Grecia fue de los últimos países en ingresar a la Unión Europea y podría estar en la antesala de ser el primero en abandonarla. Se parece en todo caso al estereotipo de las repúblicas de este rincón del mundo: golpes de Estado, coroneles, torturas, muertes (y también el juzgamiento de responsables), inflación, corrupción y una historia de defaults para perfeccionar la semejanza. En una bella película de 1960, Nunca en domingo, el norteamericano convencional y reglamentario Homer (Jules Dassin) veía a la griega descocada y salvaje de puro libre Ilya (Melina Mercouri) como símbolo de pérdida del antiguo prestigio y se proponía redimirla. En eso andan hoy, con relación a Grecia, los “grandes” de Europa.
Nuestro habitué Simon Johnson escribe pitagóricamente que en el caso de Grecia debemos mirar los números: para fines del 2011, su deuda rondará el 150% del producto bruto doméstico. Un 80% de esa deuda está en manos extranjeras. Cada punto porcentual de más en la tasa de interés implica un 1,2% adicional del producto para servir a estos bonistas.
¿Qué tal si la tasa para Grecia subiera –por decir algo– hasta un 10%, un plus modesto para el país del mundo que tiene la más alta relación entre deuda pública externa-producto bruto, que continúa (aun con su programa de austeridad) refinanciando hasta los intereses, sin ningún pago efectivo en el mientras tanto? Grecia necesitaría destinar un 12% anual de su producto a estos pagos externos una vez que se convierta el stock actual de deuda a las nuevas tasas.
Esto es imposible de cumplir en cualquier país, en cualquier período largo de la historia. Las reparaciones de guerra alemanas posteriores a la primera gran conflagración fueron del 2,4% del producto bruto entre 1925 y 1932. En los años siguientes a 1982, la transferencia de recursos de Latinoamérica fue en promedio del 3,5% del producto (1/5 de sus saldos favorables de exportación). Me permito recordar que las consecuencias políticas, económicas y humanas para el mundo fueron terribles en el primer caso y graves o importantes –según los países– en el segundo.
Agrego que en estos días Grecia consiguió colocar bonos en euros al 6,4%, tasa tres veces superior a la alemana, y que S.J. supone –como todo el mundo– que las tasas actualmente en mínimos históricos (Estados Unidos y Japón cerca de 0) no pueden sino aumentar. Como en rigor los bonos helenos conforman lo que se denomina una “pirámide de Ponzi”, los tenedores pueden salir en tanto entren nuevos inversores, lo cual sólo pospone la crisis. Este análisis parece un lúcido adelanto de lo que vendrá teniendo en cuenta lo que hay. El mes pasado los mercados registraron nerviosamente el tibio “apoyo” a Grecia de los “fuertes” del bloque euro, y la posibilidad del corte del financiamiento fácil, mientras las calles de Atenas exhibían libertarias quemas de banderas de la Unión Europea y gritos hostiles contra los teutones, cuyo periodismo no se quedó atrás en sus críticas a los griegos. Alguien no tuvo mejor idea que reclamarles la venta de sus islas.
Por lo demás, la estacada griega, que augura penurias semejantes para el resto de los PIGS (Portugal, Irlanda –¿o Italia?–, Grecia y España, por sus iniciales en inglés), debe ser puesta dentro del escenario europeo. Más allá de los PIGS, el panorama en general no luce bien. Desocupación alta, con escasas expectativas de aumento de la actividad, aunque la baja del euro –que acaso continúe– ayudará a la exportación, principalmente a Alemania. Se añaden los altos déficit públicos que además adquieren una dimensión extra por la amenaza de una blitzkrieg fiscalista y anti inflacionaria. En este contexto pobre en perspectivas, el próximo presidente del Banco Central Europeo (BCE) se avizora como un “halcón”.
Mientras tanto, el aire nuevo que por momentos sopla en el FMI, no es una brisa grata a la ortodoxia. Jean-Paul Fitoussi acaba de declarar que con Grecia, “Europa es peor que el FMI”. Por otro lado, economistas del Fondo dijeron este mes que los políticos deberían considerar elevar del 2% al 4% el target de inflación tolerable elegido por muchos bancos centrales. Alex Weber, cabeza del Bundesbank, escribió que el FMI “estaba jugando con fuego”. Lorenzo Bini Smaghi, quien se sienta junto a Weber en el directorio del BCE, bramó ante los periodistas: cambiar el target “sería un error diabólico”. Bini, sobre la enfermedad griega, dijo un tanto ligeramente que no veía riesgo de contagio en tanto Atenas ejecutara las medidas (de austeridad) prometidas.
Sobre Grecia pesa el cargo de encubrir el déficit público para posibilitar el acceso a la Unión Europea y cumplir con la disciplina de Maastrich. Quizás por el aguacero de críticas, espera con escepticismo la ayuda. Lo bien que hace. En un artículo que pasó prácticamente inadvertido (Financial Times, 12 de marzo), el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble emitió una declaración de principios, un programa y un bando militar con las sanciones correlativas, presumiblemente resultado de un acuerdo con los franceses y otros miembros del bloque. Luego de subrayar que las condiciones bajo las cuales Alemania ofrendó el marco alemán y su alta credibilidad al euro fueron que la nueva moneda se mantuviese fuerte y estable de modo permanente, añade que la tarea de apoyar a las ovejas descarriadas tradicionalmente las había asumido el FMI, con “fuertes resultados en muchas crisis”. La conclusión de su análisis es que en las actuales circunstancias es preferible que los miembros de la eurozona asuman aquella función, de modo que la liquidez necesaria para esta ayuda provenga de un “Fondo Monetario Europeo”. Eso sí, con sujeción a estrictas condiciones y sólo en el caso de una real amenaza a la estabilidad financiera de toda el área del euro, efecto que se reforzaría excluyendo al país en cuestión del proceso de toma de decisiones. Continúa el capítulo de las sanciones que vienen a resultar una especie de juicio inquisitorial sin derecho de defensa y sin recurso de apelación ningunos. La ayuda para mantener la liquidez nunca debe estar dada por descontada; “siempre es posible para un Estado caer en bancarrota”. En el reparto mundial de la renta, pareciera ser que el resistente sector financiero está resguardando su porción con el suficiente apoyo político.
Dassin, en Nunca en domingo, no logra domar a la griega “Ilya” Mercouri, cuya fascinación lo rinde. Pero, se sabe, esas son cosas que sólo pasan en las películas.