Nadie simboliza antes y mejor el final del actual ciclo político como Amado Boudou. Acaso porque su purgatorio se propició desde el Gobierno, cuando aún faltaba mucho para que quedara claro que lo que vendrá no será kirchnerismo.
A Néstor no le caía bien, pese a que fue él quien le pidió que se encargara del tema Ciccone. Y sólo Cristina puede explicar por qué lo eligió como vicepresidente. Aquella decisión fue recibida con disgusto por su círculo rojo, pero a la jefa se le acepta todo si se quiere seguir perteneciendo.
Mirado siempre de reojo, Boudou nunca gozó de los placeres de la alfombra roja. Menos mal: igual consiguió un progreso económico tan acelerado como desprolijo. Y gracias a que la Presidenta todavía no le había soltado la mano, se cargó a un procurador general y a un juez federal. Ah, y tiene al estudio de abogados favorito de los funcionarios.
Eso no evitó que Aimé esté cada vez más complicado, judicialmente hablando. Convendría igual no dejarse llevar por los espejitos de colores. Las condenas de la Justicia en estos temas se cuentan con los dedos de una mano, como consta con los antecedentes menemistas.
En nombre de ello es que habría que desconfiar de que alguna vez llegue el día en que veamos tras las rejas a Boudou. Habrá que contentarse con el enrejado del ingreso a su piso en Puerto Madero, como lo retrató maravillosamente Marcelo Silvestro ayer en PERFIL.
Igual, a no confundirse: no está ni tan solo ni tan desprotegido. Con la peor noticia judicial en meses para el Gobierno, Boudou brilló ayer por su ausencia en las tapas de Página/12 y Tiempo Argentino.
Semejante invisibilidad en esos diarios no solamente expresa el interés oficialista por el tema. Además, vuelve a ser un golpe (y van...) a la credibilidad periodística. Una credibilidad maltrecha en muchos casos por la parcialidad. De unos y de otros. También de los que actúan como vedettes en vez de hacer periodismo, que es lo mejor que saben hacer.