueva canilla de aborrecimiento cada vez que habla o teclea un tuit. Por no hablar de su mandataria. Negación de lo obvio, estimulación del fanatismo, apoyo inmoral a dictaduras que destruyen a sus sociedades, controles de precios propios de regímenes vetustos, propaganda que habla de igualdades, prosperidades, gestiones sanitarias y crecimientos económicos indemostrables y contrastantes con la realidad que viven millones de argentinos que perdieron su trabajo, con las decenas de miles de pymes cerradas, con los otros millones dejados a la deriva, sin vacunas en plena pandemia. La última joya publicitaria es un afiche de la coalición (o rejunte) gobernante que apostrofa: “La Argentina será de ellos o de todos”. “Ellos” son los otros, los Emmanuel Goldstein de turno, y “todos”, son los propios, los amanuenses, los creyentes ciegos. Con esas arengas de discriminación, de intolerancia, de distorsiones de la realidad, se acusa a otros de discurso de odio. Desde algún Ministerio de la Verdad, el muerto se ríe del degollado. Y desde algún Ministerio del Amor se sigue perfilando enemigos. Funcionarios que funcionan.

*Escritor y periodista.

En esta Nota