viernes 01 de julio de 2022
COLUMNISTAS apreciaciones

Momento cinematográfico

04-02-2022 23:55

Era (y espero que lo sea siempre) ineludible para el estudiante de cine atravesar un período de visualización compulsiva de películas que parece nunca acabar aunque, eventualmente, se detiene o merma en su furor. Mis compañeros y yo no fuimos la excepción, asistimos a cuanto ciclo hubiera por ahí y buscamos, como soldados en una misión, acceder a la filmografía completa de aquellos directores más dignos de ser estudiados que, por supuesto, son muchos. Extensos análisis sobre lo visto sucedían a cada proyección y, ahora que lo pienso, extensos análisis sobre películas era casi lo único que nos permitíamos o nos gustaba compartir cuando estábamos juntos. Pablito, uno de ellos, era muy dado a la elaboración de teorías, en general delirantes, algo que también hacíamos los demás, aunque con menos gracia que él. De todas esas teorías que pergeñamos rodeados de humo y botellas, recuerdo solo una, rubricada obviamente por Pablito, cuyo sugerente título era Momento Cinematográfico, algo difícil de explicar porque no tiene un soporte académico y va por el lado de la intuición y, sobre todo, de la sensibilidad, que siempre es subjetiva, caprichosa e inasible. Para colmo, el tiempo hizo imposible para mí parafrasearlo, de modo que solo puedo arriesgar una definición deficiente y dar algunos ejemplos. 

El momento cinematográfico tiene algo de trance, de alucinación. Es una instancia de la película (en general una secuencia, pero puede ser una escena o un fragmento de escena o tal vez una unidad de otro tipo como un plano secuencia) que condensa, siempre según la subjetividad del espectador, lo mejor de la película en términos menos narrativos que visuales. El baile de Anna Karina en Vivir su vida, el sueño de Los olvidados, la muerte de Anna Magnani en Roma, ciudad abierta o la huida en bote que el genio de Charles Laughton filmó para La noche del cazador son ejemplos elocuentes dentro de la filmografía que todo el que se precie de cinéfilo vio más de una vez. 

En el cine de animación clásico, el momento cinematográfico también existe. Podemos ubicar ahí, entre muchos otros, el plano secuencia final de la adaptación de Blanca Nieves hecha por los hermanos Fleischer donde Betty Boop atraviesa, dormida en un ataúd de hielo, un submundo fantasmal en el que suena Cab Calloway. También la secuencia inicial del Peter Pan, de Disney, o la protagonizada por Garfio y Campanita en la misma película que, además, prueba la posibilidad de más de un momento cinematográfico por unidad. 

En efecto, hay largometrajes que son una suerte de collar de momentos cinematográficos (lo que no necesariamente los hace mejores que los que no tienen ni uno), como El milagro de Ana, de Arthur Penn (más conocido por ese bodrio sobrevalorado de Bonnie & Clyde), con una sucesión de escenas violentas y conmovedoras entre Anne Bancroft y Patty Duke o Enamorada, del Indio Fernández, donde el magnetismo de María Félix y Pedro Armendáriz irradia, con el sabor narcótico que el momento cinematográfico necesita para consumarse, casi permanentemente.     

Pero el momento cinematográfico no se presenta en todas las buenas películas y es, quizá por contraste, frecuente en las que no pasan de regulares o buenas a gatas. Sirven para probarlo la fiesta de disfraces en Judex, de Georges Franjui, el baile de Cary Grant en Indiscreta, de Stanley Donen, el trabajoso asesinato de Cortina sagrada, una de las cosas menos interesantes que hizo Hitchcock, o la extraordinaria persecución por los techos de la Opera de París protagonizada por Belmondo en Pánico en la ciudad. Creería que es más difícil de detectar en las películas demasiado buenas, como La última risa, de Murnau, en la que, sin embargo, terminamos por descubrirlo en la borrachera de Emil Jannings.  

Tal vez por su condición tan filiada a lo ambiguo, a lo incierto, el momento cinematográfico exista en realidad en todo lo que alguna vez se haya filmado y se vaya a filmar, y solamente haya que saber encontrarlo. O tal vez no sea más que una apreciación demente de Pablito, compartida y avalada por nosotros, sus compañeros de estudio, con ceguera religiosa. Después de todo, no se enseña en las universidades.