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finales de cicloS

Muertes, comienzos

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Los finales tienen varios sabores. Algunos ofrecen el gusto de lo sorpresivo y otros el placer del juego del pronóstico. En otros casos los finales no llegan nunca o aunque llegan, lo hacen en un tiempo ya sin sentido. Muchos finales se sabe que llegarán, y con esos se vive día a día, con los más cercanos en el tiempo y con los que la vida no logrará evitar nunca.

El paro de Moyano y Barrionuevo, dos de los ejemplos de los finales que no llegan nunca, servía en la discusión pública como  hipótesis de trabajo para el final de Cristina Kirchner. La Presidenta ha sido objeto de varios juegos de adivinación sobre finales de su ciclo y de lo que denominamos, sin mayores especificaciones, como kirchnerismo. Este es un caso de final como pronóstico. Si el pronóstico lleva diez años de desacierto no importa tanto, es el juego diario de predecir el cierre de algo lo que favorece su seguimiento.

Estas semanas acumuladas llevan ya varios días reflexionando sobre los finales y ahora, para ayudar a que eso mismo aumente, se mueren Laclau y García Márquez. Del primero especialmente, se toma en primer lugar como dato sorpresivo; esto ha sido inesperado. Pero al mismo tiempo, permite hacer de esa sorpresa un pronóstico. Si se muere Laclau entonces ahora sí se estaría muriendo el kirchnerismo. Muchos de mi generación crecimos viendo la serie de televisión “Blanco y negro”, pero no dejamos de ser quienes éramos por la muerte de Gary Coleman. La relación parece extraña, pero es la misma lógica causal aplicada al otro caso.
El juego de Cristina Kirchner parece el del final que nunca llega, mientras todos suponen atestiguar sus últimos segundos. Hay un secreto atractivo para evitar los finales, y es hacerlos invisibles para transformarlos en nuevos nacimientos. Todos esperan el gran final y se pierden la importancia de los finales chiquitos. El final del luto, la salida final de Moreno, al fin reconocer la inflación y finalmente poner a alguien para que dé conferencias de prensa todos los días.

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La Presidenta ha estado muy viva en estos diez años y su imagen se ha movido en varias direcciones. A poco de asumir, y junto con la impresionante crisis del campo, su imagen se desplomó más de veinte puntos. El tiempo la reconvirtió en otro personaje para la opinión pública y su imagen resurgió. Moyano, en cambio, ha estado congelado entre un 70% y un 80% de imagen negativa. Solo se mueven en algunas direcciones, subiendo o bajando, aquellos que están vivos, esos que no creen por ahora en el fin.

Con la muerte de Laclau y de García Márquez se recurre a la obviedad de reflexionar que a sus muertes les sobreviven sus obras. El invento de la imprenta nos ha dado a todos los modernos ese poder tan exigente de leer lo que otro piensa e imagina, sin que el otro esté con uno en ese instante. Más sencillo: gracias a la imprenta la comunicación prescinde de la presencia de las personas. Es atractivo eso de que se mueren, llegan a su fin, pero en realidad siguen. Cuando Cristina se vaya en 2015 habrá que estar atentos a su nuevo nacimiento como ex presidenta. Es poco probable que ese sea realmente su final.

Sobrevivir en el mundo y en política (que forma parte del mundo) necesita siempre de la reconversión. Ahora se tratará de legislar contra los piquetes, algo impensado de parte de este gobierno hace diez años. Se trata en realidad de nuevo de un paso hacia la novedad, hacia la negación del fin. Moyano apuesta a que la gente está cansada del Gobierno, el Gobierno apuesta a que la gente está cansada de ellos y los cortes de calles. ¿Quién de ambos propone lo más extraño?
Stalin duró demasiado en la Unión Soviética; para muchos duró para siempre y es uno de esos casos de los que su fin no llegó nunca. El pasó de defender un tipo de economía que permitía a los pequeños productores agrícolas vender sus productos, a dictaminar su eliminación por ser enemigos de clase. A los que eran sus amigos (Bujarin, por ejemplo) se encargó de fusilarlos y un tiempo después pactó con los nazis. Imposible seguirlo en su lógica. Parece que el uso del poder necesita cambios.

De la vida a la muerte hay una modificación fundamental, pero no hay nada peor que una vida activa en la misma muerte. Lo peor para muchos de ellos es que eso es muy obvio para la gente, aunque ellos no lo noten.

*Sociólogo. Director de Ipsos Mora y Araujo.