El fútbol argentino sufre sangrías todos los años, hemorragias de jugadores que, generalmente, no responden en nivel similar. Los mismísimos Boca y River vendieron a algunas figuras de la temporada anterior (Forlín, Falcao, Palacio) y quienes los reemplazaron todavía no dieron la talla (Luiz Alberto, Canales). Esto también le pasó a Lanús, por ejemplo. Las idas de Sand, Salvio, Biglieri o Valeri –por citar unos pocos casos– fueron suplidas por hombres de las inferiores promovidos por Luis Zubeldía. El resultado no fue óptimo. Si bien las goleadas contra Blooming y Atlético Tucumán le dieron oxígeno al joven entrenador, este Lanús no se parece ni por asomo a aquel que Zubeldía tomó después de la salida de Ramón Cabrero. Y la explicación no es otra que la falta de sucesores de nivel similar.
Ahí es donde sacaron ventaja Banfield, Vélez y Estudiantes en este último tiempo, en haber mantenido el 90 por ciento de sus planteles. Y este camino es el que parece haber tomado Independiente para estar en el lugar de privilegio que ocupa hoy. De la formación que jugó la primera fecha del Apertura 2009 (vs. Newell’s 0-1, Navarro; Vella, Matheu, Tuzzio, Mareque; Busse, Godoy, Acevedo, Patricio Rodríguez; Núñez y Gandín; después entraron Silvera, Piatti y Machín), la mayoría se mantiene como titular. En aquel primer partido, Silvera y Piatti jugaron con un estado físico deficiente. Godoy quedó fuera de los planes grandes, porque Gallego suplió con Vittor como opción a Acevedo, y Núñez volvió a tener un lugar en el banco, lo mismo que Pato Rodríguez.
Matheu se convirtió en titular, capitán y referente, pero la lesión que sufrió jugando en San Juan para la Selección lo sacó de un plumazo del Clausura. Tuzzio se fracturó la muñeca derecha en ese referido partido con Newell’s y su salida le abrió lugar a Leonel Galeano, que recién había cumplido los 18 años.
Otra lesión, la de Hilario Navarro en la 4° fecha, hizo que Adrián Gabbarini retomara la cadena de arqueros surgidos del club y que tuvo como eslabones anteriores a Oscar Ustari y Fabián Assmann. Desde la asunción de Julio Comparada, el inicio de la temporada 2009/10 fue la de mejor elección de los refuerzos que se hizo en el club. Vella y Acevedo fueron apuestas que salieron bien, pero Piatti y Silvera aseguraban jerarquía en cuanto el físico comenzara a responderles mínimamente.
En el fútbol, el éxito también se genera por una sucesión de aciertos. Ahora es fácil, pero hay un gran mérito de César Luis Menotti en sugerir y en Américo Gallego en estar abierto a la idea del mánager. Menotti es responsable, por ejemplo, de que Mareque haya vuelto al plantel profesional, de que Gandín se haya quedado en el club en busca de una nueva y última oportunidad y, además, de que la dirigencia no haya salido a buscar afuera lo que tenía adentro. Cuando Tuzzio se fracturó la mano en ese primer partido con Newell’s –que encima fue derrota y generó nuevas dudas–, Gallego insinuó la compra de un central. Menotti le dijo que viera a Galeano. Lo vio, lo puso en la segunda fecha contra Atlético Tucumán y quedó. Tuzzio regresó al banco o, en el mejor de los casos, al lateral derecho. Otra de las buenas decisiones que tomó el cuerpo técnico fue darle una pretemporada ideal a Federico Mancuello, que había debutado con Pepé Santoro y mostrado condiciones interesantes en un puesto en donde no abundan buenos exponentes, el de volante izquierdo.
El Rojo vivió la euforia de la vuelta a casa el 28 de octubre con una victoria sobre Colón 3-2, pero esa sonrisa grande no pudo quedarse hasta el final. El gol en contra de Mareque contra Banfield y la posterior derrota 1-2 en la lluviosa noche de Avellaneda del 21 de noviembre de 2009 (única hasta el momento en el Libertadores) terminaron con la ilusión de pelear el Apertura. Sin embargo, a Independiente le alcanzó para mostrar el ADN del equipo que está en lo alto de la tabla. Ganó todos los clásicos y exhibió momentos de un fútbol que extrañó durante mucho tiempo. El clarísimo 3-0 en la cancha de San Lorenzo, el excelso primer tiempo del 3-1 en el Monumental ante River, el gran gol de Piatti a Boca en la Bombonera (2-1) y el estupendo primer tiempo en la cancha de Racing (2-1) son algunos de los buenos modales futboleros que entregó el Rojo de Gallego.
Con ese antecedente, con la permanencia de todos los jugadores, con la única incorporación de Gabriel Vallés y con la firme decisión de no pagar un disparate por Roberto Fabián Ayala, Independiente empezó este Clausura con la convicción de ser candidato. Uno puede suponer que la Copa Libertadores sirve como distracción para los laureados Estudiantes, Vélez y Banfield, pero la verdad es que el mayor mérito de los dirigentes es la continuidad de un proyecto y la idea irrenunciable de llevar al Rojo al lugar de privilegio que alguna vez ostentó orgulloso.
Independiente es un equipo todavía irregular, que alterna momentos de un fútbol sólido con baches que ponen riesgo triunfos claros. Tiene calidad en Piatti y Silvera, criterio en Acevedo (el mejor jugador rojo del Apertura 09), dinámica en Busse, polenta en Galeano y seguridad en Gabbarini. Tiene dos jugadores en uno en Gandín, tiene al desconcertante Mareque, capaz de hacer una del mejor Roberto Carlos o perderla inocentemente. Tiene partidos en los que está para ganar con claridad, falla en la definición y pierde puntos (como contra Godoy Cruz) o gana nervios (contra Racing y River). A veces exagera con la defensa en línea y el achique y ya tuvo un disgusto grande con Vélez.
Ahora, el Rojo tiene el desafío más importante: mantenerse arriba. A diferencia de otros tiempos no tan brillantes, tiene juego, buenos futbolistas, un entrenador convencido, un mánager comprometido y escuchado y un presidente que, al menos por un tiempo, respirará aliviado, pensando que su paciencia por fin encontró premio.
Para los tiempos que corren y con las peripecias que pasó Independiente en los últimos años, esto es la gloria.