Al revés de lo que históricamente PERFIL ha hecho a lo largo de sus diez años de existencia, esta vez el fin de semana previo a una elección clave, el primer ballottage presidencial nada menos, no publicamos una encuesta exclusiva que ofrezca al lector una lectura analítica, profesional y honesta de lo que puede pasar.
No es casual ni cómodo. En los últimos tiempos, los estudios de opinión pública (siempre hablando de los que están hechos seria y rigurosamente, que no son muchos cuando se trata de la política) aquí y en el mundo han ingresado en una zona viscosa. Conclusiones erradas y escenarios distorsionados respecto de los resultados electorales encendieron el descrédito, tanto como el hecho de que la política o diferentes grupos de interés –además de ciertos encuestadores que se han tentado con multiplicar su nivel de vida con armas poco transparentes– convirtieron a los sondeos en instrumentos de propaganda.
No será éste el texto obvio y típico del juego de tirarle al blanco a las encuestas o a quienes las hacen o contratan. La intención es abrir la discusión sobre cuánto contribuye la prensa –nosotros– a multiplicar esta sobrevaloración fallida de los sondeos de opinión pública. Porque el crecimiento de la influencia de las encuestas ha ido de la mano con su difusión periodística más como una noticia, en formato de verdad revelada por anticipado, que como un mero instrumento de observación sociológica. Por eso, para haber llegado a este estado de situación, hay responsabilidad de los encuestadores, de los políticos y también del periodismo.
Es saludable ver la paja en el ojo propio para poder marcar la del ajeno. Como ocurrió con otros medios, las encuestas que PERFIL divulgó en forma exclusiva estuvieron alejadas –y en un caso, muy– del resultado final. En ambas situaciones, a diferencia de otros diarios, los responsables de esos sondeos hicieron su mea culpa en estas mismas páginas.
Igual, tras un arduo debate interno, que no está saldado ni mucho menos, este diario decidió no “adelantar” con un estudio de opinión pública quién ganaría el ballottage. Esta posición no es producto del miedo a la exposición a otro papelón. Sólo un intento de actuar con responsabilidad y autocrítica. Deberíamos evitar la sobrevaloración de las encuestas tanto como esa suerte de “traición” a sus autores, a quienes presionamos para publicar y luego los destrozamos si no “aciertan”.
Seguir como si nada puede ser considerado además una falta de respeto por los lectores, a quienes nos debemos y para quienes trabajamos. No todos piensan y actúan de la misma manera. Bienvenido el debate. Acá también.