La banda de chicos desnudos había cruzado el alambre de púas y nos perseguían bajo el sol. Sebastián empezó a correr y al instante gritaron. Parecía que volaban. Lo alcanzaron. Yo grité. Sebastián gritó. Yo corrí cuesta abajo gritando y pidiendo auxilio. Los mozos, los policías y otra gente que había salido de los edificios corrieron conmigo. Cuando llegamos de vuelta al lugar donde Sebastián había desaparecido entre esos pájaros desplumados, él estaba tirado desnudo contra una pared blanca, desnudo... como ellos antes... Habían devorado partes de su cuerpo. Lo habían desgarrado con las manos o con cuchillos o quizá con las latas con las que habían hecho música, le habían arrancado pedazos y se los habían metido en las bocas negras, feroces y vacías.
Esta historia no transcurrió en el Conurbano bonaerense ni es la expresión literaria de las fantasías más temidas de una parte de nuestra comunidad. Pero es, efectivamente, producto de una imaginación portentosa: la de ese enorme poeta del teatro llamado Tennessee Williams y pertenece a su obra De repente el último verano. Puse en escena esta obra hace unos diez años en el Teatro San Martín pero volvió a mi cabeza con toda su ferocidad cuando me enteré del intento de la Intendencia de San Isidro de meter la basura debajo de la alfombra para ignorar las fenomenales diferencias socioeconómico-culturales que se producen de una vereda a la de enfrente.
El alambrado de la playa de la Costa Brava que describe Tennessee Williams separa muy precariamente a ricos de indigentes. Los ricos aspiran a gozar del cuerpo de los chicos hambrientos a cambio de un pedazo de pan y para eso es funcional a su necesidad que los cuerpitos atraviesen la valla. El antropofágico final es producto de la ignorancia de la que Sebastián los hace objeto cuando el pánico lo inunda.
En San Isidro-Fernando, por el contrario, fueron los pobres los que tiraron abajo con sus picos esa muralla que los humillaba por su mera presencia y pretendía tornarlos inexistentes.
Lo más ciego de ese intento político es creer que la pobreza es la que genera violencia social. El muro revela la insistencia de nuestras capas medias de hacer invisibles a las víctimas de la exclusión social: mientras estén en las villas y no los veamos, no existen. El problema surge cuando los tenemos en la vereda de enfrente. No hay otro modo de invisibilizarlos que esconderlos detrás de una muralla. Lo más grave de este episodio es la creencia de que el muro protegería a unos de la violencia delictiva de los “del otro lado”. La génesis de la violencia reconoce dos causas: por un lado, la acumulación de promesas incumplidas con el consiguiente resentimiento y por otro, la deconstrucción de una noción de futuro para nosotros y para el país.
Un muro nunca es en favor de algo, siempre es “en contra”–dice Jorge Jáuregui, el urbanista argentino que ha trabajado largamente con el tema en las favelas de Río. También agrega que es “una capitulación por anticipado del poder público”’ que no confía en su propia capacidad para regular la convivencia de lo diverso. Separando lo que está dividido, se acentúa la división. Es por eso que un muro de esta índole está destinado a fracasar: lo primero que la gente piensa es cómo atravesarlo para denunciar su inutilidad. Es imposible que la autoridad que avaló la medida no lo sepa a esta altura de la historia.
¿Será que el muro favorece de tal modo las demandas de la parte de la comunidad que el representa que prefiere el descrédito de una parte de la población sabiendo que sus fieles compensarán con su voto debidamente y en su momento el favor recibido?
* Médico psicoanalista. Director teatral.